Carta Magna, su emblema.

Palabras de José Antonio Primo de Rivera, jefe de Falange Española de las J.O.N.S

"La noticia de que José Antonio Primo de Rivera, jefe de Falange Española de las J.O.N.S., se disponía a acudir a cierto congreso internacional fascista que está celebrándose en Montreaux es totalmente falsa. El jefe de Falange fue requerido para asistir; pero rehusó terminantemente la invitación, por entender que el genuino carácter nacional del Movimiento que acaudilla repugna incluso la apariencia de una dirección internacional. Por otra parte Falange Española de las J.O.N.S. no es un movimiento fascista; tiene con el fascismo algunas coincidencias en puntos esenciales de valor universal; pero va perfilándose cada día con caracteres peculiares y está segura de encontrar precisamente por ese camino sus posibilidades más fecundas".

domingo, 21 de marzo de 2010

A los de casa que nos jodan¡¡

Después de que uno lleva años por desgracia currándose la pagina para mal vivir, en esta tierra, con la certeza de antaño de que al final, cuándo llegada la hora al menos el fruto de tu trabajo seria recompensado aunque mal, pero para poder subsistir lo que te reste de vida, ahora resulta que te indican que te curres un plan de pensiones paralelo al de la supuesta pensión que debería de quedarte en las arcas del estado, porque al final estarás mas tirado que la pipa de un indio.

A mis padres o en este caso a mi madre que es la que me queda aun con vida y espero que dure bastante, le queda la pensión de viudedad, de la cual y vamos a hablar en pesetas de las de antaño creo que no llega a sesenta mil de las antiguas rubias, por aquello del redondeo, aun así se le revisa la misma y le bajan esa pensión de mierda que le queda, no bastante ya con ello y llegada ya a una edad en la cual los medicamentos son mas que necesarios, de los cuales al tener seguridad privada como viuda de funcionario, estos, le cuesta el tener que abonarlos, cómo siempre han hecho, con la salvedad de que según cuales le salía a precio de fabrica como quien dice, ahora con la nueva ley sobre este tema que han sacado, las recetas medicas, mejor que las utilice para limpiarse sus humildes posaderas, porque de poco van a servirle, pero si a ella ya con su edad y la mierda de pensión que le queda le sucede esto, que no será de quien en la misma situación, pero viuda de un albañil, por poner un ejemplo aun siendo estos odiosos, la S.S. ya no le cede gratuitamente los medicamentos básicos que debería de dar por derecho de trabajo y que hasta ahora si han estado haciendo, existen medicamentos que la S.S. y la medicina privada no regalaban y que costaba el ojo de una cara, ahora a estas sumémosle las que han dejado o desean de dejar de conseguir gratuitamente bajo receta medica, si a una persona de estas edades, con la pensión que tienen, los medicamentos se los encarecen, de que cojones piensan que van a vivir?, no todos tienen la posibilidad de poder financiarse la mayoría de medicamentos que al sumarse a los que la S.S., nunca a conseguido de baracarlofi, la problemática aumenta, porque entramos en la tesitura de que si abonas las cantidades exorbitantes que cuestan los medicamentos aun siendo básicos, que cojones les queda para poder alimentarse como buena mente puedan?.

Sin embargo, si entramos en cualquier sala de urgencias de cualquier hospital, de la ciudad que sea, la sala esta petada de foráneos que en su mayoría, no abonan nada la estado, que se aprovechan de la sanidad que teóricamente corresponde a todos aquellos que por derecho de nacimiento y trabajo le corresponde, que al final esos gastos de intervenciones y medicamentos si que abonamos el resto de los españoles, incluido pensionistas y que a estos si que los medicamentos les saldrá por la cara en detrimento de quienes les corresponde por derecho, ya que estos se fundamentan en que no tienen para subsistir en esta tierra y a los cuales les hace falta los mismos, a estos foráneos también les van a exigir que se busquen la vida para adquirir los mismos?, o por el contrario se los conseguirán sin mas?.

Los españoles no deberíamos de llegar a este punto de la vida en esta circunstancias y aguantar que por humanidad, la humanidad entendida por estos que nos gobiernan, que nuestros ancianos y los que estamos a punto de llegar a esta condición, pasemos necesidad en beneficio de quien no aporta nada, como diría en mi tierra, que cada cual se lama su cipote, pero antes que los demás están los de casa y después también por hay empieza la humanidad, con los que tenemos aquí, que son de esta casa y que no están en situación de pasar necesidades en beneficio de los que llegan en patera.

Cierra España.

SUCESOS 1935 2ª parte

Mi rebelión en Barcelona

Ramón María del Valle Inclán - Ahora, 2 de octubre de 1935

Reinaba Isabel II. Acaba de proclamarse su mayoría de edad. Todavía no era llegado el desposorio con su primo el señor infante don Francisco. Ya se cursaba, sin embargo, la intriga ultramontana para consumar aquel adefesio. Reinaba Isabelona y era presidente del Consejo don Salustiano Olózaga. Entre los personajes del progresismo, ninguno tan señalado por el saludable liberalismo de sus convicciones, la prudente entereza de sus actos, la elocuente dignidad de su palabra. Don Salustiano traía en su sobreaviso a la camarilla ultramontana. Hubo conciliábulo de rábulas y sacristanes. Se convino una intriga de antecámara para perderle. Todo se hacía mirando al mayor servicio y gloria de Dios. Don Pedro José Pidal tomó las veces de maese Pedro. No se excusó ni el falso testimonio de la reina. Hizo honor a su sangre la hija de Narizotas. Alzóse la intriga sobre la falsa imputación de que la tierna soberana había sido forzada por el presidente del Consejo. No con el forzamiento que pudiera temerse de la canicular juventud de su católica majestad. Había gestado la invención en caletre de rábula y no en cotilleo de damas palaciegas. El forzamiento lo había sido para garrapatear la real firma al pie de un decreto. Llevóse la acusación a las Cámaras.

Es famoso el denuedo y magnífica la expresión oratoria con que rechazó la calumnia don Salustiano Olózaga. No pudo excusarse que una representación de diputadores y senadores, con los presidentes y secretarios, se trasladase a la cámara regia para oír a la tierna soberana. Malogróse el propósito. Su majestad, con la excusa de hallarse enferma, salvó el apuro de verse en presencia de don Salustiano. Don Pedro José Pidal tomó a su cargo leer una ramplona y marrullera declaración, amañada por su experiencia de rábula, para sosegar a la hija de Narizotas. Y como afirmaba que el injusto forzador, para mejor asegurar su violencia, había echado el cerrojo a la puerta, hubo de cecearle al oído el espadón de Loja:

- Compadre, acelere usted la diligencia, que la maldita puerta no tiene cerrojo.

Esta intriga de la picaresca ultramontana, al cabo de un siglo, resucita la aviesa ramplonería de sus númenes para acusar a don manuel Azaña. Reinaba la Isabelona...

La sombra taciturna de un agente policíaco apagaba sus pasos sobre los pasos del señor Azaña. Tenía la dual obligación de proteger y espiar al famoso político republicano. Para protegerle faltó ocasión, y el espionaje tampoco le tuvo por dónde sospechar ni atribuir culpas revolucionarias al señor Azaña. Pero no le valió la fe policíaca de aquel sabueso, puesto sobre sus pasos, y fue encarcelado. Tampoco le valió su fuero de diputado en Cortes. El Parlamento permaneció ajeno, adormilado en una siesta ofidia, hasta que se le deparó la feliz coyuntura de entender en el suplicatorio para procesar al ex presidente del Consejo de ministros, gran collar de la República. Entonces nombró una comisión de su seno que no tuvo sonrojo en abrir indagatoria y tomar declaración en cárcel a quien solamente podía hallarse preso por la muda complicidad del Parlamento. Se acusaba al gran político republicano de haber tenido parte en los sucesos revolucionarios de Barcelona (octubre 1934). Fue concedido el suplicatorio y procesado el diputado don Manuel Azaña. Por la calidad del reo correspondió entender a la Sala segunda del Tribunal Supremo. La sentencia puso en libertad, con todos los pronunciamientos favorables, al austero político del primer bienio republicano. Tal es el esquema del libro que estos días admira, suspende, esclarece y consterna a los honrados y benéficos ciudadanos de esta Barataria.

No es fácil empeño revertir y acuñar en palabras las resonancias enormes y difusas que, como una gran caracola de mar, prolongan estas páginas de tan calificado castellano. Mi rebelión en Barcelona alcanza su más alto valor estético en cuanto logra, por los rigores de una sobriedad expresiva, sin contaminaciones románticas, el fin dramático y barroco de ponernos en sobresaltada espera de infortunios, de estremecernos con aviso de daños e irreparables azares. Este libro tan sereno tiene una última sugestión aterrorizante. Se sale de su lectura como de la visita a esos museos donde se guardan antiguos y anacrónicos instrumentos de tortura. Esta prosa tan concisa pone en pie los fantasmas de un pasado que habíamos supuestos abolido; remueve las larvas del terror a los jueces, de las acusaciones absurdas y venales, de la letra procesal, del tintero de cuerno, del estilo de las relatorías, de la coroza, del pregonero, del verdugo, todo el viejo melodrama procesal que aún roen las ratas por los sótanos y desvanes de las antiguas Chancillerías. Pero con mayor fuerza que esta tradición espeluznante y picaresca nos sobrecogen los nuevos ejemplos de la estupidez humana, sacados a la luz en este libro. La ruin bazofia jurídica que guisan el barbero lugareño y el clérigo de misa y olla en venganza contra la austera fe republicana del hombre del bienio.

Don Manuel Azaña advierte con sereno juicio que el aura inquisitorial de su proceso no viene ni del rigor del encarcelamiento ni de su largo plazo, que no pasó de ochenta días a bordo de un barco de guerra. El austero político republicano muestra en la consideración del suceso una desdeñosa indiferencia y aun pone en el comentario las sales de donosas burlas. El aura inquisitorial de estos autos es una consecuencia del ruin sectarismo que anima la represalia ultramontana contra el político del primer bienio republicano. De estas páginas tan serenas, por una profunda y subterránea afinidad, se levanta, espeluznada, una evocación de cárceles llenas de presos anónimos: viejos obreros afiliados al socialismo, jóvenes menestrales, lectores nocturnos de las bibliotecas populares; proletarios hambrientos que sólo han recibido amparo del Socorro Rojo. Cárceles, cárceles, cárceles. Tristes y enrejados casones, repartidos por toda la redondez del ruedo nacional, con guardia de fusiles a la puerta y asustado coro de mujerucas con los críos colgados de la teta.

En la vida nada se pierde, y el haber sufrido hambre y sed de justicia es siempre de provechosa enseñanza para aquellos hombres singulares, propuestos por el Destino para la gobernación de los Estados.

No es dudoso que pronto, en el correr de futuros días, tengan ocasión de confirmarlo cuantos españoles cifren una esperanza en las prendas de gobernante que son raro patrimonio de don Manuel Azaña. Si ha sufrido cárcel y proceso, en el acíbar de tales agravios habrá gustado austeras y prudentes advertencias. La cárcel para el hombre cabal es madre de consejos. Y, aun sin celebrar que los enemigos del gran repúblico le hayan honrado con tan dura escuela, de ello pudiera decirse feliz rigor, mirando al fruto sazonado de este libro. Si para el remedio de los afanes nacionales es grande parte el conocimiento que promete el andar caminos bajo soles y lluvias con las botas de siete leguas, no es menor el que se saca de medir uno y otro día los cuatro pasos de un calabozo y de contemplar la luna sobre la altura del enrejado tragaluz. Noble laurel ofrece la cárcel cuando va acompañada de la persecución injusta.

Cierra España.

viernes, 19 de marzo de 2010

FE-JONS Cataluña denuncia la persecucion politica de un camarada

FALANGE ESPAÑOLA
DE LAS J.O.N.S.
JEFATURA TERRITORIAL DE CATALUÑA

Denunciamos:

La persecución política hacia un militante de nuestra Organización por parte de los Servicios Territoriales de Barcelona (Departamento de Acción Social y Ciudadanía) de la Generalidad de Cataluña por el simple hecho de tener una ideología diametralmente opuesta a quienes ostentan el poder y abusan de él movidos por intereses personales, partidistas y separatistas.

La mentira, los métodos nazis y de pensamiento único utilizados por esta institución son bajos y sucios, atentando contra su familia ( esposa y dos hijas menores ).

Gozan de superioridad económica para financiar y llevar a cabo tan vergonzante acción con fondos públicos ( pagados incluso por el propio afectado ), para avasallar, humillar e intentar hacer desistir a nuestro camarada del cumplimiento del deber en favor de la libertad, la Justicia y la Unidad Nacional. NO LO CONSEGUIRÁN.

Nada es más lejano a la voluntad de cualquier falangista permitir tal objetivo.

FALANGE NO SE RINDE Y LUCHARÁ SIN TREGUA
APLICANDO LOS MÉTODOS QUE CONSIDERE OPORTUNOS SEGÚN LA DINÁMICA DE LOS ACONTECIMIENTOS.

Por la Patria, el Pan y la Justicia.

¡¡¡ ARRIBA ESPAÑA !!!

Articulo extraido de www.cruzadahispanica.com

miércoles, 17 de marzo de 2010

SUCESOS 1935 1ª parte


La Experiencia de la República - II. La libertad escamoteada
Joaquín Maurín - Texto del libro «Revolución y contrarrevolución en España», 1935

La burguesía tenía miedo a la revolución. Lo tuvo antes del 14 de abril, y lo tuvo después. El pánico de la pequeña burguesía tomó una forma parlamentaria. Todo debía resolverse en el Parlamento. Los problemas eran arrancados de cuajo de la calle y del campo para ser llevados a las Cortes. Y allí eran asfixiados. Las Cortes Constituyentes se oponían a la revolución, eran antirrevolucionarias.

Las Cortes llevaron a cabo una obra legislativa de gran amplitud. Su actuación fue extensa más que intensa. Las leyes aprobadas -y en su número más que en su calidad encontraban Azaña y los suyos la justificación de las Constituyentes- eran sucesivas puñaladas que se asestaban al cuerpo vivo de la revolución. Fue una suerte que aquel Parlamento se acabara antes de lo que sus diputados hubiesen deseado. De continuar algún tiempo más, tal vez ya hubiera sido imposible reaccionar contra los desastres que ocasionó a la revolución.

Las Constituyentes dieron a la República un basamento: la Constitución.

La Constitución de la República Española es, sin duda alguna, la más «químicamente pura» de cuantas existen en el mundo. Los sabios de la jurisprudencia, partiendo de la entonces agónica Constitución de Weimar como guía, forjaron, literalmente hablando, un verdadero monumento. La Constitución es perfecta desde el punto de vista abstracto.

Pero dotada España de Constitución, hay que preguntarse: ¿La Constitución española es todavía una crisálida que necesita nuevas metamorfosis, o es más bien algo artificial que no ha tenido vida nunca? ¿Existe, realmente, una Constitución en España? ¿Es España una República constitucional, democrática?

Los propios fabricantes de la Constitución del año 1931, los Azaña, Jiménez de Asúa, Sánchez Román, Sánchez-Albornoz, Ossorio y Gallardo, etc. ¿podrían por ventura demostrar que vivimos bajo el signo de la Constitución? Y esto no solamente durante el período de Lerroux-Gil Robles, sino antes incluso. Unicamente hubo un momento de constitucionalidad verdadera que pasó como un relámpago, y se dio, precisamente, para ayudar al triunfo de la contrarrevolución. Fue cuando, bajo la presión de las derechas, el gobierno de Azaña suprimió la Ley de Defensa de la República, situación que duró justamente el tiempo necesario para que la reacción hiciera avances decisivos hasta ganar las elecciones de noviembre de 1933. Una vez logrado el triunfo electoral, la Constitución dejó de existir nuevamente.

Una Constitución democrática ha de tener como objetivo asegurar las libertades individuales y colectivas que se reconocen en sus artículos. La Constitución deja de existir en el instante en que esa función esencial de la Constitución no se cumple. En España, durante Azaña, y menos después todavía, no ha habido un régimen democrático.

La mejor Constitución democrático-burguesa es precisamente aquella que no existe. Es decir, la de Inglaterra. Las leyes fundamentales, base del derecho constitucional inglés, datan algunas de ellas hasta de hace nueve siglos. Un pueblo empírico como el británico sabe perfectamente que la Constitución jurídica importa menos que la Constitución real, efectiva, determinada por la relación de fuerzas. El Habeas Corpus, que es alma de la Constitución inglesa, fue votado en 1679. Era el eco histórico, la concreción jurídica de la gran rebelión.

Lassalle hizo aquella distinción clásica entre Constitución real y Constitución escrita. «Es necesario, ante todo, no una Constitución escrita, sino una Constitución real, esto es, una modificación de las relaciones reales existentes... Hacer una Constitución escrita es la cosa más fácil del mundo; puede hacerse en tres días. Es lo último que hay que hacer. Si se produce prematuramente, antes de que la revolución haya cambiado los fundamentos del viejo orden, es falsa.»

Antes de Lassalle, nuestro Flórez Estrada había expuesto la misma idea: «Para constituir de un modo sólido y ordenado las sociedades humanas, antes de establecer las reformas políticas es indispensable fijar las bases sociales».

Nuestra Constitución «liberalísima» puede servir perfectamente a Gil Robles y a sus jesuitas, como ya se ha demostrado, para ir escalando el Poder, y con la Constitución en la mano, destruir la Constitución o mejor dicho: adaptar la Constitución escrita a la Constitución real

España, prácticamente, es un país que vive fuera de la democracia. La democracia aquí no ha existido nunca. La República en este sentido no ha superado a la Monarquía.

Después de promulgarse la Constitución -Constitución de tipo pequeño burgués en un país en donde el peso específico de la pequeña burguesía es relativamente escaso- inmediatamente se le añade un apéndice: la Ley de Defensa de la República que, en realidad, anula la Constitución en todo aquello que significa una garantía de las libertades. Se vive a merced del capricho del gobernador, del jefe de policía, del sargento de la guardia civil. Después, esta Ley de Defensa de la República se convierte en Ley orgánica, en Ley de Orden Público, verdadera antítesis de la revolución.

Una Constitución democrática si se cumple constituye en gran parte una tregua entre las fuerzas sociales que aspiran a la dirección del Estado. Pero en período revolucionario no hay tregua posible. La revolución es la efervescencia, la ebullición de las fuerzas sociales. La Constitución formulada en plena marcha revolucionaria envejece inmediatamente. En la Revolución francesa se promulgaron las constituciones de 1791, la jacobina de 1793, la thermidorinana de 1795 y la que, finalmente, dictó Bonaparte. La primera Constitución, aun cuando no fue tan prematura como la nuestra, al cabo de poco tiempo era ya vieja. Sólo una Constitución móvil como la inglesa puede tener una larga duración. Pero una Constitución «perfecta», impuesta en los primeros tiempos de la revolución no es, en último término, más que un engaño que se hace a las masas revolucionarias. A la vuelta de la esquina, un poco más allá de la Constitución está la anti-Constitución.

Lassalle hacía remarcar, además, que, cuando la Constitución real y la escrita no concuerdan, cuando son diferentes, surge un conflicto irremediable; hay un malestar permanente; chocan las formas sociales y las fórmulas jurídicas. Es un período de falso constitucionalismo, peor aún que el mismo absolutismo. Ese es el caso presente de España. La Constitución ha sido negada por las leyes posteriores. La Constitución es abstracta. Lo concreto y lo temible, por lo tanto, es su negación: la Ley de Orden Público aprobada, claro está, por el mismo Parlamento que elaboró y votó la Constitución, y que justifica la dictadura permanente. Las libertades democráticas pueden dejar de existir constitucionalmente.

En este doble juego, en esta simulación jurídica -Constitución (anverso) y Ley de Orden Público (reverso)- se ve claramente la doblez, la hipocresía de una burguesía en crisis. Siente que el oleaje popular pide libertad y le da una Constitución. Mas, solapadamente, de una manera sigilosa, por detrás, sustrae lo que había prometido.

Los republicanos de 1931-1933 no han podido comprender todavía cómo el partido jesuítico de Gil Robles ha podido aceptar la Constitución que ellos prepararon. Y, sin embargo, la explicación es bien sencilla. El jesuitismo intrínseco de la Constitución hacía inevitable que Gil Robles la aceptara. Gil Robles se ha sentido atraído más que por la tesis, por la Constitución propiamente dicha, por la antítesis, esto es, la Ley orgánica de Orden Público.

Uno de los fundamentos del régimen democrático burgués, en un país como España en donde existe una gran tradición municipal, lo constituyen los Ayuntamientos. Los Ayuntamientos tienen una base real: no son simples creaciones burocráticas. Han sobrevivido a todas las catástrofes políticas. La rebelión de los Ayuntamientos contribuyó al derrumbamiento de la Monarquía. Pues bien, ¿qué queda, al cabo de cuatro años de República, de los Municipios, elegidos democráticamente? Los más importantes, y al frente de ellos los de Madrid y Barcelona, habían sido destituídos y reemplazados por delegados directos del Gobierno cuando éste, constitucionalmente, lo había creído conveniente.

Todavía la República no se ha atrevido a dar organización democrática a las Diputaciones provinciales. Siguen regidas de una manera arbitraria, a voluntad del último rondín de mando.

Y es que a la burguesía, en período republicano, como durante la Monarquía, le horroriza la democracia. Huye de ella como de la quema. La libertad, la democracia, supone la intervención creciente de las masas populares. Es decir, supone la revolución que es, precisamente, lo que la burguesía quiere evitar.

Miguel Maura, en un discurso pronunciado en el Parlamento, después de las jornadas de octubre, dirigiéndose a Gil Robles le decía:
«¿Sabe su señoría cuál es la contextura del cuerpo social español en estos instantes, como hace un año, como hace año y medio? Se ha hecho recientemente por la Dirección General de Seguridad una estadística curiosísima de las filiaciones y fuerzas respectivas de las organizaciones obreras y de los partidos de derecha. Esta estadística está hecha en los primeros meses de 1934 y arroja las siguientes cifras: socialistas, 1.444.474 afiliados cotizantes; sindicalistas o anarcosindicalistas, 1.577.547; comunistas, 133.266. Fuerzas de derecha cotizantes o no, porque en las derechas no todos cotizan, 549.946. (Rumores)».

Los rumores con que fueron acogidas estas revelaciones estadísticas hechas por un ex ministro de la Gobernación, constituían todo un poema. En ellos estaba sintetizado el terror pánico de la burguesía española ante una relación de fuerzas tan expresiva. ¡3.155.287 obreros organizados, a un lado; y 549.946 burgueses al otro lado!

Maura prosiguió luego aproximadamente así: «Si esas fuerzas, hoy fraccionadas, se unen, ¿qué será de nosotros, señor Gil Robles?» Cada uno de los que escuchaban, sin exceptuar a los republicanos de izquierda, debió sentir interiormente una sacudida escalofriante.

Esta es la realidad. La democracia supone el contraste de esas dos fuerzas, torrencial, potencial y arrolladora la una si puede desenvolverse, y reducida, pero efectiva y en tensión la otra.

La burguesía llega empujada por la propia clase trabajadora al borde de la democracia. Mas al avizorar las perspectivas, da media vuelta y huye aterrada. Azaña y su séquito eran la burguesía llegando hasta el umbral de la democracia. Gil Robles y su banda de jenízaros es la burguesía retrocediendo despavorida. La Constitución fue la primera parte de esa escena: la acción, el avance. La Ley de Orden Público con la dictadura permanente que consiente, la segunda parte: la reacción, el retroceso.

La Ley de orden Público permite la declaración del «estado de alarma». La burguesía está en estado de alarma constante. Sabe que vive sobre un volcán. Por eso ese estado de alarma constitucional es perpetuo.

Es evidente que la burguesía española no puede sustraerse, aunque quisiera, al fenómeno general de transformación que se opera en el mundo capitalista. La burguesía ha pasado por dos fases, jacobina y democrática, y ahora inicia la tercera, la fascista.

El jacobinismo revolucionario de la burguesía duró en Europa hasta la revolución francesa de 1848. Esta revolución constituyó el límite que separa dos vertientes históricas. Hasta allí llega la burguesía. Y desde allí parte el proletariado. La burguesía ha sido revolucionaria, jacobina, mientras se ha tratado de destruir los privilegios del feudalismo en beneficio suyo. Aceptó para ello de buen grado la colaboración que la prestaba la clase trabajadora, incipiente entonces. Pero cuando ésta, con un cierto desarrollo ya, ha querido desempeñar su propio papel, hacer oír su voz, la burguesía ha hecho marcha atrás, liquidando toda veleidad revolucionaria. Si ha tenido que ir por fuerza a una revolución ha procurado asaltar las primeras posiciones para disparar con furia contra las avanzadas revolucionarias. Es lo que hicieron en Francia Cavaignac, en 1848, y Thiers, en 1871.

En la segunda mitad del siglo XIX se inicia la etapa democrática de la burguesía que se extiende hasta que estalla la guerra y triunfa la Revolución rusa. Durante medio siglo, aproximadamente, existe en Europa, en unos países más pronunciadamente que en otros, una tregua tácita entre la burguesía y el proletariado. El proletariado, como se demostró en 1848 y en la Commune, no se encuentra aún suficientemente fuerte para desplazar a la burguesía. Además, ésta desempeña todavía una misión históricamente progresiva. Le sigue perteneciendo la dirección del mundo.

El proletariado exige reformas políticas y económicas. El verdadero defensor de la democracia, de la libertad es él, el movimiento obrero. La burguesía hace concesiones políticas. Mientras pueda mantener su indiscutible hegemonía, su autoridad absoluta en la fábrica, en el taller, en la oficina, el patrono no pone dificultades insuperables a conceder, políticamente, a los obreros el derecho de representación. La burguesía, disponiendo de la fuerza económica, encuentra fácilmente la manera de que la democracia no se vuelva contra ella. Monopoliza, de hecho, la dirección de la democracia. En las elecciones es ella quien triunfa. Tiene a su disposición la gran prensa, los resortes del Poder, su avasalladora influencia económica.

La guerra mundial señala el límite máximo de la madurez del capitalismo. La Revolución rusa es la confirmación práctica de que el proletariado se dispone a sustituir a la burguesía. El proletariado inicia una nueva era: la de la lucha por la conquista del Poder político y económico.

La democracia no solamente ya no sirve al capitalismo de dique, de frontera para impedir la invasión obrera, sino que precisamente la democracia favorece, ayuda a ese desbordamiento. La democracia es una brecha por la que pasa su enemigo. ¡Contra la democracia, pues! Y la burguesía liquida rápidamente todo su pasado democrático, todas sus viejas fórmulas liberales, y vuelve a la dictadura de sus comienzos con la diferencia, sin embargo, que la dictadura jacobina era revolucionaria, progresiva, y la nueva dictadura es reaccionaria, retrógrada. Pretende impedir la marcha ascendente de la historia.

La Revolución rusa indicó el comienzo de la revolución proletaria mundial. La reacción contra esa corriente obrera la inauguró el triunfo del fascismo en Italia.

La dictadura de Primo de Rivera fue la adaptación, en España, de esa contramarcha llevada a cabo por el capitalismo. La burguesía española, y menos que ella aún los restos del feudalismo, no podían sostenerse en un régimen de democracia.

Durante la Monarquía fue así. En la fase republicana no puede ser de otro modo. Democracia y burguesía son hoy términos antagónicos. La burguesía necesita la dictadura y da voces desesperadas al fascismo para que acuda a salvarla

Cierra España.

martes, 16 de marzo de 2010

Una de Alianza de Civilizaciones,donde esta Esteban Ibarra?.

Agreden a una joven española en un tren en Madrid ¡¡Y NADIE HACE (NI DICE) NADA!! por Samuel Azor

Según (*), la paliza que le propinaron fue brutal: “Me arañaron, me dieron puñetazos, me tiraron al suelo, me dieron patadas, una me cogió de los pelos y me intentó arrancar todo lo que llevaba y me dijo: si la cabrona lleva extensiones”.
(*) sufrió hematomas en ambos ojos, desviación del tabique nasal, contracturas cervicales, labio partido, lesiones en el paladar, pérdida de cuero cabelludo “con sangre” e inflamación de rodilla izquierda.

¿Te suena lo que te estoy contando? Posiblemente todavía no.

Pero adivinaste, la víctima es española ((*)=Lorena) y presuntamente hay inmigrantes relacionados con esta brutal agresión a una menor española.

Otra de las agresiones que las televisiones serviles “pasan por alto” y ninguna “Oenegé Tolerante” monta el circo mediático pero recuerden la que se montó cuando un payaso oriundo le pegó dos tortas a una menor ecuatoriana en un tren de Barcelona: fue noticia 24 horas 7 días a la semana en todas las televisiones, políticos ecuatorianos más preocupados que nunca por sus compatriotas emigrados, oenegetas tolerantes bramando que todos los inmigrantes corrían peligro en España, programas basura sobre racismo y xenofobia en todas las televisiones ¡que vienen los ultras! y de paso obviando asquerosamente que en esas mismas fechas un grupo de inmigrantes que odiaban a los españoles/as se dedicaban a violar en grupo a jóvenes españolas delante de sus novios.

Este es el relato de lo que sucedió en este gran sumidero de mierda que han convertido los políticos llamado España. ¡¡72 personas viendo impasibles como una niña de 17 años es atacada sin piedad por una “manada de hienas multiculturales”!!

Lorena J., la menor de 17 años víctima de un robo y de una paliza el pasado 27 de febrero en un tren de la línea C-5 de Cercanías que realizaba el trayecto Leganés-Atocha, declaró que nunca se ha visto tan “humillada” con la agresión que protagonizó un grupo de cinco jóvenes, según las declaraciones de la menor emitidas por Veo 7.

Con un collarín y entre sollozos, la joven aseguró ante las cámaras: “En mi vida me he visto tan humillada”, después de que tres chicas y dos chicos (presuntamente menores de edad) le robasen y le golpeasen brutalmente en un vagón de tren con 72 viajeros que no reaccionaron ante la agresión.

Según Lorena, la paliza que le propinaron fue brutal: “Me arañaron, me dieron puñetazos, me tiraron al suelo, me dieron patadas, una me cogió de los pelos y me intentó arrancar todo lo que llevaba y me dijo: si la cabrona lleva extensiones”.

La joven aseguró que nadie del vagón reaccionó para defenderla. “A mi lado había un chico y enfrente una chica, pero no hicieron nada. Por eso pensé: ésta es mi perdición”.

Según el parte médico, Lorena sufrió, como consecuencia de la “brutal paliza”, hematomas en ambos ojos, desviación del tabique nasal, contracturas cervicales, labio partido, lesiones en el paladar, pérdida de cuero cabelludo “con sangre” e inflamación de rodilla izquierda.

Los hechos, según adelantaron El Mundo y Veo 7, se remontan al pasado 27 de febrero, cuando la menor salió de una discoteca de Leganés con unas amigas, en torno a las 22:00 horas.

Al llegar a la estación de Cercanías de Leganés se puso en contacto con sus padres, que le esperaban en Atocha. En el andén, según el padre de la agredida, José Jiménez, un joven de origen magrebí se acercó a la joven y le intentó “tocar los pechos”.

Cuando ella se levantó para recriminarle esta actitud, un segundo chico se acercó al grito de “esto se hace así”, para acto seguido arrancarle la cadena que llevaba al cuello.

En ese momento, llegó el convoy. Antes de subir al tren, el grupo instó a Lorena a subirse con la excusa de que le ayudarían a arreglar la cadena.

Una vez dentro del vagón, la situación cambió. El grupo amenazó con quedarse la cadena (de “alto valor sentimental” para la joven) y, al intentar recuperarla, se inició la agresión, protagonizada (según Jiménez) principalmente por una de las jóvenes.

“Se ensañaron con ella”, se lamentó el padre, tras revelar que su hija recibió “rodillazos” en la cara, puñetazos, “patadas y tirones de pelo” que le provocaron pérdida del cuero cabelludo. “La que protagonizó las agresiones estaba fuera de sí”, recordó.

“Les había dado todo: la cadena, el reloj, el teléfono móvil, los anillos e incluso le habían quitado los zapatos para que no pudiera correr”, relató Jiménez.

Entretanto, ninguno de los pasajeros del vagón reaccionó ni salió en su ayuda, ni siquiera un joven que viajaba junto a Lorena, a quien, según los denunciantes, han llamado a declarar como testigo de cargo. “Mi hija sabe que había 72 personas porque hay carteles informativos que dan esa capacidad de personas que pueden ir sentadas y los asientos iban todos llenos”, remarcó.

Las vejaciones y golpes se sucedieron hasta Orcasitas, momento en que el grupo se bajó del tren. Entonces, uno de los viajeros prestó su móvil a la joven para que pudiese llamar a sus padres.

A su llegada a Atocha, los progenitores localizaron a la menor en las dependencias policiales de la estación, donde les recomendaron acudir a su barrio, en Coslada, para interponer la denuncia. En este sentido, Jiménez llevó la denuncia hasta el Juzgado de Instrucción número 5 de Coslada, desde donde deberán dar traslado a la Fiscalía de Menores.

“Ayer aún no habían recibido el expediente”, atestiguó, tras asegurar que tiene localizados a cuatro de los cinco implicados en el suceso tras realizar averiguaciones en redes sociales de Internet.

Samuel Azor

Admnistracion Cruzada Hispanica.

Cierra España.

domingo, 14 de marzo de 2010

Comparaciones odiosas;(Verdades y Mentiras).

Lo que pasa en España es que los "sociatas" después de dejar el país prácticamente en bancarrota y profundamente desunido, han convencido a muchos españoles de que España es un "paraíso" y de que en otros países como Canadá, Gran Bretaña y sobre todo EEUU la gente no tiene sanidad, no tienen derechos, hay mucha delincuencia y mucha pobreza.
Esta propaganda se consigue teniendo una Nación de ignorantes, analfabetos y chupones.

Vamos a contar algunas verdades sobre USA:

A un español le cuesta la gasolina más del triple que a un estadounidense.
A un español le cuesta la tarifa del teléfono móvil el doble que a un estadounidense.
A un español le cuesta la electricidad un 80% más cara que a un estadounidense.
A un español le cuesta las comisiones bancarias y mantenimiento de tarjetas de crédito un 80% más caras que a un estadounidense

Un coche que a un estadounidense le cuesta 2.000 dólares a un español le cuesta 18.000 euros
El IVA en USA es de un 2% la parte del estado y un 4% la parte estatal.
En total un 6% PARA TODOS LOS PRODUCTOS cuando en España es de un 16% para muchos productos y ahora la van a subir a un 18%.

Los impuestos "especiales" sobre tabaco y alcohol no existen en USA. En España llegan a alcanzar el 320% del valor del producto.
En USA las empresas no pagan algo equivalente al IAE (Impuestos de Actividades Económicas) español.

El impuesto de circulación del vehículo que pagamos los españoles tampoco existe, ni existe el de la ITV, zona verde, zona azul, aparcacoches forzosos, etc. En USA, en algunas ciudades, pagan algo llamado STICKER que faculta para aparcar durante un año en todos los parkings municipales y vale alrededor de 15 dólares.

Las tasas e impuestos municipales son casi inexistentes en USA.
Los estadounidenses no pagan IBI
Un estadounidense no paga IRPF si sus ingresos son menos de 3.000 dólares al mes.
Un español paga más del doble que un estadounidense por los seguros de hogar y coche.
El sueldo medio en USA es el triple del sueldo medio en España
Un estadounidense no paga nada parecido al impuesto de Sucesiones y Donaciones que está en vigor en muchas autonomías en España.

Los españoles pagamos 86.000 concejales, más de 9.000 alcaldes, 19 Presidentes de Autonomías, más de 300 "ministros" autonómicos, casi 1.600 parlamentarios autonómicos, 350 diputados en Cortes, 300 Senadores, 200 parlamentarios en Estrasburgo, 26 Ministros, 200 Directores Generales, más 2.000 asesores, más de 300.000 liberados sindicales, etc.., etc..., etc...

Casi hay un funcionario, pensionista o chupóptero de los presupuestos cada 3 habitantes. En USA hay un funcionario cada 145 habitantes.

En USA no existe Sanidad pública (del Estado) para aquellos que ganen más de 2500 $ al mes, pero no te quitan nada de impuestos en este campo, mientras a un español le quitan de media de su sueldo con destino a sufragar la sanidad publica unos 300 euros mensuales y la empresa paga otros 400 más como mínimo.

Con esos 700 euros mensuales (unos 1.000 $) cualquier estadounidense se paga un seguro privado del máximo nivel (los equivalentes a ADESLAS, SANITAS, etc... pueden costar en USA unos 350 $ mensuales).

Las escuelas suelen ser públicas y de buen nivel. Los libros los tienen los alumnos en concepto de "préstamo" y no deben comprarlos.
Y además, asesinos como los etarras, los que violan y matan niñas, etc... Pueden ser ejecutados (o como mínimo no vuelven a ver la luz del sol).


P.D.:  EN USA UN PARTICULAR PUEDE EN SU CASA DEFENDERSE DE CUALQUIER H.P QUE LE ATAQUE, PUDIENDO POSEER ARMAS PARA ELLO. AQUI.. HAS DE ESPERAR SER ATACADO,MALTRATADO,VIOLADO Y ROBADO PARA PODERLO DENUNCIAR. PORQUE SI TE DEFIENDES ANTES DE ELLO, EL QUE VA A LA CARCEL ERES TU Y ADEMÁS LO HAS DE INDEMNIZAR.

Cierra España.

viernes, 12 de marzo de 2010

SUCESOS 1935


La formación psicológica de un escritor
Pío Baroja - Cruz y Raya, 12 de mayo de 1935

LAS IDEAS POLÍTICAS

Por los años en que yo era estudiante se intensificaron en España las luchas sociales y comenzaron a actuar con energía y a manifestarse con hostilidad mutua el socialismo y el anarquismo. Yo me sentía, como he dicho, anarquista, partidario de la resistencia pasiva recomendada por Tolstoi y de la piedad como lector de Schopenhauer y como hombre inclinado al budismo.

No fuí nunca simpatizante de las doctrinas comunistas. El dogma cerrado del socialismo no me agradaba. Tampoco cogí del anarquismo su pretendida parte constructiva. Me bastaba su espíritu crítico, medio literario, medio cristiano. Después reaccioné contra estas tendencias y me sentí darwinista y consideré, como espontáneamente consideraba en la infancia, que la lucha, la guerra y la aventura eran la sal de la vida.

Nunca he podido suponer una armonía colectiva más que con la autoridad, es decir, con la violencia. Lo natural no es social; lo natural se tiene que transformar y cambiar para hacerlo sociable. De aquí la pobreza del anarquismo constructivo. Este me pareció y me sigue pareciendo la doctrina más providencialista de todas las utopías sociales.

Para mí, antes y ahora, el anarquismo no ha sido mas que una critica de la vida social y política, un liberalismo extremo.

Además de este carácter me hicieron encontrarlo estimable la defensa individual y el sentimiento de piedad. la mecánica del comunismo libertario, antes y ahora, me pareció palabrería vana, y el libro de Kropotkin, La conquista del pan, que en mi tiempo tuvo gran fama, se me figuró siempre cándido, falso y vulgar.

Respecto al comunismo puro autoritario fui hostil a il por temperamento y por ideas. Pensar que un hombre o un grupo de hombres pueden saber lo que le conviene al mundo entero me parece una prueba de petulancia y de osadía verdaderamente repulsiva. La misma tendencia mesiánica de suponer un paraíso en la tierra se me figura ridícula y desagradable. Como diría un amigo un poco chusco, he sido enemigo particular de los paraísos.

Con relación al materialismo histórico que encierra la interpretación materialista de la Historia no creo que sea este lo mismo que el científico. El materialismo científico, cuando es verdadero, no es mas que una consecuencia estricta de las ciencias fisiconaturales y de las biológicas.

El materialismo, unido con el determinismo, es un postulado científico que lleva con él una dieta del pensamiento; mientras no pase los límites de sus conocimientos y de sus datos es la más exacta, la más juiciosa y la más probable de las teorías. Se basa en todo lo que está ya comprobado, en aparatos perfectos en su género, en observaciones exactas, en hipótesis admisibles. El materialismo científico rige en todos los laboratorios. Cuando el materialismo salta de su esfera conocida a la desconocida y quiere explicar lo inexplicable, entonces se hace un sistema tan fantástico y tan inseguro como todos los demás; pero mientras queda en los límites de lo relativista, es una práctica fecunda. Cuando quiere marchar a lo absoluto y dejar su natural agnóstico ya no vale nada, porque ni siquiera sabe nadie lo que es en su esencia la materia. Ni el átomo ni los electrones son una realidad, sino una explicación hipotética.

El materialismo científico no hace más que relacionar fenómenos conocidos y buscar su causa próxima. Esta relación de causa a efecto de hechos homogéneos, colocados en el mismo plano, es su misión. El materialismo científico verdadero huye de explicaciones absolutas y no puede alcanzar más afirmaciones que las relativas.

Isaac Newton, al formular la ley de la gravitación universal, no la dió como una verdad absoluta, sino como la norma corriente con la que se producen los fenómenos, sin pretender llegar a causas primeras inasequibles para el hombre.

Pasteur solía decir: «Cuando entro en mi laboratorio dejo mis creencias a la puerta; cuando salgo, las vuelvo a tomar.» Es decir, que en el laboratorio era determinista, materialista; luego, en la vida, no. Esa es la actitud verdadera del hombre de ciencia.

¿Cómo se puede equiparar el materialismo científico con el histórico de los socialistas, que quiere sacar sus consecuencias fijas y categóricas del conjunto oscuro heterogéneo y mal conocido de la Humanidad?

El materialismo histórico económico de los socialistas no es igual al científico ni tiene nada de común con él mas que el nombre. Por la interpretación materialista de la historia se quiere demostrar que las sociedades humanas no se han movido mas que por intereses materiales prácticos, lo cual no se puede probar, y termina en una prédica de repartición igualitaria de placeres, que no tiene nada que ver con la ciencia.

El materialismo histórico tiene una ascendencia judaica y se convierte en una especie de religión sensualista. No se comprende que interés practico pudo tener Copérnico al exponer su sistema en su gran obra, enfermo, a los setenta años y ya próximo a la muerte.

La explicación del materialismo histórico no es una explicación, es una de tantas soluciones prematuras y probablemente falsas dadas a los problemas humanos.

Hay muchas instituciones y actividades que son inmanentes, que tienen su objeto dentro de sí mismas y no fuera de sí mismas; así se puede sentir el culto del arte por el arte, de la ciencia por la ciencia y hasta de la aventura por la aventura. Muy difícil sería el buscar elementos de practicismo en los secuaces de estas ideas.

Hoy, a pesar de lo que afirman los reaccionarios y con sentimiento de los que somos liberales y racionalistas, decrece la tendencia al libre examen probablemente por falta de cultura. Se prefieren los credos cerrados.

Para muchos, someter todo a la crítica es peligroso e inseguro. Aceptar el contenido íntegro de la tradición antigua o de la utopía moderna es tan peligroso o quizás más aún.

Los doctrinarios que aseguran estar en el secreto de las cosas y que tienen soluciones para todo son terribles, no les arredra nada. Son capaces en su pedantería de reglamentar lo irreglamentable. Es posible que estos pedantes doctrinarios tengan su utilidad dentro de su simplismo; son los que hacen las revoluciones y las reacciones y creen que llevan las normas del porvenir dentro de su cráneo.

Yo, al discutir con otros las soluciones socialistas, decía con cierta indignación de mis interlocutores:

-Lo que tenemos que pedir es no sólo que no haya nadie que nos quiera mandar, sino también no permitir que haya alguien que se quiera sacrificar por nosotros, porque muchas veces el que comienza por ser servidor o esclavo se convierte pronto en amo.

Por entonces, en los años de mi juventud, bullía como ahora el mito de la revolución. La revolución era la solución de todo. Vendría, como el Santo Advenimiento, a elevarnos, a purificarnos y a sustituir nuestros brazos y nuestras manos con unas alas angelicales.

Yo tuve de joven entusiasmo por el lado dramático de la revolución, pero siempre me sorprendió que todas ellas o casi todas no realizaron sus planes mientras estuvieron dominando, y cuando éstos se consumaron, si no en conjunto en parte, fué cuando ya parecía que habían fracasado.

Yo creí que estaba bien que los partidos radicales manejaran ese tópico de la revolución, pero como un mito y con la seguridad de su carácter irrealizable. Se ve que las revoluciones, cuando triunfan, no cambian nada íntimo de un país; si varía algo, son las personas que mandan.

En el fondo de mi espíritu, más que la revolución palabrera de gritos y de gestos, hubiera deseado una evolución y una renovación lenta. ¿Pero cómo ayudar a conseguir esto? No se veía camino.

Con las discusiones políticas con mis compañeros, que la mayoría eran poco aficionados a estas cuestiones, y con la defensa que hacía yo de la revolución, fuí evolucionando hasta pensar si la democracia y el parlamentarismo no tendrían ningún valor; si serían falsedades, entelequias doctrinarias, desprovistas de fondo y de valor humano. Pensé si no habría mas que la dictadura de las personas inteligentes que pudiesen realizar con plenitud el orden y el progreso de las cosas materiales, dejando a los hombres la absoluta libertad de pensar en cuanto fuera asuntos del espíritu. Esto se ha hecho, mas o menos claramente, en los países civilizados.

La igualdad y la fraternidad me parecieron siempre mitos de guardarropía.

La tendencia revolucionaria del tiempo no era una fantasía sin sentido en la época de mi juventud. En todo aquello en donde se asomara una persona de buen sentido veía una anomalía o algo absurdo y mal organizado.

Existía, y probablemente existe, poca justicia en España. Se sentía la arbitrariedad en todas las esferas. Es lo peor que puede pasar a un país. La falta de justicia lo corrompe todo, impide hasta la convivencia humana, porque no es posible que el postergado o el sacrificado pueda convivir con el arrivista que sube y triunfa cínicamente. O el sacrificado se transforma también en uno de tantos o se hace un amargado y un triste. El que ha tenido la preocupación moralista habrá podido decir esto siempre y exclamar como el predicador del Ecclesiastis: «Vi más debajo del sol: en lugar del juicio, allí la impiedad, y en lugar de la justicia, allí la iniquidad.»

«No hay que dar demasiada importancia a lo ético», decía Salmerón una vez a sus correligionarios. Pero si no se le da importancia a lo ético ¿A qué se le va a dar?

De estos sentimientos éticos ha nacido la política que informa las tendencias revolucionarias.

En esas épocas de poca justicia, y no digo que en la actual no pase lo mismo, las personas de moral incompleta viven a sus anchas; en cambio, los desilusionados de buena fe, si tienen que juzgar o elegir algo, recurren a los expedientes, a los antecedentes y hojas de servicio porque temen que les achaquen arbitrariedades, y se justifican con la letra de la ley mas que con su espíritu. Así resulta que los malos son activos, y los buenos, neutros.

PATRIOTISMO

La falta de un sentimiento patriótico natural, biológico, falta que se observaba en nuestra juventud, se debía indudablemente al abuso hecho por los políticos de la retórica patriótica, que les servía de capa para cubrir sus insensateces.

Esta falta de patriotismo natural de gran parte de la juventud literaria de mi tiempo no era sólo culpa de ella, sino principalmente de los políticos, que miraban el patriotismo como una maniobra retórica para disimular errores y torpezas. Esta retórica antipática, de final de banquete, si alguna vez tuvo eficacia, la llegó a perder. Después, en la época posterior a la nuestra, que se ha considerado dominada por una idea pesimista, se adelantó y se mejoró evidentemente en todos los órdenes en España.

Cuando tenía yo veintitantos años y había acabado la carrera no me sentía nada claro, ni siquiera español ni vasco. Al ir a ejercer a Cestona comencé a encontrarme vasco, y al salir por primera vez de España a pasar una temporada en París comprendí que era fundamentalmente español en algunas cualidades y en muchos defectos.

Varias generaciones sucesivas no parecían sentir de una manera eficiente el patriotismo. ¿De quién era la culpa? El patriotismo había tomado un aire tan palabrero que a la mayoría de las personas le parecía, sobre todo en los discursos, algo vacío, una habilidad de prestidigitador. Al mismo tiempo que el patriotismo declinaba en medios intelectuales se hablaba de la decadencia de España. Esta idea es una idea vieja y se ha dado muchas versiones sobre ella. En mi tiempo creo que provenía principalmente de ver a los grandes países de Europa ya constituidos en equilibro estable y definitivo, mientras nosotros teníamos agitaciones interiores y exteriores, que los Gobiernos no sabían resolver. La idea se modificó después de la guerra mundial y el equilibro de las naciones poderosas que semejaba un estado definitivo y permanente se convirtió en un desequilibrio difícil de atajar.

Muy posible es que no hubiera en España un motivo serio de pesimismo y que el país en sus capas interiores no lo sintiera; pero había ciertos núcleos intelectuales con una neurosis deprimente.

La política era la principal causante de esta depresión. No podía atender a las necesidades del país, se convertía en un mandarinato chino. El camino de la vida pública estaba abierto únicamente para los hijos, para los yernos y para los favoritos de los grandes personajes. Se hacía una selección al revés en las altas esferas, y esta involución tenía que llegar a todos los organismos del Estado y hasta de la vida privada.

En un mundo en el cual el único valor era la intriga y la oratoria, atrincherado por hijos, yernos, amigos y hasta criados, no podía entrar el aire de la calle. La gente con condiciones naturales se hacía hostil. Era lógico en tales condiciones que la astucia y el trabajo de zapa tuvieran más importancia que las condiciones y el mérito.

Pasados los tiempos de neurosis pesimista muchos hemos reaccionado hacia el patriotismo, no hacia el patriotismo retórico y hueco de frases hechas, sino a una preocupación de los problemas y de las cuestiones de nuestro país y, sobre todo, de la tierra.

Para sentir el patriotismo yo al menos no he necesitado el enterarme bien de las épocas brillantes de la historia de España. Me ha bastado conocer los primeros tiempos del siglo XIX, de alteraciones y de dolores, porque en las acciones históricas me ha entusiasmado más el ímpetu que el éxito y más el merecimiento que la fortuna. Así, he seguido con tanto interés las empresas de Zumalacárregui como las hazañas de Hernán Cortés, narradas un poco enfáticamente por Solís, y esto no quita para que considere al héroe de la conquista de Méjico como uno de los grandes astros de la historia de España. También me ha entusiasmado más el Empecinado que Cristóbal Colón o que el Gran Capitán. El resultado de la empresa no es lo que más me ha ilusionado. Los esfuerzos de los que no tuvieron éxito y conservaron la energía y el valor dan todavía una impresión más efusiva que los que llegaron al éxito y a la fama. Al mismo tiempo que el conocimiento del país y de la Historia, quizá no del todo completa, nos ha acercado al patriotismo, la gran literatura y la gran pintura española. Leerla con desapasionamiento y contemplarla de la misma manera es el modo de apreciarla. Para lo que tiene valor en sí no se necesita el ingrediente de la retórica patriótica. El patriotismo viene después como una consecuencia biológica más que como una idea a priori.

¡Qué hombres ha tenido España en el dominio de la acción! Loyola, San Francisco Javier, Hernán Cortés, Pizarro, Vasco Núñez de Balboa, el Empecinado, Zumalacárregui. ¡Qué tipos de piedra y de acero!

En la literatura nos hemos encontrado identificados con Gonzalo de Berceo, con el poema de Fernán González, con el Romancero, con el Arcipreste de Hita, con Jorge Manrique, con San Juan de la Cruz y con fray Luis de León; después hemos vivido en la intimidad de la obra de Cervantes, de Calderón y de Gracián y más tarde aún en la intimidad de Espronceda, de Larra y de Becquer. Ha podido uno comprobar también, si no por una lectura completa, la crítica y la ciencia profunda de Mariana, del padre Flórez, de Hervás y Panduro, de Jovellanos, de Masdeu y de Cean Bermúdez.

En la efusión artística hemos tenido épocas de entusiasmo por El Greco, por Velázquez, por Zurbarán y por Goya, y nos hemos esponjado contemplando con alegría el plateresco y el barroco españoles. Yo no creo que se pueda hablar muy en serio de ciencia española, como habló Menéndez Pelayo, porque en este respecto España es donde ha sido más débil; pero sí se puede hablar de la cultura española. Esta es una de las tres o cuatro más importantes del mundo moderno.

Antiguamente se presentaba a España en los países del norte de Europa y, en general, en los protestantes con una porción de sombras recargadas. Hoy se ve que esas sombras no son mayores de las de los demás países. El mundo culto no tiene hoy sobre Felipe II o sobre San Ignacio de Loyola, puntos neurálgicos, la impresión que tenía hace doscientos años. El mundo ha querido comprender y ha llegado a comprender.

Se ha ensanchado el sentido de la comprensión para España y para los demás países; claro es que no se ha llegado a la comprensión completa, y como es casi imposible en la lucha de los pueblos, cuando hay pasión, saber quién está en lo cierto y quién no, al último se coloca uno del lado de su país cuando cree que tiene toda la razón y también cuando la tiene sólo parcialmente.

NUESTRO LIBERALISMO

La tendencia de muchos de nosotros de liberalismo, de individualismo, de poca tutela del Estado recibió un tremendo golpe con la guerra europea. Se salió de ella con un afán inmoderado de mandar, con un nacionalismo violento y estrecho. El Estado, como el de Rusia en grande y el de Alemania e Italia más en pequeño, no quiere mandar sólo en los actos exteriores de las gentes, sino que aspira a mandar en las conciencias. Se quiere renovar la Inquisición y el régimen de los jesuítas del Paraguay.

Se podría aceptar que un apóstol quisiera dirigir el mundo y su país para llevar a la práctica una idea alta y extraordinaria; pero que los conceptos vulgares de los dictadores de hoy, nacionalistas o comunistas, se conviertan en normas despóticas para todo el mundo, es realmente insoportable.

Se comprenderían estas experiencias si hubiera fórmulas y procedimientos nuevos de vivir y de obrar; pero no los hay, y las panaceas del momento actual son las mismas que las de hace dos mil años. No se ha inventado nada nuevo en este sentido.

BIBLIOFILIA

A la proximidad de la vejez mi tendencia, un tanto puritana y sectaria de la juventud, se transformó en indiferencia jovial.

Comencé a hacerme coleccionista y bibliófilo. Con esta afición he rebuscado en ferias y en librerías de viejo con encarnizamiento.

Esta caza del libro ha sido para mí muy divertida; primero, porque tenía pocos medios, y luego, porque no he perseguido la edición rara y la encuadernación curiosa, sino la obra principalmente para leerla. Esta pequeña manía comienza a ser el principio de mi epílogo.

FINAL

No es que quiera dar estos apuntes de mi vida y de mis cambios espirituales como una cosa trascendental y universal. No. Es algo particular, individual de una época española. Es también una voz de la calle más dionisíaca que apolínea.

Para los que tienen un entusiasmo hegeliano y universalista no es nada, es una de las muchas oleadas del mar que llegan cortas a la playa. En la historia del mar y de la playa un momento sin importancia; pero el que ha formado parte de esa oleada la considera como la vida que no ha tenido un desarrollo completo.

Yo creo que para España, como para todos los países, su primer problema es el conocimiento profundo de su manera de ser. Estamos en un período histórico en que todo está en crisis, religiones, democracia, parlamentarismo y libertad.

No hay nadie con sentido profético para vislumbrar si detrás de este crepúsculo viene otra aurora, o viene la noche. Para muchos, los dogmas y los sistemas doctrinarios tienen gran valor; para otros, no lo tienen más que por sus resultados.

Yo soy de los relativistas. Las perfecciones de un sistema político en el papel me interesan muy poco.

El país necesita conocer lo más perfectamente posible su geografía, su étnica, su historia, su industria, su comercio, su literatura y su arte.

Yo creo que nadie que sea un iluso puede pensar que nosotros los españoles conocemos todas esas materias.

Hay, indudablemente, una falta de información. Ciertamente que en literatura y en arte los extranjeros no han descubierto mucho nuevo en España.

Se ha hablado de Gracián, a quien puso a flote modernamente Schopenhauer, y del caso del Greco, aunque de éste habíamos hablado muchos con entusiasmo antes de que se ocuparan de él los extranjeros; pero si en la historia de la literatura y del arte españoles la mayoría está hecha por españoles, no pasa lo mismo en otros campos científicos: en la geografía, en la prehistoria, en la etnografía, en la geología y en otros asuntos.

Desgraciadamente, nos encontramos actualmente en una época en la que no se quiere razonar ni atender al pensamiento del prójimo.

Cada cual se encierra en sus doctrinas, en sus simpatías, sin escuchar al vecino. Se dice que en todas partes pasa lo mismo. ¡Qué se va a hacer! Yo no creo en las discusiones y polémicas de ingeniosidades y de frases; pero si cada cual se encierra en su doctrinarismo o en su utopía sin echar una mirada curiosa del que está cerca vamos a pasar, o mejor dicho, van a pasar los que vengan, períodos muy negros, más que nada por estupidez y por incomprensión.

Aunque racionalmente tenga uno la sensación un poco pesimista del porvenir próximo, siempre se espera algo, y aunque las experiencias del pasado no hayan sido agradables, la esperanza se levanta, como las alondras al sol, en los campos agostados a la luz clara y penetrante de la mañana

Cierra España.

miércoles, 10 de marzo de 2010

SUCESOS 1934.20ª parte.

El Estado fantasma y ¿en qué país vivimos?

José Bergamín - Cruz y Raya, 20 de noviembre de 1934

¿Se ha precipitado, en España, según se dice, a partir de octubre, el ritmo revolucionario?

Para Carlyle una revolución no es más que eso: una precipitación del ritmo vivo de la Historia, un aumento de velocidad. Paradójicamente leemos en Marx que las características de la revolución española son, por oposición al concepto clásico de la rapidez de la revolución francesa, las de la lentitud. Según Marx, el siglo XIX entero es en España, históricamente, un proceso revolucionario, ¿al que habría que añadir estos treinta y cuatro años transcurridos del XX? La revolución en España, como la reconquista, ¿va a ser cosa de siglos? Y una revolución que dura siglos, ¿puede llamarse una revolución? Si ahondamos un poco el sentido de estas preguntas, ¿no encontraremos, en definitiva, que decir revolución, de este modo, es tanto como decir vida, como decir Historia? ¿O sea, que es tanto como no decir revolución?

Cuidemos, por consiguiente, un poco el sentido de estas palabras para no incurrir en ciertos tópicos vacíos, como estos de revolución y marxismo o antimarxismo y contrarrevolución, que vienen diciéndose, sin saber siquiera lo que se dice, por unos y por otros: los de la casa por barrer. Lo cierto es que el proceso político y social de España ha tomado, desde estos primeros días pasados del mes de octubre, un tinte más intensamente sombrío, un acento más hondo y desesperado; haciéndose más definida, más expresa, la oposición, la lucha sorda y torpe y sangrienta. El rojo y el negro, ¿Por qué?

Lo que importa -decía Trotski contestando a sus jueces que le reprochaban, al interrogarlo, una supuesta o manifiesta crueldad en el desempeño de su gestión como comisario de la guerra-, lo que importa no es fusilar mucho ni poco; lo que importa es saber por qué se fusila.

¡Saber por qué!

¿Quién supo, quién sabe su porqué?

Y si no lo sabe la revolución, ni lo sabe el Estado -y todo acusa esta ignorancia- entonces, ¿en qué país vivimos?

Destrucción revolucionaria, es decir, rápida, hubo por voluntad de unos -y de otros-, destrucción que es, hoy, testimonio vivo, entre cadáveres y escombros humeantes, sobre el que especular la defensa miedosa de un estado de cosas -no de ninguna cosa del Estado-, estado de cosas socialmente injusto; porque acaso no coincide formalmente, jurídicamente, como debiera, con ninguna cosa o causa de Estado, del Estado. Con ninguna razón. Y a esta brutal afirmación anárquica de los demoledores responden con el espejo o espejismo de lo hecho, o de lo deshecho, de lo destruido, los otros, sedicentes contrarrevolucionarios porque no destruyen de ese modo, de golpe -y porrazo-, sino poco a poco, suavemente, como polilla o carcoma, en secreto.

¿Pero es que estos perros anarquistas, como les llama Nietzsche, no son los mismos, igualmente anarquistas, a un lado que a otro? ¿Desde fuera como desde dentro? ¿Los mismos perros con distintos collares? ¿Y unos con collares y otros sin ellos?

El porqué de lo sucedido, de lo que sucede -y de lo que suceda-, no habrá que buscarlo en el sedicente marxismo ni en su antimarxismo corroborativo, sino en un anarquismo común, en el anarquismo nacional. No en el collar, sino en el ladrido.

El porqué tiene sus raíces en el subsuelo de nuestro siglo XIX, sin gran distancia en que se pierdan, sin oculta o indescifrable hondura.

Radicalmente anárquicos, el ataque y la defensa nacionales -y por eso son guerra civil- por un lado y por otro se salen de ese ilusorio espejo racional histórico del llamado marxismo para integrarse, o reintegrarse, en una corriente común, igualmente anárquica, que, de enunciarla o denunciarla con algún nombre, o fantasma de un nombre, habría que evocar el contrario a Marx, el de Bakunin.

¿Será porque, como decimos, en este país convive la guerra fratricida de un idéntico anarquismo común?

El caso es que el mismo fantasma bakuniniano lucha con antifaz de Estado y con máscara de revolución. Pelea contra sí mismo. O contra su sombra: la de un Estado en crisis racional de ser; un Estado fantasma.

¿No será porque en este país en que vivimos (¿dónde está España?; ¿qué es España?), lo que convivimos en íntima agonía es la contradicción viva, dramática, que fue razón de ser de Europa (no de España) y que hoy agoniza también en nosotros con ella?

Pero volvamos a cuestiones menos categóricas. De la abstracción de los hechos que comentamos vengamos a los hechos mismos.

Un testigo de excepcional valor para nosotros, nuestro colaborador y amigo Alfredo Mendizábal, publica en el número de noviembre de La Vie Intellectuelle un emocionante relato de las horas agónicas pasadas en Oviedo durante los días rojos de octubre. Y escribe y describe (transcribimos la parte final de su artículo):

Como la anécdota contribuye a formar la categoría, no creo superfluo referir algún rasgo revelador de toda una psicología que debe hacernos meditar.

Eramos un grupo de quince personas refugiadas (al ser ocupada nuestra vivienda por los revolucionarios) en una casa también abandonada por sus oradores al ser bombardeada por el ejército rojo. Una guardia permanente de comunistas bien armados de fusiles convivía con nosotros y durante cinco días compartimos con ellos los escasísimos víveres... y las penalidades de una vida de zozobra constante, sin agua, sin pan, sin luz, sin noticias del mundo ni más horizontes que el de esta reducida comunidad en la ciudad sitiada ya por las tropas gubernamentales (éstas entraron el 14 de octubre en las calles ocupadas, la mayor parte desde el día 5, por los revolucionarios). Durante estos nueve días interminables, con sus noches terribles, sólo percibíamos el tiroteo del fusil, de las ametralladoras y de los cañones, y los estampidos incesantes de la dinamita, manejada con insuperable destreza por los mineros. Las escasas fuerzas e la guarnición de Oviedo habían comenzado por ocupar los edificios oficiales y los puntos estratégicos del centro de la ciudad y mantenían una defensiva desesperada ante la avalancha de varios millares de mineros que atacaban con furor sus posiciones. Cada calle era teatro de un combate sin tregua, y el cielo nocturno se enrojecía con las llamaradas de los incendios. Pero aquella pequeña guardia revolucionaria que descansaba de la lucha en nuestro circunstancial albergue, fuera de la embriaguez de la pelea, recobraba en cada uno de sus hombres la naturalidad de virtudes caballerescas enteramente españolas.

Hemos estado en sus manos durante cinco días, pudieron hacer con nosotros lo que quisieran, incluso matarnos, ya que habían de considerarnos enemigos de clase, por burgueses. Sin embargo, sólo elogios podemos decir de ellos. Encontramos en el rudo minero fanatizado por el comunismo una nobleza de corazón, una caballerosidad, una consideración a la mujer, que era difícil de sospechar bajo la escarapela roja de soldados de la revolución social. Aquellos hombres de lanzaron en medio de las balas al asalto de una confitería, apenas se enteraron de que estábamos sin comer, porque no podían tolerarlo habiendo mujeres entre nosotros. Y cuando vinieron con las grandes bandejas de pasteles, cubiertas de vidrios de los que caían de las ventanas por el incesante tiroteo, ellos, que tampoco habían comido en todo el día, no consintieron en tomar nada hasta que nosotros lo hubimos hecho. Aquellos hombres ni nos registraron los bolsillos, porque para saber que no llevábamos arma alguna, les bastaba nuestra palabra de honor, y cuando habían de batirse atravesaban la calle, con riesgo de sus vidas, para no comprometernos tirando desde la casa que a ellos pudiera defenderles.

El mero hecho de tratarles nosotros con afabilidad y con simpatía despertó en ellos sentimientos tan cordialmente humanos y tan fraternalmente cristianos (cristianos si saberlo y aun creyéndose enfrente), que hicieron del grupo de burgueses y del de comunistas una sola comunidad, mejor una hermandad. El día en que el jefe de esta tropa recibió autorización para descansar en su pueblo natal de las fatigas de la lucha, renunció al para él tan necesario reposo, porque pudiera ocurrir que quien le sustituyese nos tratara mal. Y así prefirió quedarse. Y enfermó y le cuidamos como hermanos. Y velamos su sueño. Cada vez que entrábamos en su cuarto nos abrazaba emocionado. Y en una de nuestras largas charlas me decía: -Vea usted cómo hemos aprendido a conocernos unos a otros. Porque ni ustedes tenían buen concepto de nosotros, ni nosotros de ustedes, y ahora, todo ha cambiado.

Todo ha cambiado, efectivamente, en quienes hemos pasado por el crisol del sufrimiento y hemos reflexionado sobre muchas cosas y hemos rehecho juicios no bien fundados. Todo ha cambiado en la profundidad de algunas de aquellas almas alucinadas por el odio, que han hallado en su camino, al fin, un poquito de caridad. Pero todo debe cambiar también en la actitud de los poderosos hacia los humildes. Y éste es el momento, la coyuntura, para que cambie.

Jamás podré olvidar estas figuras nobles en medio de las figuras criminales de la revolución. Vosotros, jóvenes mineros de Mieres y de Sama, a quienes conocí movilizados en el ejército rojo que tomó Oviedo, vosotros no fuisteis de los atormentadores de prisioneros, no de los incendiarios de tesoros de arte y de cultura, ni de los martirizadores de sacerdotes. Esto quedaba para los tipos criminales que os engañaron y sedujeron. No fuisteis asesinos, aunque como soldados tuvisteis que ser homicidas, por combatientes en la guerra incivil de la revolución. Pero en vosotros mismos surgía a veces (guardo esta confidencia vuestra como un tesoro) el escrúpulo de si estaríais en el combate matando a gente inocente, la inicial objeción de conciencia que debe conducirnos a la conclusión cristiana y rotunda del no matarás.

Camaradas mineros que la convivencia cambió tan pronto de nuestros adversarios en nuestros amigos. Vosotros decíais buscar una sociedad justa para oponerla a la injusticia del capitalismo. Y por esa sociedad que creíais más justa os habéis sacrificado en vuestro presente y en vuestro porvenir, y habéis estado dispuestos a dar vuestra vida. Sabed que desde campo distinto, y distante, otros hombres repudian también el capitalismo, por su injusticia y por su materialismo. Y repudian al mismo tiempo la violencia de la revolución externa y el materialismo radical del marxismo, porque postulan una revolución interna, una revolución de cada uno en sí mismo que transforme la sociedad de todos en sus cimientos. Tras el desengaño de la lucha de clases, tras el fracaso de la violencia, aun contra un Estado desprevenido y tardígrado, ha llegado el momento de la confluencia en una superación de egoísmos, en un desinterés que sólo el cristianismo puede vivificar.

Pero esto no podemos predicarlo solamente los obreros. Tanto como ellos, los patronos, los poderosos, necesitan un cambio a fondo en su actitud y en su mentalidad. Si se cree que es sólo cuestión de dura represión y que con eso está todo arreglado, no se adelantará un paso. Cuando se han cometido innumerables crímenes, el rigor de la justicia es dolorosamente necesario. Pero el rigor de la justicia ha de alcanzar a todos y son demasiados los que creen que sólo ha de aplicarse a los de abajo. La justicia necesita un orden nuevo para reinar. Un orden que debe excluir toda lucha de clases. La de abajo y la de arriba, ésta más sórdida y aún menos explicable. Quienes en la terrible lucha de la revolución asturiana hemos sufrido grandes pérdidas (yo he pasado por la amargura de ver arder con la Universidad mis libros y mis trabajos, resultado de ocho años de estudios); quienes hemos estado en riesgo de perder la vida multitud de veces durante los nueve días rojos de Oviedo, podemos con más autoridad y, aunque parezca paradójico, sin el rencor de quienes nada perdieron y piden solamente venganza, clamar por esa política social de sacrificio que, inspirada en los principios de justicia y en el espíritu de caridad cristiana, puede aún salvar a la sociedad y salvar, en primer lugar, a los obreros.

Desarmar la revolución es, mas que hacerla imposible, hacerla impensable.

De estas nobles palabras, por el íntimo y veraz sentimiento cristiano que las anima, por la experiencia dolorosa que expresan y que no han enturbiado como en tantos casos, de pasión o miedo, la lúcida convicción religiosa, humana que las motiva, se deducen consoladoramente los porqués que las han inspirado. El porqué del no matar del cristiano y el porqué del morir, muriendo.

Palabras como éstas, y más recogidas para todo el mundo católico por la revista dominicana francesa de Juvisy, son la mejor prueba, el mejor testimonio de que aún hay voces que atender en este angustioso vocerío de odios, de injurias, que ha desatado locamente la triste fase de sucesos recién pasados. Al menos una voz católica, entre tantos sospechosos silencios, y, lo que es peor, entre tanto ruido acusador y vengativo, viene a recordar, sencillamente, como digo, los porqués del creyente. La verdadera palabra de paz: por encima de todo y de todos.

Pero estos porqués son exclusiva, universalmente personales. Dicen de una revolución más honda, de un Estado más vivo.

Entre tanto, como afirma el héroe anarquista puro de una novela de Andreoef, cualquier imbécil que va en automóvil se mata sin saber por qué; porque lo terrible no es morir sin porqué, sino matar de ese modo. Morir sin porqué es un daño personal o privado. Matar sin porqué es un daño público. Y la imbecilidad que mata sin porqué es lo peor de todo; el crimen peor, por irresponsable, no siéndolo.

¿Y no es el mismo crimen, el peor, el de la revolución y el del Estado, si matan sin porqué, estúpidamente, con una ceguera doblemente culpable por la irresponsabilidad que la motiva?

Cierra España.

martes, 9 de marzo de 2010

SUCESOS 1934.19ª parte.

El Estatuto de Cataluña

Julio Camba - Haciendo de República - 1934

Un día, al final de cierta sesión nocturna, don José Ortega y Gasset apareció en el salón de sesiones del Congreso, donde, con voz débil y ademán vacilante, porque su salud se encontraba entonces bastante quebrantada, declaró que los conceptos de autonomía y federalismo no eran conceptos análogos, sino conceptos opuestos. Para decir una cosa tan sencilla, tuvimos que sacar de la cama con toda urgencia, hacia las cuatro o cinco de la madrugada, al filósofo máximo de la nación, llevándolo a la plaza de las Cortes poco menos que en unas parihuelas, y es que, sencilla y todo, esa cosa no la sabía nadie en el Congreso. Para aquellos energúmenos era lo mismo ensamblar las piezas de un puzzle, a fin de formar un cuadro, que coger un cuadro y hacerlo añicos, al objeto de crear un puzzle, y era igual buscar un aumento de poder en la unión con otros países que desmembrar el territorio nacional en regiones más o menos independientes.

No se hablaba entonces más que del Estatuto de Cataluña, compromiso de honor de la República, porque algunos catalanes, reunidos un día con otros señores en un café de San Sebastián, dijeron que ellos no contribuirían a la revolución si no se les prometía el Estatuto, y, aunque la revolución no la hizo nadie y la República vino sola, los señores del café de San Sebastián acordaron:

Primero. Que ellos tenían que encargarse de la gobernación del Estado, porque para eso habían resuelto traer la República por medio de la revolución; y

Segundo. Que, pasara lo que pasara, el Estatuto catalán estaba por encima de todo.

No hubo medio humano de hacer rectificar al Gobierno, por lejos que fue la indignación de las gentes. Don Manuel Azaña hacía grandes aspavientos ante lo que, a su juicio, constituía un caso manifiesto de incomprensión colectiva, y en un discurso memorable declaró que, después de todo, España no es, realmente, un país unitario, y que la unidad nacional carece de tradición entre nosotros. ¿Qué les parece a ustedes?

Desde luego, nuestra unidad nacional no es, ni en un minuto, anterior a nuestra unidad nacional, y si vamos a buscar su tradición a una época en la que todavía no se había logrado, es evidente que no la encontraremos. Esto no quita, sin embargo, para que no hay en toda Europa una unidad nacional más antigua. España fue el primer país europeo que sintió la idea de nación y la impuso en toda la haz de su territorio, lo que no impidió, naturalmente, que quedase aquí una barretina, por ejemplo; allí una gaita, allá un baile o una canción y acullá una manera peculiar de guisar el arroz o el bacalao. Estos residuos históricos son lo que algunos llaman hechos diferenciales, y los hay en todas partes. Los hay en Cataluña con respecto a España, y en Barcelona con respecto a Cataluña, y en la rambla de Canaletas con respecto a la rambla en general. En todas partes hay hechos diferenciales, pero la cuestión está en si debe uno cultivarlos o debe, por el contrario, dedicarse al cultivo de los hechos igualatorios.

El caso fue que los catalanistas consiguieron su Estatuto, emancipándose del vago centralismo madrileño para caer bajo el centralismo directo de Barcelona, y yo recuerdo una fotografía en la que doña Margarita Nelken, cogida de la mano con uno de estos boticarios que la República puso al frente del ministerio de Marina, y con mi amigo don Laureano Paratcha, aparecía bailando la sardana, en celebración del fausto acontecimiento. Hace veinte años, algunos naturales del Ampurdán solían reunirse los domingos en cierta calle de Barcelona para bailar la sardana, y los barceloneses se morían de risa contemplando el espectáculo de su futuro baile nacional; pero ahora no se trata de esto. Se trata de que doña Margarita Nelken estaba muy alegre, y ¿por qué no iba a estar alegre doña Margarita Nelken, digo yo?

En cambio, los otros danzantes tenían todos una verdadera risa de conejo...

Cierra España.

lunes, 8 de marzo de 2010

Patente de corso.

Cuatro minutos
Me llegan, por amigo interpuesto, los comentarios de uno de los infantes de marina que estaban en el Índico durante el secuestro del Alakrana -del que, por cierto, nadie explicó de modo satisfactorio qué bandera llevaba izada, o no, cuando le dijeron buenos días-. El citado mílite es uno de los que intervinieron en la persecución de los piratas somalíes cuando éstos, después de trincar la pasta, salieron a toda leche para refugiarse en la costa. Viniendo de donde vienen, no es raro que los comentarios revelen insatisfacción por las órdenes recibidas y por el grotesco desenlace. Desde su comprensible anonimato, el infante de marina se desahoga, contando que los malevos estuvieron a tiro, pero las órdenes eran no disparar bajo ningún concepto, pues nadie estaba dispuesto a admitir muertos ni heridos en aquel sainete.

Todo es conocido de sobra, y no merece volver sobre ello. Pero hay una frase que tengo por significativa, porque explica no sólo lo delAlakrana, sino muchas otras cosas: «Tuvimos de tres a cuatro minutos para detenerlos. Pedimos órdenes y hubo silencio». Con esas interesantes palabras en el aire, les invito a un bonito e instructivo ejercicio. Cierren los ojos e imaginen. Lo han visto veinte veces en el cine o la tele: las lanchas de los piratas zumbando hacia la playa, los infantes de marina teniéndolos en el punto de mira y con la posibilidad de bloquearles el paso, y el jefe del operativo pidiendo por radio instrucciones a sus superiores. «Permiso para intervenir», o algo así. Dice. Y ahora trasládense a Madrid, al gabinete de crisis o como se llame lo que montaron allí. También, en este caso, las películas nos facilitan el asunto: un mapa del Índico en una pantalla en la pared, pantallas de ordenador, la ministra de Defensa con las gafas puestas, el JEMAD ese de la barba que siempre va de azul, el resto de la plana mayor y toda la parafernalia. Con el pesquero liberado previo pago de su importe, todos más pendientes ya del telediario que de otra cosa. Y la voz que viene del Índico sonando en el altavoz: «Tenemos tres o cuatro minutos y solicitamos órdenes. Repito: solicitamos órdenes». El reloj en la pared haciendo tictac, o lo que hagan los relojes de los gabinetes de crisis, y la ministra, y el de la barba, y el resto de artistas, mirándose unos a otros, callados como putas. Y más tictac. Nadie dice «bloquéenlos», ni nadie dice «déjenlos escapar». Sería mojarse demasiado en uno u otro sentido, y las palabras las carga el diablo. Tanto el «sí» como el «no» pueden causar problemas en las tertulias radiofónicas y los titulares de los periódicos, según vayan éstos a favor o en contra del Gobierno. Así que punto en boca. Silencio administrativo, cuatro minutos, uno detrás de otro, mientras allá abajo, en el mar, los infantes de marina, el dedo en el gatillo y locos por la música, que para eso están, blasfeman en arameo, por lo bajini, mientras ven cómo se escapan los flacos con la pasta. Y al cabo, la desolada frase final: «Han llegado a la playa». Suspiro de alivio en el gabinete de crisis. Fin de la historia.

Les cuento la escena -imaginaria, aunque no tanto- por si ustedes llegan a la misma conclusión que yo. Esos cuatro minutos de silencio no son los del Alakrana. Son todo un síntoma, una marca de fábrica. Una manera de entender la vida en este pintoresco lugar llamado España porque de alguna manera hay que llamarlo. Esos cuatro minutos de silencio se dan a cada instante, en cualquiera de las diarias manifestaciones de nuestra estupidez, nuestra mala baba y nuestra impotencia. Calla siempre, los cuatro minutos precisos, el político de turno, y el policía, y el juez, y el periodista, y el vecino del quinto. Callamos todos ante lo que vemos y oímos, pendientes del tictac del reloj, esperando que el tiempo aplace, resuelva, permita olvidar el problema. Una cosa es la teoría, las declaraciones oficiales, la España virtual. Qué ligeros de lengua somos legislando para un mundo perfecto, con nuestra inquebrantable fe en el hombre -y en la mujer, que diría Bibiana-. Y qué callados nos quedamos, como la otra ministra y el de la barba, cuando la realidad se impone sobre nuestra imbecilidad endémica. Cuando el maltratador defendido por la maltratada, el corrupto reelegido para alcalde, el violador reincidente, el terrorista que apenas paga su crimen, el hijo de puta menor de edad, la tía marrana que aprovecha la ley para vengarse del marido inocente, el pirata somalí que rompe el tópico del buen negrito, nos meten el Kalashnikov por el ojete. Entonces nos quedamos callados, no sea que la vida real nos reviente la teoría obligándonos a señalar al rey desnudo. Y así, de cuatro en cuatro, pasan los minutos de nuestra cobardía.

Arturo Perez Reverte.

Cierra España.

Seguidores

Miguel de Unamuno - Diario de Sesiones, Junio de 1932

Estas autoridades de la República han de tener la obligación de conocer el catalán. Y eso, no... Si en un tiempo hubo aquello, que indudablemente era algo más que grosero, de «hable usted en cristiano», ahora puede ser a la inversa: «¿No sabe usted catalán? Apréndalo, y si no, no intente gobernarnos aquí.»... La disciplina de partido termina siempre donde empieza la conciencia de las propias convicciones.

Luis Araquistáin,socialista publica en abril de 1934

"En España no puede producirse un fascismo del tipo italiano o alemán. No existe un ejército desmovilizado como en Italia; no existen cientos de miles de jóvenes universitarios sin futuro, ni millones de desempleados como en Alemania. No existe un Mussolini, ni tan siquiera un Hitler; no existen ambiciones imperialistas, ni sentimientos de revancha, ni problemas de expansión, ni tan siquiera la cuestión judía. ¿A partir de qué ingredientes podría obtenerse el fascismo español? No puedo imaginar la receta".

Alejandro Lerroux, Mis memorias.

“La verdad es, lo he publicado antes de ahora, que el país no recibió mal a la dictadura, ni la dictadura hizo daño material al país. Es decir, no gobernó peor que sus antecesores. Les llevó la ventaja de que impuso orden, corto la anarquía reinante, suprimió los atentados personales, metió el resuello en el cuerpo de los organizadores de huelgas y así se estuvo seis años. Nunca la simpatía personal ha colaborado tan eficazmente en formar de un gobernante como el caso de Primo de Rivera, [...]”

Alejandro Lerroux, Mis memorias.

Frente Popular (Febrero 1936 - Marzo 1939)



Calvo Sotelo, sesion del 16 de junio de 1936.

"España vive sobrecogida con esa espantosa úlcera que el señor Gil Robles describía en palabras elocuentes, con estadísticas tan compendiosas como expresivas; España, en esa atmósfera letal, revolcándose todos en las angustias de la incertidumbre, se siente caminar a la deriva, bajo las manos, o en las manos —como queráis decirlo— de unos ministros que son reos de su propia culpa, esclavos, más exactamente dicho, de su propia culpa...
Vosotros, vuestros partidos o vuestras propagandas insensatas, han provocado el 60 por 100 del problema de desorden público, y de ahí que carezcáis de autoridad. Ese problema está ahí en pie, como el 19 de febrero, es decir, agravado a través de los cuatro meses transcurridos, por las múltiples claudicaciones, fracasos y perversión del sentido de autoridad desde entonces producidos en España entera.
España no es esto. Ni esto es España. Aquí hay diputados republicanos elegidos con votos marxistas; diputados marxistas partidarios de la dictadura del proletariado, y apóstoles del comunismo libertario; y ahí y allí hay diputados con votos de gentes pertenecientes a la pequeña burguesía y a las profesiones liberales que a estas horas están arrepentidas de haberse equivocado el 16 de febrero al dar sus votos al camino de perdición por donde os lleva a todos el Frente Popular".

La memoria analfabeta es muy peligrosa

Pérez-Reverte se embala. No es que le duela España, es que le indigna su incultura, su falta de espíritu crítico. Se revuelve porque, dice, un país inculto no tiene mecanismos de defensa, y “España es un país gozosamente inculto”. Tiene el escritor en la punta de los dedos las batallas, los hombres, las tragedias que han hecho la historia para apuntalar sus argumentos.

- Mi memoria histórica tiene tres mil años, ¿sabes?, y el problema es que la memoria histórica analfabeta es muy peligrosa. Porque contemplar el conflicto del año 36 al 39 y la represión posterior como un elemento aislado, como un periodo concreto y estanco respecto al resto de nuestra historia, es un error, porque el cainismo del español sólo se entiende en un contexto muy amplio. Del año 36 al 39 y la represión posterior sólo se explican con el Cid, con los Reyes Católicos, con la conquista de América, con Cádiz... Separar eso, atribuir los males de un periodo a cuatro fascistas y dos generales es desvincular la explicación y hacerla imposible. Que un político analfabeto, sea del partido que sea, que no ha leído un libro en su vida, me hable de memoria histórica porque le contó su abuelo algo, no me vale para nada. Yo quiero a alguien culto que me diga que el 36 se explica en Asturias, y se explica en la I República, y se explica en el liberalismo y en el conservadurismo del XIX... Porque el español es históricamente un hijo de puta, ¿comprendes?.

Arturo Pérez-Reverte