Carta Magna, su emblema.

Palabras de José Antonio Primo de Rivera, jefe de Falange Española de las J.O.N.S

"La noticia de que José Antonio Primo de Rivera, jefe de Falange Española de las J.O.N.S., se disponía a acudir a cierto congreso internacional fascista que está celebrándose en Montreaux es totalmente falsa. El jefe de Falange fue requerido para asistir; pero rehusó terminantemente la invitación, por entender que el genuino carácter nacional del Movimiento que acaudilla repugna incluso la apariencia de una dirección internacional. Por otra parte Falange Española de las J.O.N.S. no es un movimiento fascista; tiene con el fascismo algunas coincidencias en puntos esenciales de valor universal; pero va perfilándose cada día con caracteres peculiares y está segura de encontrar precisamente por ese camino sus posibilidades más fecundas".

jueves, 24 de septiembre de 2009

Andrés Nin, los crimenes de la Republica. 3ª parte.


El crimen fue en El Pardo

   ¿Dónde, cuándo y cómo fue asesinado Andrés Nin? No pretendo dar aquí una respuesta completa - no creo que nadie, salvo quienes cometieron el crimen, sea capaz de darla-; me atrevo a asegurar, sin embargo, que mi versión es la más verosímil que puede darse. Se funda principalmente en dos testimonios, a la vez coincidentes y complementarios: el que logré arrancarle a Jesús Hemández, cotejado seguidamente con él mismo, y con el de Enrique Castro Delgado, primer comandante español del famoso Quinto Regimiento, y, a mi juicio, el militante más sincero y honesto de los que lograron salir de Rusia y rompieron con el comunismo. Fue Castro, -por ejemplo, quien más de cerca conoció a Carlos J. Contreras (Vittorio Vidali), comisario político y principal organizador extranjero de este Quinto Regimiento, especializado, por otra parte, en los grandes asesinatos de la NKVD (2). No fue, pues, un azar si Alejandro Orlov lo eligió como su colaborador inmediato en el asunto Nin y en otras fechorías menos escandalosas.


   ¿Dónde se cometió el crimen? Los testimonios reunidos en el capítulo anterior, de personalidades políticas de primera importancia, concuerdan todos en que estuvo en Alcalá de Henares, de donde fue raptado. El misterio comienza con esta interrogante: ¿y después? Una de las razones para arrancarle de allí, ya lo he indicado, fue que lo sabía demasiada gente. Según Hernández, la propia organización comunista de Madrid comunicó al Buró Político que estaba allí. Y al plantearle la cuestión a la delegación soviética, con el fin de hacer frente a la manifiesta hostilidad que se les venía creando, confesó “que acababa de enterarse de que Nin, de paso hacia Madrid sin detenerse en Valencia, había sido trasladado a Alcalá por Orlov hasta la llegada de los otros detenidos, que debían ser trasladados de la prisión de Valencia a la de Madrid. Pues temían que Nin pudiera evadirse de Madrid”. Lo que temían era que pudiese rescatársele, cosa que tenían orden de evitar sin reparar en medios. Añádase a esto que las cuatro declaraciones prestadas por Nin en Alcalá no podían satisfacer, naturalmente, a los terroristas Orlov y Vidali: abundaban en su favor, como hombre y como revolucionario, y no en su contra. Para llevar adelante un proceso por espionaje necesitaban algo más comprometedor, y este algo sólo creían posible arrancárselo por los medios aplicados en la siniestra Lubianka de Moscú. Me parece, además, evidente que sin la esperanza de una confesión en regla, adaptada al plan establecido, no hubieran dejado huella de los cuatro primeros interrogatorios.

   El lugar propicio para someterlo a la tortura era El Pardo; Alcalá sólo había servido para preparar la coartada de la evasión, por encontrarse cercana a los frentes. Recuérdese que García Pradas y sus dos compañeros de la CNT -uno de ellos policía- fueron los primeros en revelarnos que Nin había sido trasladado a El Pardo. Y Garmendía, encargado por Irujo de organizar nuestro traslado a Valencia, me dijo a mí que, para recuperar a nuestro compañero del lugar donde lo tenían secuestrado necesitaría unas fuerzas militares que el Gobierno no quería o no podía poner a su disposición, ya que “habría que reñir una batalla contra otras fuerzas militares”. La fortaleza poco menos que inexpugnable de estas últimas sólo podía ser El Pardo: en él estaban emplazados los mandos del Quinto Regimiento -aun cuando éste fue normalmente disuelto al convertir a las Milicias en el Ejército Popular, los comunistas siguieron denominándolo así-, los de las Brigadas Internacionales que operaban en los frentes de Madrid y, a cubierto de estas fuerzas, los servicios de la NKVD, a cuya disciplina de hierro quedaba sometido todo (3). Tengo la firme convicción, por consiguiente, de que el crimen fue cometido en El Pardo.

   ¿Cuándo se perpetró? No me es posible dar una fecha exacta; creo, empero, que no fue inmediatamente después de su llegada. Si se hubiera tratado de suprimirlo pura y simplemente, eso podían hacerlo, si no en Alcalá mismo, en el trayecto entre Alcalá y El Pardo. No habrían quedado huellas, y a la propaganda comunista hubiérale sido más fácil sostener la leyenda de la evasión. La desintegración física y moral de un hombre, al punto de obligarle a confesar unos delitos que no ha cometido, exige cierto tiempo, por lo menos algunas semanas. La farsa del rapto de Alcalá se produjo, como he apuntado en otra parte, durante la noche del 22 o el 23 de junio. La ofensiva de Brunete a Navalcarnero se desencadenó los días 5 y 6 de julio, con un éxito inicial debido principalmente a los abundantes medios y a la sorpresa; sólo a partir del 12, las tropas franquistas, con importantes refuerzos procedentes de otros frentes y un gran lujo de aviación, recobraron la iniciativa y desencadenaron la contraofensiva que les permitió recuperar todo o casi todo el terreno perdido, y ello a costa de unas 25.000 bajas del Ejército popular, y de no menos de un centenar de aviones. Si el plan de los mandos soviéticos y de la NKVD era, de haber salido bien la operación, el traslado a Madrid del Gobierno de la Victoria, y en su pos el Tribunal de Espionaje y Alta Traición, con el propósito de iniciar el juicio que debía llevarnos ante el pelotón de ejecución, como pedía a gritos la propaganda comunista, es evidente que necesitaban para entonces la confesión suscrita por Nin. (Es más que probable que este plan de conjunto hubiera encontrado resistencias en el seno del Gobierno; sin embargo, en el ambiente de euforia que no podía dejar de crearse, y teniendo en cuenta los medios de que disponían ya los comunistas, su neutralización no hubiera sido difícil. y la mejor prueba es la amenaza esgrimida contra “los cómplices de los espías, dentro y fuera del Gobierno”). ¿Vivía Nin o había sido asesinado cuando se nos trasladó a nosotros de Madrid a Valencia? Tanto Garmendía como García Pradas y sus compañeros creían que aún vivía. Una creencia, naturalmente, no es una seguridad: no podían tener, y no tenían, la menor prueba material. Yo me inclino a creer que lo asesinaron inmediatamente después de nuestro traslado a Valencia, fracasado su plan y, sobre todo, al ver que Nin oponía una resistencia desconcertante -al menos para su mentalidad inquisitiva- ante la monstruosidad que exigían de él.

   ¿Cómo lo asesinaron? Nada más fácil, para unos terroristas doctrinarios y obedeciendo a una razón de Estado -de un Estado en pleno ensayo de conquista a cubierto de un internacionalismo vaciado de su contenido-, que asesinar a un hombre totalmente en su poder, indefenso. Unos terroristas que saben, por añadidura, que si no cumplen su cometido se condenan ellos mismos a la tortura y a la muerte. Lo espantoso, lo inconcebible y realmente único en el siglo XX, es el previo asesinato moral de un militante que le ha dedicado toda su vida a una causa y luego, de repente, se le exige que se reconozca él mismo, a la faz del mundo, como el más abyecto renegado y traidor a esa causa, y que vaya a la muerte entonando loas a la gloria de su propio verdugo. Tal era la experiencia de los procesos de Moscú, y se quería su trasplante a España como primer ensayo universal. Para quien ha leído un buen número de testimonios sobre las torturas -en Rusia y más tarde en los países satélites-, ha sido el transcriptor de La vida y la muerte en la URSS, de El Campesino, después de su audaz evasión de los presidios y los campos de concentración soviéticos, y ha analizado las reseñas estenográficas de las audiencias públicas de Moscú, le es fácil comprender los métodos aplicados con Nin bajo la dirección de dos especialistas como Orlov y Vidali.

   Jesús Hemández y Castro Delgado no presenciaron personalmente la tortura y el asesinato de Nin; pero el uno y el otro -principalmente el primero- recibieron las debidas confidencias. Antes de hacer uso de estas confidencias, permítaseme una somera explicación. Orlov y Vidali contaban en su banda con un cierto número de militantes españoles, la mayoría jóvenes y destinados al aprendizaje terrorista. Fanáticos al comienzo de Stalin y de la Unión Soviética, “el único jefe y la única potencia que habían corrido en ayuda del pueblo español”, al paso de los meses, y al socaire de la experiencia, empezaron a sentir ciertas dudas y a hacerse las consiguientes preguntas. ¿Por qué habían expedido a España a unos consejeros políticos, unos técnicos militares y unos agentes policíacos que, sin el menor conocimiento de las características de los españoles, pretendían imponerse a ellos cual si fueran seres inferiores? ¿Por qué aseguraba la propaganda que Rusia poseía el mejor armamento moderno –un armamento que veían desfilar en las películas ante el mausoleo de Lenin- y, sin embargo, el expedido a España era tan deficiente y tan escaso? ¿Y por qué un Largo Caballero, exaltado al comienzo como el Lenin español , era atacado y liquidado unos meses más tarde como un traidor? Más o menos sensible y conscientemente, fueron imponiéndose en muchos de ellos los reflejos nacionales como un eco de la reacción que observaban en la población española y, en primer lugar, en el seno de las otras fuerzas políticas y sindicales. ¿No era natural que les expusieran éstas y otras dudas a sus líderes españoles, a los que conocían y bajo cuya dirección habían luchado durante años? (4). El principal confidente de Hernández había practicado el terrorismo con él en Bilbao, sobre todo en el curso de las huelgas; pero una cosa muy diferente era el uso de la tortura, y la aplicada a Nin, en la que lo obligaron a participar, le produjo una viva impresión. Incluso despertó en él su resistencia -me aseguró Hernández-, una irresistible admiración. Lo cierto es que sintió necesidad de confiarle, no sólo lo referente a Nin, sino a la preparación de un pérfido atentado que estuvo a punto de costarle la vida a Indalecio Prieto (5).

   La tortura de Andrés Nin se prolongó durante días y noches, sin tregua ni descanso, hasta el agotamiento físico y la pérdida, por momentos, de los reflejos mentales. La fase preparatoria consistió en meterle en una celda de paredes desnudas, sin mueble alguno ni el menor ruido exterior. Tenía que permanecer de pie o sentarse y tumbarse en el suelo. y ni tan sólo luz había. Evidentemente, no tenía ni siquiera conciencia del lugar al que lo habían traído. El silencio, la oscuridad, la falta de un mueble o un objeto al que asirse, la ignorancia completa del lugar en que estaba, el cansancio físico y moral que lo iba ganando, y la convicción de que nadie podría hacer nada por sacarle de allí constituían ya una horrible tortura. ¿Y otra, sin duda, el recuerdo de los grandes torturados soviéticos, a los que había tratado íntimamente, denunciándose unos a otros y autoacusándose como poseídos o embrujados? (Acude a mi memoria su profunda desolación -su inmenso sufrimiento-- cuando nos llegó la noticia del primer proceso de Moscú y luego la de sus dieciséis fusilados). Y hombre de corazón fraternal, ¿no le acuciaba asimismo la idea de que nuestra situación -la de sus compañeros de combate- era semejante a la suya? Abrigo la firme convicción de que no dudó un solo momento de nosotros, como no dudamos nosotros un solo momento de él. Añádase a esto que lo habían despojado de todo lo que pudiera servir a atentar contra su vida, y que el agua y los alimentos que le servían eran los indispensables para sostenerse. Sus verdugos no ignoraban, por otra parte, que era un hombre disminuido por la enfermedad. ¡Y es que había sido la suya una vida tan abnegada y agotadora! ¿Quizá contaron con eso para destruir sus resortes morales y obligarle a firmar una declaración de culpabilidad a tenor con sus planes?

   Después de esta fase preparatoria, que duró no menos de cinco días, conducido a la celda de los interrogatorios lo obligaron a permanecer de pie durante horas y horas -hasta treinta seguidas-, repitiendo machaconamente las mismas preguntas, las acusaciones, las injurias y las amenazas por parte de tres interrogadores que se iban relevando, ganados ellos mismos por el cansancio y obedeciendo a la vez a un cálculo psicológico. Los interrogadores eran, efectivamente, tres: a Orlov y a Vidali habíase añadido Bielov, que seguía al primero en categoría entre los agentes de la NKVD enviados a España. Orlov y Bielov empleaban con Nin el ruso, su lengua vernácula; Vidali, un castellano mexicanizado, con interjecciones e insultos en italiano. Y Nin, tras de dar durante horas y horas las mismas respuestas -las machaconas respuestas dictadas por la verdad-, guardaba largos silencios. Porque el diálogo era inútil, imposible: no lo hay entre unas monstruosas mentiras y la simple verdad. Estos silencios, que además le permitían recuperar un tanto su equilibrio interior y fortalecer los resortes de su voluntad, provocaban por eso mismo el furor de los interrogadores. Recurrieron entonces al peor de los suplicios, al más usual y desintegrador de los empleados por la NKVD: al suplicio del sueño. Cuando el torturado caía en un sopor letárgico, al punto de titubear, e incluso de desplomarse en el suelo, le acordaban un cuarto de hora -dos a lo sumo- de sueño. ¿Quería dormir una hora entera? ¿Dos incluso? Debía pagar el precio, reconocer, declarar, confesar ... Pero Nin no cedía, no capitulaba; en un estado entre la vida y la muerte, su conciencia y su voluntad seguían luchando, resistiendo. No y no: lo que había sido posible en la Lubianka -y en todas las Lubiankas pasadas, presentes y futuras- no lo sería, por un milagro de espíritu independiente, en El Pardo. Los que perdían la cabeza, medio enloquecidos por la sorpresa y el furor, eran sus inquisidores. Recurrieron entonces a unos extremos de violencia, de crueldad, de sadismo, cuya evocación resulta difícilmente tolerable para quien como yo fui su compañero.

   Andrés Nin, reducido corporalmente a una masa informe, venció al amo del Kremlin y a sus terroristas aterrorizados. ¿Qué hacían con él? No podían dejarle con vida sin que se descubriera, ante la conciencia universal, la monstruosa trama de nuestro proceso y, por ende, de los procesos de Moscú. De arrancarle los últimos soplos de vida y cortar para siempre el heroico hilo de su conciencia se encargó el asesino profesional Carlos J. Contreras (6), y de comunicar directamente el asesinato a Moscú, su compañero y jefe Palmiro Togliatti (7) .

Cierra España.

Andrés Nin, los crimenes de la Republica. 2ª parte.



El sacrificio de Andrés Nin

   Este texto reproduce un capítulo del libro Contra el estalinismo , publicado por Editorial Laertes en diciembre de 2001. El texto original apareció en 1974. Debe tenerse en cuenta que al escribirse aún no se conocían, lógicamente, los documentos descubiertos, después de 1989 ,en los Archivos de Moscú que fueron dados a conocer en la película Operación Nikolai (1992) , producción de TV3 dirigida por María Dolors Genovés y Llibert Ferri. En lo esencial, lo fundamental de los testimonios del ex-ministro comunista Jesús Hernández (en su libro Yo fui un ministro de Stalin ) y el relato de Gorkin se ven en gran medida confirmados aunque se añaden aspectos que ni Hernández ni Gorkin podían conocer y sobre los que únicamente podían especular. Los hechos fundamentales pendientes de confirmación son la identidad del ejecutor material del crimen (que Gorkin, a partir de confidencias de Enrique Castro Delgado, atribuye a Vittorio Vidali) y el lugar donde fue ocultado el cadáver de Nin.

   Antes de proseguir el relato de nuestra odisea, trataré de reconstruir el trágico calvario conocido por Andrés Nin desde el momento de su detención hasta el de su sacrificio supremo. Sacrificio vil y al margen de toda ley por parte de sus verdugos; heroico y noble por su parte, ya que con él salvó el honor y la vida de sus compañeros y rescató a todas las víctimas, españolas e internacionales -y pasadas y futuras- de la vesania estaliniana. Fue, sin duda -y la opinión a este respecto es casi general-, el crimen más monstruoso de la intervención del Kremlin en la guerra de España. Durante los primeros años de nuestra posguerra constituyó un misterio, o poco menos, lo concerniente a su detención, al itinerario que lo obligaron a recorrer, y, finalmente, a las circunstancias de su asesinato. Y otro la discriminación de las responsabilidades de quienes, de una u otra manera, y en mayor o menor grado, intervinieron en este tenebroso asunto. Ya en 1941 contribuí a descorrer un tanto el velo de este misterio en el libro que edité en México; hoy, y mediante diversos testimonios, mi propia investigación y las consiguientes deducciones, me creo en situación de establecer, si no la verdad con todos sus detalles, tanto el fondo político como la materialidad de los hechos.

Al margen de toda ley

   (...) Lo que interesaba a Stalin, a sus esbirros de la NKVD y, en general, a sus aparatos en España e internacionalmente, no era el asesinato puro y simple de Nin y de sus principales compañeros -y es evidente que este asesinato hubieran podido perpetrarlo desde el día en que caímos en sus manos-, sino nuestro sometimiento a un proceso público y a la faz del mundo, nuestra condena y nuestra inmediata ejecución guardando las apariencias de la legalidad republicana. (Lo mismo que en los procesos de Moscú y, más tarde, en los de las llamadas democracias populares). Las apariencias de esta legalidad estaban contenidas en el Decreto promulgado con fecha 23 de junio de 1937, cuyo articulado era a la vez lo suficientemente amplio y preciso para maniatar, e incluso liquidar, a todos los opositores al Gobierno Negrín, imponer una férrea disciplina de tiempos de guerra y sembrar el terror lo mismo en los frentes que en la retaguardia. Este Decreto no había recibido la sanción del Parlamento y, además, los Tribunales de Espionaje y Alta Traición por él creados, y compuestos por tres magistrados civiles y dos militares, eran nombrados por el propio Gobierno. Saltaba a la vista, por consiguiente, su carácter dictatorial o, si se prefiere, ejecutivo. Establecía, por otra parte, las siguientes figuras de delito: el hecho “de cumplir actos hostiles hacia la República, en el interior o fuera del territorio nacional”; el hecho “de defender o propagar noticias y emitir juicios desfavorables al desarrollo de las operaciones militares o al crédito y la autoridad de la República”; los “actos o manifestaciones tendentes al debilitamiento de la moral pública, la desmoralización del Ejército o el socavamiento de la disciplina colectiva”. Las penas previstas eran de seis años de prisión firme a la pena de muerte, y ello lo mismo para los delitos comprobados que para las “tentativas fracasadas, la conspiración y la simple intención conspirativa, así como la complicidad o la protección”. Añádase a esto el poder discrecional conferido a la policía y “la exención de pena para aquellos que, después de haber dado su conformidad para la comisión de uno de estos delitos, lo denunciaran a las autoridades antes de su cumplimiento o ejecución”.Y lo más grave de todo: el carácter retroactivo del Decreto, que permitía juzgar y aplicar estas categorías de delito a los actos cometidos con anterioridad a su publicación y, por consiguiente, a la constitución del Gobierno Negrín. Y si se añade que, con fecha 14 de agosto, y mediante una circular oficial, quedó reforzada la censura no sólo respecto del Gobierno de la República, sino de las críticas y los ataques respecto del Gobierno de la Unión Soviética, así como la creación, con fecha 15 de agosto, del SIM (Servicio de Investigación Militar), que no tardó en caer -como habían caído anteriormente los Servicios de Orden Público- bajo el control de los comunistas, a pesar de los esfuerzos del ministro de Defensa Nacional, tendremos el cuadro completo de la nueva legalidad y del uso que podía hacerse de ella.

   En el ánimo de los ministros socialistas moderados y de los ministros republicanos, se trataba de liquidar la obra de la revolución -o de someterla pura y simplemente a las necesidades de la guerra-, con la esperanza de reforzar la ayuda rusa y de conquistarse la de las potencias occidentales. En el ánimo de los comunistas, se trataba de eso, y, sobre todo, de imponer su dictadura de hecho, una dictadura legalizada en nombre de la cual podían cometer las peores ilegalidades, no sólo contra las oposiciones declaradas, sino contra las potenciales. Salvo el ambicioso Negrín, obligado a pagar el precio de su reciente e inesperada jefatura, y Álvarez del Vayo, dócil instrumento suyo, al igual que un Hernández o un Uribe, no tenían que tardar en darse cuenta de ello los ministros socialistas y republicanos. Y, por encima de ellos, el propio Presidente de la República. La prueba más contundente y escandalosa iba a constituirla nuestro proceso y, como veremos seguidamente, el problema mayúsculo planteado por el secuestro y el asesinato de Andrés Nin.

   Detenido el 16 de junio, hacia mediodía, Andrés Nin fue conducido tres horas más tarde de Barcelona hacia Valencia. Según los informes recogidos más tarde, se usaron para su conducción tres automóviles: iba él en el del medio, maniatado y entre policías madrileños, y abrían y cerraban la marcha los otros dos con agentes extranjeros pertenecientes a la NKVD ¿Hicieron un alto en Valencia? ¿Lo llevaron siquiera a Madrid? Como veremos seguidamente, Manuel de Irujo, ministro de Justicia, declaró que “Nin no había estado nunca en una prisión del Estado”. Para los dos jefes principales de la operación contra el POUM, Alejandro Orlov y Carlos J. Contreras (Vittorio Vidali), era Nin la pieza fundamental del proceso y no querían que pudiera ser rescatada. Doy por seguro, o poco menos, que lo llevaron directamente a la checa especial preparada en Alcalá de Henares. De salirles bien el montaje preparado con todo detalle, lo hubieran hecho aparecer en el momento oportuno. Este montaje respondía a una hábil combinación, de acuerdo con la técnica habitual de la NKVD -y, en general, de los métodos político-policíacos del estalinismo-, de los aspectos legales con los ilegales. Pues lo que se pretendía -conviene no olvidarlo- era un proceso público, a cubierto de la nueva legalidad, si bien con pruebas ilegalmente amañadas en aplicación del socorrido principio de que el fin justifica los medios. Lo que era posible en Rusia, en esto como en todo, debía serlo forzosamente en España.

   Aun anticipándonos al desarrollo de los acontecimientos, teníamos que poseer una prueba de lo apuntado. El abogado defensor requerido por nuestros compañeros, Benito Pabón, diputado independiente por Zaragoza -le hicieron la vida imposible al punto de verse obligado a huir de España-, recibió para estudio, durante veinticuatro horas, el sumario del proceso del POUM. En este sumario aparecieron cuatro declaraciones prestadas por Nin ante la policía y fechadas los días 18, 19, 20 y 21 de junio. Quiere ello decir que se había procedido a su interrogatorio dos días después de su detención en Barcelona y durante los tres días siguientes. Pero, contrariamente a las normas establecidas, no se daban en los preámbulos de las declaraciones ni el lugar donde las prestó ni los nombres de los interrogadores. Sin embargo, y a pesar de estas irregularidades por demás significativas, el hecho de figurar en el sumario indicaba la intención de darle a su proceso, formando uno solo con el nuestro, un carácter público y legal. Añadiremos que los tres primeros interrogatorios giraban en torno a las acusaciones formuladas contra nosotros, y muy singularmente contra él: el complot de la Quinta Columna, el mensaje al dorso firmado con una N, sus implicaciones con el espionaje descubierto en Gerona, la insurrección de mayo en Barcelona... En una palabra: en torno al plan montado por Slutski-Orlov. Las respuestas de Nin denotaban una mezcla de indignación y desprecio. La cuarta declaración, completamente inusual, contenía un resumen biográfico de su carrera revolucionaria, y en la parte final reconocía que, en 1927, había sido expulsado del Partido Comunista (bolchevique) de la URSS, en 1930 de la propia URSS, y que hasta 1934 “había militado en la Oposición Comunista orientada principalmente por Trotski”. ¿Sin duda esto último en España como en Rusia -y universalmente-, constituía un delito para los agentes de la NKVD? No podía ser otra la explicación de la autobiografía.

   ¿Cuándo y por qué se le arrancó de la checa de Alcalá de Henares? Ante el juez especial nombrado por el ministro de Justicia, los dos guardianes que aparecieron maniatados tenían que dar la fecha del 22 o el 23 de junio. Era, sin duda, el único dato cierto, ya que el artículo sobre “La fuga del bandido Nin”, aparecido en Mundo Obrero, llevaba la fecha del 25. El porqué se nos aparece por demás claro. Como veremos, el asunto Nin estuvo a punto de provocar la crisis del Gobierno. Los ministros de Justicia y de Gobernación habían dado órdenes terminantes de descubrir su paradero y de rescatarle. La opinión internacional acumulaba las protestas. Ante esta situación, Alcalá de Henares se convertía en una posición mucho más vulnerable para la NKVD que El Pardo. Había que sacar a Nin de mediante un simple traslado, sino simulando una evasión por la Gestapo en colaboración con la Falange, creando así la confusión y ofreciéndole las consiguientes armas a la propaganda comunista y comunistizante. Especialistas del terror, y sabiendo que estaba en juego su propia vida, Orlov y Vidali no podían permitirse el lujo de un fracaso. Todo menos eso.

   Resumiré en este punto los testimonios existentes sobre este escándalo, y a la vez trataré de establecer, con la máxima imparcialidad posible, las consiguientes responsabilidades. En la mañana siguiente a la detención y el traslado de Nin, Juan Negrín llamó urgentemente a Jesús Hernández a la Presidencia y le preguntó sin preámbulos: “¿Qué han hecho ustedes de Nin?” y ante la sorpresa y la ignorancia manifestadas por su ministro, se lamentó: la policía soviética actuaba en Barcelona como en su propia casa, sin advertir siquiera a las autoridades del país; detenía a los ciudadanos españoles y los trasladaba de ciudad en ciudad y de calabozo en calabozo sin autorización ni mandato. Y ahora había hecho desaparecer a Nin. Companys, inquieto y escandalizado, le había llamado por teléfono. Si existían pruebas delictivas contra Nin, en su calidad de ex Consejero de la Generalidad de Cataluña, su caso debía ser sometido al Tribunal de Garantías Constitucionales (1). Y mostrando sobre su mesa un montoncito de telegramas, Negrín concluyó altamente preocupado:

-Esta tarde tendremos dificultades en el Consejo de Ministros. Prieto, Irujo y Zugazagoitia provocarán el consiguiente escándalo. ¿Qué puedo decirles? ¿Que no sé nada? ¿Y dirá usted que no sabe nada tampoco? ¡Todo esto es lamentable!

   Corrió Hernández a comunicarles lo sucedido a Togliatti y Codovila. El primero escuchó el relato en silencio, impenetrable y sin pestañear siquiera. Por fin se limitó a decir que no había que tomar las cosas por lo trágico, pues los camaradas del Servicio sabían lo que se hacían. Se trasladó, sin embargo, a la Embajada soviética, cercana al edificio del Comité Central. Volvió diciendo que en la Embajada nadie sabía nada. y al anunciarle Hemández que en esas condiciones se negaba a concurrir a la reunión del Consejo de Ministros, le dijo fríamente:

   -Rehuir el debate sería absurdo. Podéis eludir lo concerniente a Nin y haceros fuertes ofreciéndonos a demostrar que los dirigentes del POUM mantienen contactos con el enemigo. Abrid la discusión sobre la existencia de una organización de espionaje y nosotros demostraremos que existe efectivamente, y dejará de ser un escándalo la detención de Nin. y si aparece, será juzgado como traidor.

   La reunión del Consejo de Ministros se celebró en una atmósfera de tensión dramática. Julián Zugazagoitia tomó la palabra el primero y planteó crudamente el asunto de Nin. Lo único que sabía es que había sido detenido, lo mismo que sus compañeros, por un servicio extranjero que no obedecía a otra ley que la de su fantasía. “Deseo saber -añadió a guisa de conclusión- si en mi calidad de ministro de Gobernación dependo de ciertos técnicos soviéticos. El reconocimiento hacia ese país no debe obligarnos a abdicar de nuestra dignidad personal y nacional”. Prieto e lrujo protestaron a su vez de los ultrajes que los soviéticos les hacían a los españoles y contra su pretensión, a cambio de sus armas, de vigilarles, e incluso de gobernarles. Estaban dispuestos a dimitir antes que someterse al papel de simples comparsas. Los ministros republicanos Velao y Giner de los Ríos -y tras ellos la mayoría de los otros- exigieron el rescate de Nin y la destitución del coronel Ortega, Director General de Seguridad y cómplice de Orlov. Nadie podía admitir, por otra parte, que los dos ministros comunistas ignoraran la suerte corrida por nuestro compañero -y por nosotros mismos-, sobre todo teniendo en cuenta el tono de sus discursos y de su prensa. Hábilmente, Hernández empezó aceptando la destitución de Ortega: ¿qué importancia tenía el sacrificio de un instrumento secundario? Pero seguidamente, y obedeciendo al mandato de Togliatti, amenazó “con hacer públicos los documentos comprometedores para el POUM, así como los nombres de todos aquellos que, dentro y fuera del Gobierno, y por simples cuestiones de procedimiento, se hacían los defensores de los espías”. Conciliador, y atento tan sólo a evitar la crisis, Negrín propuso finalmente que se suspendiera el debate en espera de la investigación de los hechos y de las pruebas anunciadas por los ministros comunistas. Unos días más tarde haría suya la tesis de la NKVD y, al correr de los meses, se iría deshaciendo de todos los que se oponían a sus mandatos.

   Forzoso es señalar que uno de los que mantuvieron una actitud más digna e independiente, en el seno del Gobierno y fuera de él, fue Manuel de Irujo, nacionalista y católico vasco. Varias veces recibió a Olga Taréeva, esposa de Andrés Nin, en el Ministerio de Justicia. En la primera entrevista, celebrada el 22 de junio, aseguró ya que “los ministros ignoraban por completo la orden de detención contra Nin y sus compañeros, así como la orden de clausura de los locales del POUM. Que se hacían gestiones para encontrar a los detenidos y que no creía que se hubieran encontrado documentos comprometedores ni que los militantes del POUM fueran falangistas ni agentes de Hitler y Mussolini”. Afirmó en la segunda que “estaba completamente seguro de que Nin vivía. Él y el ministro de Gobernación trataban de rescatarle, y el segundo había hecho, incluso, un viaje a Madrid en busca de Nin, pero había tenido que volver sin él”. En las siguientes entrevistas fue todavía más explícito: “Sólo los confidentes de otros ministros pueden saber lo que le ha sucedido a Nin. El proceso contra los dirigentes del POUM será por los hechos de mayo, y no por espionaje. Eso del espionaje es falso: el falangista Golfín, al que querían complicar con ellos, ha declarado que no conoce a Nin ni a nadie del POUM. Los documentos que he visto pertenecen a la Falange, y lo que se ha puesto en uno de ellos con una N se ha comprobado que es falso, pues alguien extrajo esos documentos de los archivos de la policía y añadió todo lo referente al POUM. El proceso contra sus jefes no será a puerta cerrada y, por mi parte, daré todas las facilidades para que puedan defenderse”. Esta última entrevista se celebró el 9 de agosto. Pero ya el 4 del mismo mes, en una nota oficial, había reconocido públicamente el rapto de Nin y la incapacidad del Gobierno para rescatarle. Equivalía ello a reconocer a los cuarenta y nueve días de su detención, que la NKVD podía más en ciertos dominios que los propios ministros.

   Durante este corto lapso de tiempo llegaron dos delegaciones extranjeras a Valencia en prueba de solidaridad con los detenidos del POUM y altamente inquietos por su suerte. Presidía la primera Fenner Brockway, secretario general del Partido Laborista Independiente y futuro defensor Internacional del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. Encabezaba la segunda el gran orador James Maxton, diputado y presidente de dicho Partido, y la componían Pierre Foucaud, delegado del Frente Popular Francés; André Weil-Curiel, abogado de París, e Yves Levy, del Partido Socialista. Irujo les confirmó que “Andrés Nin no había pasado por ninguna prisión del Estado, y que lo más verosímil era su secuestro por elementos de una brigada internacional”. Zugazagoitia, altamente inquieto, les dijo: “Hay que llevar las gestiones en favor de Nin con un cuidado extremo, pues si nos precipitamos no encontraremos más que un cadáver”. Y Prieto: “Los soviéticos nos mandan armas, y, a cuenta de eso, se lo creen todo permitido. Otra cosa sería si nos las mandaran Francia e Inglaterra”. En una nota remitida a la prensa española e internacional, esta delegación dijo en síntesis: “La encuesta realizada en España nos ha demostrado que sólo los periódicos comunistas acusan al POUM de espionaje, de traición y de mantener relaciones con Franco. La acción terrorista del comunismo contra un partido independiente y la inquietante desaparición de Nin le hacen un gran daño a la causa de la República”.

   Con el ministro de Justicia, Manuel de Irujo, el hombre que más esfuerzos hizo para el rescate de Nin, fue el de Gobernación, Julián Zugazagoitia. En su libro Guerra y vicisitudes de los españoles tenía que dedicarle al asunto un largo capítulo. Naturalmente, sólo un somero resumen puedo hacer aquí: contiene el más valioso de los testimonios y establece claramente las responsabilidades. “Peor suerte había de correr el infortunado Nin -dice-. Preso como militante del POUM, trasladado a Madrid a efectos de esclarecimientos policíacos, aislado e incomunicado en una finca de Alcalá de Henares, supe su evasión después de su fuga, que me notificó, en un restaurante de la plaza de Valencia, donde Miaja había invitado a comer a una parte del Gobierno, por el Director de Seguridad, Ortega.

   -No tenga usted cuidado -afirmó éste-, que daremos con su paradero, muerto o vivo. Déjelo de mi cuenta.

   -Cuidado -le advertí-. El cuerpo de Nin no me interesa; me interesa su vida.

   Miaja, que escuchaba la conversación, como oyese decir que lo probable era que Nin estuviese escondido en alguna unidad poumista del frente, intervino con su violencia verbal:

   -Si es así y lo detienen los soldados, yo doy orden de que lo fusilen sin más preámbulos.

  -Perdón, general. Lo que corresponde hacer con Nin compete a la justicia, y usted no tiene por qué ordenar, en este sentido, nada.

   Por la tarde, en mi despacho, como no pudiese digerir la noticia y temiese lo peor, llamé a Ortega y, con pretexto de preguntarle si había noticias sobre Nin, le planteé la cuestión de fondo.

   -¿Vive o no vive Andrés Nin? ¿Me lo puede usted decir?

   -No se lo puedo decir. No conozco más que lo que decía el teletipo de este mediodía. He dado órdenes de que lo busquen por todas partes, conforme a su mandato. Cualquiera sabe en estos negocios en que interviene la Gestapo qué es lo que ha podido pasar “.

   La inopinada invocación de la Gestapo convirtió las sospechas de Zugazagoitia en certezas. Intentó saber en razón de qué noticia especial invocaba el Director de Seguridad al organismo policiaco alemán, y no supo decírselo. Era una suposición suya... Una intuición...

   “Solicité -prosigue Zugazagoitia- una entrevista del Presidente del Gobierno, a quien creí obligado informarle de lo sucedido y de mis sospechas, adelantándole al mismo tiempo mi dimisión irrevocable si no rescatábamos la vida de Andrés Nin, y la previsión del escándalo de tipo internacional que se desencadenaría contra el Gobierno de su Presidencia en el supuesto de que no consiguiéramos el rescate.

   -Si, como temo, se confirman esas sospechas, le ruego encarecidamente que me busque un sucesor. Yo no puedo seguir en el Ministerio. Para mí, la vida humana tiene un precio altísimo, y si comienzo por admitir la existencia de la Gestapo, la historia que comienza con el secuestro de Nin tendrá infinidad de capítulos sangrientos.

   -No descarte usted en absoluto, a lo que le veo muy inclinado, la posibilidad de que se trate de una represalia de la Gestapo. No es que lo afirme, pues no tengo especial información, siendo la primera la que usted me da; pero conozco bastante bien a los alemanes y sé de lo que son capaces. ¡No tiene usted idea de su audacia!”

   Zugazagoitia hizo que se trasladara secretamente a Valencia su correligionario David Vázquez, Comisario General de Madrid. Le hizo éste un informe y le dio a conocer una serie de documentos; tenía la impresión, por otra parte, de que Nin vivía, si bien “en una unidad del frente” de la que no era fácil recuperarle. El ministro le llevó todo esto a Negrín, rogándole que hiciera una gestión cerca de los servicios diplomáticos soviéticos, que no dio el menor resultado.

   “Se le dijo que el secuestro era obra de la Gestapo, interesada en que un colaborador suyo de tanto precio no fuese interrogado por nuestros policías y descubriese sus servicios en la España republicana. Este embuste no podía ser más grosero. Dimitió, después de dos Consejos de Ministros casi feroces, el Director General de Seguridad. Los ministros comunistas defendieron a su correligionario con una pasión extraordinaria. Yo afirmé que el Director General podía continuar en su puesto, pero que en tal caso yo abandonaría el mío. Prieto, con palabra segura, reprochó a los comunistas su manera de conducir el debate, y declaró que, solidarizado con mi posición, sumaba su dimisión a la mía en el supuesto de que no se destituyera a Ortega”. Y éste, después de hacerle a su superior una escena sentimental, si bien rehuyendo el problema fundamental de la desaparición de Nin, dimitió.

   El viaje del propio Zugazagoitia a Madrid no dio resultado alguno. Ni tampoco las gestiones del Presidente de la Audiencia, que se declaró impotente. “¿Existía, o no existía Nin? Ni siquiera eso sabíamos. Los rumores eran variadísimos. Para unos, había sido enviado como prisionero en un buque a Rusia; según otros, había sido ejecutado por un batallón internacional. En concepto de la policía, seguía estando preso en una unidad del frente”.

   No obstante la crisis latente conocida por el Gobierno durante este tiempo, en torno a la desaparición de Nin, no se creyó Negrín obligado a informar al Presidente de la República. El IV tomo de las Obras Completas de Manuel Azaña, tomo en el que se publica su Diario, contiene varias notas sobre nuestras detenciones y la desaparición de Nin. En la correspondiente al 29 de junio asegura que se había enterado de todo por los periódicos; que Prieto le afirmó que los raptores de Nin eran comunistas, y que había escrito una carta a Negrín como consecuencia de una gestión hecha por Víctor Basch, presidente de la Liga de los Derechos del Hombre, llamándole la atención sobre la importancia del suceso. (Basch recordó a Prieto la visita que le hicimos juntos en París, después de octubre de 1934, y mi colaboración en el órgano de la Liga). Fue Azaña quien primero habló a Negrín de este escándalo.

   La nota correspondiente al 22 de julio revela la doblez de Negrín, y cómo, para conservar la confianza de Stalin, había hecho suyas las falsedades de la NKVD. Véase por el siguiente extracto: “Me habló el Presidente (Negrín) del espionaje. En Madrid se han hecho descubrimientos importantes. Yo no los conocía. Una emisora, instalada en un sótano, daba noticias de todo a los rebeldes. Se ha encontrado un plano cuadriculado de Madrid, hecho por un arquitecto llamado Golfín, que está convicto y confeso, y que parece haber servido para dar indicaciones a la artillería. Cuenta Negrín que se consiguió revelar unas líneas escritas con tinta simpática, al dorso del plano, parte en claro y parte en cifra, que resultó ser uno que había usado el Estado Mayor. De las indicaciones obtenidas así resultó la detención de Nin y de doscientos o más individuos, casi todos del POUM, que no niegan su inteligencia con los rebeldes. Sobre esto, vuelvo a preguntar por el caso de Nin. Dice el Presidente que una noche se presentaron en la cárcel de Alcalá unos individuos con uniforme de las Brigadas Internacionales, maniataron a los guardianes y se llevaron al preso. No cree, como se ha dicho, que fuese obra de los comunistas. Por supuesto, los comunistas se indignan ante la sospecha. Negrín cree que lo han raptado por cuenta del espionaje alemán y de la Gestapo, para impedir que Nin hiciese revelaciones. El asunto ha sido entregado a un juez instructor para que lo esclarezca”. Y Azaña, escéptico, se limitó a preguntar: “¿No es demasiado novelesco?”. Y Negrín, imperturbable: “No, señor. Ahí está lo ocurrido al Estado Mayor ruso, de Madrid, que parece también obra de la Gestapo. Se hospedaba dicho Estado Mayor en el Gaylors. Una noche han estado a punto de perecer todos envenenados. Dos, entre ellos el jefe, estuvieron entre la vida y la muerte. El espionaje alemán es formidable. Las Brigadas Internacionales tienen dentro muchos espías nazis. Algunos han sido descubiertos y fusilados”. ¿Era Negrín, como tenía que describirle más tarde Luis Araquistáin, una mezcla de tonto útil y de cínico, de frívolo y de ambicioso, tipo aupado y explotado a fondo por el estalinismo? No seré yo quien niegue, claro está, la habilidad y la audacia de la temible organización nazi. No decía, sin embargo, la verdad: que en este caso se trataba de encubrir las habilidades y los crímenes de la NKVD detrás de la Gestapo. Sólo André Marty, de las Brigadas Internacionales, tenía que hacer fusilar a unos quinientos de sus miembros. Nos encontraremos con otros muchos en las cárceles, viejos militantes comunistas algunos de ellos. No eran ciertamente espías nazis, sino voluntarios que vinieron a defender la causa de la libertad en España y descubrieron -y algunos criticaron- la farsa que pretendía hacerles jugar Stalin.

   Mientras tanto, y a medida que los comunistas sentían que, debido a las resistencias en el interior y a las protestas del exterior podíamos escapar al pelotón de ejecución, intensificaban más y más sus amenazas y sus gritos de muerte. En un pleno del Comité Central, José Díaz dijo: “El pueblo pide que el pelotón de ejecución funcione contra los traidores”. Y Antón, el portavoz de Togliatti y de la Pasionaria: “Si los obreros y los antifascistas siguen viendo que los criminales trotskistas y demás canallas de la Quinta Columna entran en la cárcel por una puerta y salen por la otra, nada ni nadie podrá evitar que, celosos de asegurar la victoria, tengan con estos enemigos encarnizados del pueblo una actitud que les impida continuar su trabajo de provocación, de sabotaje y de espionaje con entera libertad”. Aparecieron estas amenazas concretas, irrogándose en España como en Rusia el monopolio del pueblo y del antifascismo, en el diario comunista Verdad, de Valencia. Añadiré que la asfixia llegó a ser tal, que no sólo se hacía imposible nuestra defensa en la prensa española contraria al comunismo -o simplemente independiente-, sino que, salvo L´'Humanité y otros órganos comunistas extranjeros, se impedía la circulación de los otros periódicos en la zona republicana.

En este ambiente, y al margen de toda ley, se perpetró el asesinato de Andrés Nin.

Julián Gorkin

Cierra España.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Andrés Nin, los crimenes de la Republica. 1ª parte.


   No voy a entrar siempre en el mismo tema de los asesinatos que cometió la republica durante el periodo de 1931 al 39, si clérigos, monjas y gentes de la burguesía, o Paracuellos; ya que estos además de negarlos y decir que están beatificados y enterrados y que no quedan ninguno de ellos en las cuentas de este país, los cuales no se están buscando porque no hace falta, ya que no existen (argumento de siempre de los de la desmemoria histórica, sus asociaciones, simpatizantes y amigos) y como ellos jamás cometieron actos que puedan ser punibles; ellos fueron los perseguidos, masacrados, las victimas y la republica fue tan buena para este país, seguimos con sus crímenes, que según sus acérrimos secuaces nunca cometieron y que por suerte están y existen; y además... contra su propia gente, de lo cual culpan como no podía ser de otra forma al bando nacional, siendo entre otras muchas cosas, mas falacia, sobre la historia de este país y sobre uno de los dos bandos que combatieron en esta guerra entre hermanos, añadir también que como aquí no hubo comisarios de la extinta URSS, dejo este trozo de historia para desmentir a estos republicanos victimista y a su izquierda que lleva mintiendo al pueblo demasiado tiempo. Como siempre, será publicado en varias partes para no aburrir al personal que decida de entrar a ojear este humilde lugar, donde se pueda leer algo de historia que no se enseña ni se muestra en ningún sitio, sobre todo por que a estos no les interesa..Como siempre, dejare varias versiones ( por aquello de la objetividad ).

   De orígenes anarquistas, fue funcionario sindical en la URSS al término de la revolución. Llegado Stalin al poder, tuvo que abandonar Moscú para salvar la vida. De regreso a España, fundó partidos trotskistas. Su asesinato en 1937 ejemplifica la profunda brecha que se abrió en la izquierda.


   Cuando los agentes secretos soviéticos, dirigidos por Orlov, y sus sicarios españoles, entre los que destacaba el coronel Ortega, secuestraron, torturaron y asesinaron a Andrés o Andreu Nin López, en junio de 1937, algo en la II República se rompió para siempre.

   No se explica el final de la guerra sin la fosa que se abre, con el cuerpo de Nin dentro, entre los que estaban dispuestos a todo al servicio de Stalin y los que, desde entonces, miraron a Moscú como un peligro más que como un aliado. Si Moscú era capaz de mandar asesinar a un hombre inofensivo políticamente como, de hecho, lo era Nin, ¿qué podía esperarse de bueno que viniera de Moscú? Ni armas siquiera, que por entonces, además, empezaron a llegar de forma harto irregular, a pesar de estar pagadas de antemano y de sobra con el oro del Banco de España enviado a Odessa.

   Y es que la historia de Nin, como la de los otros grandes personajes del POUM, Maurín y Gorkin, era la de la izquierda española del siglo XX. Formado en el anarquismo, con gran facilidad para los idiomas -daba clases de catalán y de español entre presión y prisión, y pronto se ganó la vida como traductor en las épocas de clandestinidad- Nin era, con Pestaña, una de las jóvenes promesas del movimiento libertario, cuando triunfó el golpe de Estado leninista y fue enviado a Moscú para averiguar las características del régimen y después decidir si la CNT se sumaba a la naciente III Internacional. Nin hizo algo más que mostrarse favorable_ se quedó en Moscú. Allí empezó a trabajar en la organización de la Profintern, la Sindical Obrera de la III Internacional, y recorrió Europa como agente soviético buscando su implantación, tarea dificilísima porque los socialistas y los anarquistas tenían el control absoluto de ese terreno y pronto se mostraron opuestos al sectarismo leninista.

   Nin tardó poco en desengañarse de la revolución. Dos años después de instalarse en su despacho de la Profintern ya le contó a Gorkin sus dudas sobre la evolución de la URSS y, en especial, sobre la sucesión de Lenin. Su favorito era Trotski, con el que mantenía muy buena relación Fue precisamente lo que, años después, le costó la vida.

   Y es que Trotski, además de crear el Ejército Rojo y de forjar, mano a mano con Lenin, el régimen de terror que, a través de la cheka, dirigió desde los primeros meses de la revolución Félix Dzerzhinski, tenía debilidad por los escritores e intelectuales, a los que adoctrinaba y con los que se entretenía en largas veladas, bien regadas con vodka. Nin tenía un lugar importante aunque relativamente marginal en la naciente nomenklatura y pertenecía al círculo de los Maiakovski, Esenin, Bábel, Lili Brik, Lieniak y otros que, con Gorkin en la distancia, y Meyerhold en las tablas, sin olvidar a Dziga Vertov, Pudovkin y Eisenstein en el cine, formaron una especie de Corte de Camelot en la naciente revolución soviética.

   Nin tradujo al catalán y al español varios libros de Lenin, de Trotski y de los pocos teóricos que por entonces tenía el partido bolchevique, pero complementaba su sueldo y su afán lliterario con la traducción de narraciones de todos aquellos brillantes escritores, entre las que destaca Caballería Roja, de Isaak Bábel.

   Pero el rey Arturo Illior Ulianov murió y no había caballeros en torno a la Mesa Redonda de la revolución de octubre. La lucha sorda entre Trotski y Stalin por la sucesión leninista, la tuvo ganada Stalin desde el principio, pero tardó algún tiempo en tomar represalias. Así pudo censar a todos los que, en un momento dado, podían serle hostiles, y se dispuso a deshacerse de ellos.

   Entre los trotskistas, que eran simplemente los que se oponían a Stalin o a ciertas formas del terror soviético que no tenían sentido después de ganar la Guerra Civil, figuró desde el principio Andrés Nin. Trotski pudo salir vivo de la URSS pero sus amigos se quedaron y, en la práctica, se convirtieron en prisioneros del naciente estalinismo. Nin tuvo además la gallardia de no esconder nunca sus diferencias con Trotski pero también de ayudarlo cuantas veces pudo, porque consideraba injusta su persecución. Esto lo llevaba de cabeza a la cheka y al tiro en la nuca, cuando su mujer. Olga Tareeva, le impuso la huida de la URSS como única forma de salvar la vida, Las autoridades negaron el visado. Entonces, Olga se presentó en la sede del KGB -entonces GPU- diciendo que si no les dejaban salir, se pegaría un tiro en la puerta de la Lubianka. Y sacó la pistola para demostrarlo. La vieron tan decidida que les dejaron salir.

   Cuando Nin regresa a España está naciendo la II República y él funda un grupo claramente trotskista, Izquierda Comunista, que, sin embargo, tropieza con dos obstáculos infranqueables: el dogmatismo de Trotski y la existencia de un grupo, el Bloque Obrero y Campesino, dirigido por el aragonés afincado en Barcelona Joaquín Maurín, cuyo liderazgo en el comunismo antiestalinista era indiscutido e indiscutible. Nin no fue capaz de conseguir que su organización creciera mientras veía cómo la de Maurín se iba haciendo cada vez más fuerte.

   Después de muchas peleas teóricas y después de la participación del BOC en als alianzas obreras y la revolución de Asturias, amén de la rebelión de la Generalitat que, dirigida por Dencás, terminó en un espantoso ridículo, la IC y el BOC deciden unir sus fuerzas convencidos de la inminencia, por no decir necesidad, de la Guerra Civil. Nace así el POUM, Partido Obrero de Unificación Marxista, en el que Nin ocupa una presidencia honorífica pero en el que manda Maurín.

   Su política es comunista, dictatorial, pero antisoviética, lo cual les enemista con la CNT -que no perdona ni la antigua defección de Nin ni la represión de Ttrotski contra Makno y otros anarquistas en la URSS- y con Stalin, que ha puesto en marcha, con Yagoda y Yehzov, lo que Conquest ha llamado «el gran terror», una depuración masiva de todos los antiguos bolcheviques, con especial atención a los anarquistas, troskistas y «socialtraidores» en general.

   El comienzo de la Guerra Civil pilla a Marín en Galicia, donde consigue escapar con nombre falso, pero es detenido al tratar de pasar a Francia por Jaca, y remitido a la cárcel. Nin queda entonces como jefe nominal del POUM, pero el partido sigue siendo maurinista y, salvo Andrade, todos los dirigentes, con Gorkin a la cabeza, le guardan respeto pero no obediencia. Cuando empieza la guerra, el POUM moviliza sus efectivos como los demás partidos revolucionarios, ero el PCE-PSUC, es decir, Moscú, por boca de Koltsov, ya ha ordenado la caza y captura de los trotkistas, a los que se asimila con los nazis y el Gobierno de Burgos. Tras los Hechos de Mayo, en los que el POUM se alía desganadamente a la CNT contra el PSUC, se desata la persecución contra los poumistas. En junio, Negrín, que ha sustituido a Largo Caballero porque éste se niega a ilegalizar la organización dirigida por Nin, hace la vista gorda para que el coronel Ortega y los agentes de la NKVD, el servicio secreto soviético que en la España republicana ya campaba a sus anchas, detengan a la plana mayor del POUM.

   Se llevan a Nin a Madrid, pasando por Valencia, y allí intentan convencerle a golpes de que confiese su condición de agente franquista y nazi. Nin, hombre de salud frágil y carácter blando, no transige. Comienzan entonces las torturas: lo llevan de Madrid -una cheka en la Castellana- a Alcalá de Henares y allí, en un chalé, lo golpean hasta darlo por muerto. Pero vive. Entonces lo llevan al Pardo, a un garito donde las Brigadas Internacionales solían depurar a los antifascistas que no rendían culto a Stalin. Lo coge entonces una troika venida de la URSS y encargada de los mokrie dela, literalmente, asuntos mojados, en sangre, se entiende.

   Por las declaraciones de un agente soviético a Jesús Hernández, número dos entonces del PCE, Nin fue desollado vivo, o desollado hasta que murió, Pero nunca firmó nada contra sus compañeros. Mundo Obrero publicó entonces que un grupo de agentes de la Gestapo habían cruzado las líneas y rescatado al «traidor Nin» llevándoselo a Burgos. El POUM respondió desde la clandestinidad pintando en todas las paredes que tuvo a mano: « Gobierno Negrín: ¿dónde está Nin?. A lo que los del PCE-PSUC añadireron: «En Salamanca o en Berlín». Se unió así el asesinato a la calumnia. Pero entre los que no eran comunistas, la muerte de Nin significó una ruptura de fondo con Moscú que desembocó en la rebelión de Casado al final de la guerra. «Antes con Franco que con los que mataron a Nin», se dijeron Besteiro y los suyos. Lo que prueba hasta qué punto Nin era uno de los nuestros.

 
Cierra España.

martes, 22 de septiembre de 2009

Juan Negrín López, el oro de España. parte final:



La nieta de Negrín



   “Negrín acumuló un archivo de enorme importancia que se encuentra fuera de España y administra usted. ¿Cuándo podrán regresar esos fondos? Por mí, lo más pronto posible. Pero hay un pequeño problema técnico y financiero”.


   El financiero debería ser pequeñito. La inmensa mayoría de los documentos son del Estado español, no del señor Negrín, sino del Jefe del Gobierno de la época. Esos son los que más interés tienen, le fueron exigidos por los gobiernos en el exilio y no los entregó.

   La señora quiere sacarle un poco de jugo más a España, le parece poco el que le sacó su abuelito

   “REAL DECRETO 1432/1995, DE 4 DE AGOSTO, POR EL QUE SE APRUEBA EL ACUERDO TRANSACCIONAL ENTRE EL ESTADO Y DON JUAN NEGRIN JR… El Estado abonará a don Juan Negrín Jr., como representante de la comunidad de herederos de don Juan Negrín Cabrera… 287.000.000 de pesetas (*)… don Juan Negrín Jr., en el concepto en que interviene, renuncia expresa y formalmente tanto a la reclamación que tiene formulada al Estado como a cualquier otra anterior o posterior que pueda presentarse… Dado en Palma de Mallorca a 4 de agosto de 1995… JUAN CARLOS R.

(*) Si era cierto que Negrín tenía ese fortunón, ¿de donde lo había sacado?

   Su sueldo de jefe del Gobierno era de 1.500pts al mes, un sueldazo en la época.

   De las barbaridades que hicieron con el dinero del Estado Negrín y sus amigos, se pueden escribir mil libros de infinitas página. Uno muy interesante es el de Francisco Olaya (anarquista, exiliado, antifranquista donde los haya), erudito en Historia del Movimiento Obrero, El Oro de Negrín, Madre Tierra, 1990.

Recordemos un par de sus muchas citas.

15-8-36. Un espía de confianza de Negrín que firmaba como agente “C” (Celestino Álvarez, conocido socialista), que le prestó numerosos servicios, le escribía: “El 15 de agosto un comerciante llamado Fournier, fue contactado por Otero (diputado socialista íntimo de Negrín y de Prieto) para encomendarle una compra de armamento. Le propuso la venta de 1.000 ametralladoras Maxims (a 50 libras), y 20.000.000 de cartuchos (a 6 libras el millar)… no se llevó la efecto la operación porque Otero exigió elevar los precios a 88 y 7 libras” respectivamente, terminó por comprar este material cuando le aceptaron cargar el precio en un 45%. F. Olaya, El Oro de Negrín, p.35.

31-8-36. Archivo de la Prefectura de Policía, París, cartón 1.665, legajo 4º, calificado secreto: “Desde su llegada a París, el español Fernando de los Ríos, ha organizado... el abastecimiento de... en alimentos en armas y en municiones. Está ayudado por... Roces, Toribio Lassaque y Echevarria... cada uno preocupado de conseguir su comisión particular”.

   Otro informe de los mismos servicios, confirmado por el servicio de espionaje ingles, decía: “colaboran con de los Ríos los socialistas Carlos Romero, Ribera Camps, que vendía objetos de arte y compraba armas. Esta información fue confirmada por un agente de Negrín que firmaba V. Al que entregó una nota el “Intelligence Service, corroborado por otro del “2éme Bureau francés, en el que denunciaba la corrupción imperante en la comisión de compras española”.

Como éstas hay un montón.

   “El mercado era abundante y la República disponía de dinero... proporcionaron pingües negocios... Prieto decía aludiendo a Otero: “¡Que magnífico ejemplo de sacrificio...!” Negrín: “¡Imposible! Otero es insustituible en Armamento”. Si lo sabrían ellos. Julián Zugazagoitia (socialista de pro, ministro de Gobernación), Guerra y vicisitudes de los españoles, p.103.

   Negrín: “El resorte de su personalidad es una ambición oculta y desmedida a la que ha sacrificado todo, viejos y hondos afectos, la lealtad de su partido y los intereses del partido mismo… aún mucho más: la República española y el destino de la propia España. Su suerte… está asociada al tesoro de la nación. Sabe que el hombre que en una guerra dispone del oro del país es siempre el más fuerte. Acaba siendo indispensable y el último superviviente de todas las catástrofes”. L. Araquistain, FPI (Fundación Pablo Iglesias), AFLC XXII, p.251.

   Una vez perdida la guerra Giral (Jefe del Gobierno en el exilio) comentó refiriéndose a Negrín: “Que no tuviera otro propósito que el de fugarse con el dinero”. C. Rivas Cherif (cuñado de Azaña), Retrato de un desconocido, p. 445.

   Antony Beevor (historiador pro, pro, pro republicano) le retrata: “Negrín trató de restringir la actividad política por medio de la censura, destierros y detenciones de modo parecido a como lo hacía la maquinaria estatal franquista. Sin embargo, la mayoría de los simpatizantes de la República en el exterior, que habían defendido su causa porque era la causa de la libertad y la democracia, callaron ante los desmanes de las policías secretas”.

Otra golfada, esta artística.

   Negrín se llevó los principales cuadros del museo del Prado en camiones, en unas condiciones lamentables, fueron a Valencia y luego siguieron hasta Memorias se queja amargamente.

La disculpa era su seguridad porque Madrid era bombardeado por Franco.

Eso era absoluta mentira.

   Lo explica la mar de bien Madariaga (Presidente de la Oficina Internacional de Museos de la Sociedad de Naciones) furibundo antifranquista, sin embargo decía: “El cacareado salvamento de los cuadros del Prado, lejos de ser tal salvamento, fue uno de los mayores crímenes que contra la cultura española se han cometido jamás… Madrid poseía la mejor cámara subterránea quizá entonces del mundo para la protección de tesoros artísticos, recién terminada con arreglo a la técnica más moderna a treinta metros de profundidad bajo el Banco de España… pude estudiar documentación suficiente para asegurar aquí que los cuadros del Museo del Prado no debieron haber salido nunca de Madrid y que no hubieran salido de no haber predominado en el Gobierno de entonces la pasión política más miserable sobre el respeto a la cultura y al arte”. S. de Madariaga, España, p.422.

   El único fin lógico era para su venta, como hicieron con los tesoros de otros museos, catedrales, iglesias y obras de arte de particulares. Las más señaladas la de Toledo y Tortosa, ambas reclamaron a Rubial, al llegar la democracia, la devolución de sus tesoros. Y éste tan serio como son los socialistas para estas cosas del parné, les contestó Santa Rita Rita lo que se da no se quita.

   El 6-11-36. En el Museo Arqueológico Nacional se recibió: “la orden de incautación de las monedas de oro… El personal facultativo… consiguió salvar algunas importantes piezas, burlando con grave riesgo personal la vigilancia de la entrega, escondiéndolas… para posteriormente… ocultarlas incluso enterradas en el jardín. Las monedas de oro incautadas fueron 2.796: 60 griegas antiguas, 830 romanas 297 bizantinas, 322 hispanovisigódas, 585 árabes 94 españolas medievales y modernas, 543 extranjeras y 67 medallas”. De ellas se sabe que las hispanovisigodas las compró el gobierno mexicano al gobierno republicano en el exilio, y parte de las árabes la Hispanic Society. El paradero del resto se desconoce. Fue el comunista asturiano Wenceslao Roces, a la sazón director general de Bellas Artes, quien expolió el museo al mando de unos milicianos. “De gabinete a museo. Tres siglos de historia del Museo Arqueológico Nacional”, Ministerio de Cultura, abril-julio de 1993, p. 86.

   Las naciones civilizadas no consintieron esta golfada y devolvieron los cuadros que pudieron salvar a España.

   La última gracieta que nos preparaba el señor Negrín, nos la explica un ministro soviético con mucho detalle.

   Despacho secreto remitido a Voroshilov, Comisario de Defensa de la URSS, por uno de sus agentes en España.

   Negrín proponía la creación, una vez finalizada la guerra, de un partido único que sustituyera a los demás existentes, le llamaría “Frente Nacional o Unidad Española”. Indicaba que puesto que no había sido posible la unificación del PSOE y PCE, este último absorbiese al primero, adelantándose al modelo que luego seguirían las democracias populares del Este de Europa. “Los comunistas aportarían al principio a su dirección gente poco conocida, para responsabilizarse del trabajo de organización y propaganda… Imposible permitir el -libre juego-de los partidos tal como existían antes... esto significa que se precisa o bien una organización política unificada, o una dictadura militar. No ve posible ninguna otra salida”. R. Radosh, M.R. Habeck y G. Sevostianov, España traicionada, Yale Universiti, 2001, en España: Planeta, Barcelona, 2002, p.584. 10-12-38.

   Es un trabajo en los archivos secretos soviéticos, abiertos los años 1991 y 1992, de dos catedráticos USA y el presidente de la Academia de Ciencias de Rusia y del Instituto de Historia Universal de Moscú, máximos expertos en estos archivos.

Escrito por Francisco Alamán Castro, Coronel de Infantería retirado.
 
Cierra España.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Juan Negrín López, el oro de España. 7ª parte:

JUAN NEGRIN: El gran estafador

    Acordó con los soviéticos la entrega del oro del Banco de España. Desde 1937 estaba, secretamente, intentando pactar con Franco. De costumbres pantagruélicas, cenaba hasta tres veces. Belloch entregó 200 millones a su familia en concepto de indemnización.

   Lo que Negrín ha conseguido en la historia moderna de España no lo ha conseguido nadie. Robó al Estado, robó al pueblo, mató al Estado, mató al pueblo que servía a ese Estado, traicionó a sus compañeros de partido, Prieto y Largo Caballero, traicionó a su propia propaganda, pregonando la guerra final contra el fascismo mientras trataba de entenderse con él, según las órdenes de Stalin, que no era lo que se dice un demócrata. Llegó al poder engañando a los suyos. Pactó con los soviéticos la entrega del oro del Banco de España, entonces la tercera reserva del mundo. Se llevó todo lo que los revolucionarios robaron de las cajas de seguridad de todos los bancos y cajas de ahorro.

   Tras proclamar la resistencia a ultranza contra Franco, Negrín fue incapaz de luchar por un solo metro de Barcelona. Obligó a Manuel Azaña a un calvario porque no le ofreció más que dos plazas para huir de la Gestapo, abandonando a su gran amigo Rivas Cherif. Azaña no lo abandonó y así murió, de tan mala manera.

   Mientras miles de millones de dólares, robados y sin recibo, yacían en bancos suizos o americanos, cientos de miles de españoles casi morían de hambre en las arenas de Argelés y demás campos de concentración franceses, sin que Negrín moviera una peseta para auxiliarles. Después de haber obligado a millones de compatriotas a luchar «hasta el final» en una guerra perdida, le confesó a Araquistáin, su antiguo amigo del alma, que desde el 37 estaba intentando pactar con Franco, que es lo que les reprochaba a Prieto y Azaña, amén de Besteiro, el derrotista que finalmente dio con Negrín y los comunistas en tierra, aún al precio de entregar el cadáver de la República a Franco.

   Vivió como un rajá a costa del erario, no rindió cuentas a nadie del dinero de todos los españoles y, encima, consiguió que sus herederos recibieran un montón de millones de la administración franquista, de la ucedea y de la felipista.

   Lo último que hizo Belloch fue entregar unos 200 millones a la familia Negrín en concepto de indemnización. ¡De indemnización al hombre que saqueó el Banco de España y todos y cada uno de los bancos españoles sin devolver jamás un duro y sin dar cuenta de lo robada a nadie!

   Reconozcamos que la historia de la picaresca, a veces entreverada con el crimen, estaría incompleta sin Juan Negrín, presidente del gobierno de la República y uno de los mayores embusteros de la historia de España. Tanto, que algunos historiadores turulatos lo consideran un héroe de la lucha contra la dictadura, a él que fue un dictador de principio a fin. Como gobernante fue nefasto. Como embaucador, estupendo. Fuerza es reconocerlo. Sólo Felipe González le hace sombra.

   Lo del crimen asociado al robo como medio de llegar al poder y conservarlo no es fantasía erudita ni interpretación discutible. Negrín echa del poder a largo Caballero, compañero de partido, porque está dispuesto a hacer lo que el viejo y cabezón estuquista madrileño se negó a hacer en España: un juicio contra el POUM como los de Moscú contra los comunistas de izquierda o simples antiestalinistas. Largo Caballero cuenta en sus Memorias que el día en que echó de su despacho al embajador soviético perdió el poder, pero que nunca pensó que tendría que tapar las escapadas sexuales de Negrín, siendo ministro de Hacienda, a los cabarés de París y Londres, acompañado habitualmente de dos damas, forma piadosa de llamarlas. Pero eso pertenece al capítulo de las malversaciones. Lo peor es que aceptase el encarcelamiento y asesinato del jefe del POUM, Andrés Nin, a cambio de ocupar el sillón de primer ministro. Porque fue su incondicionalidad hacia los soviéticos lo que realmente le dio el poder. Y lo único que queda por averiguar es desde cuándo les era incondicional. Posiblemente desde antes de la guerra, como Julio Alvarez del Vayo, al que ahora se descubre como hombre del Komintern desde 1934, a las órdenes de Willi Munzeerg.

   Negrín aceptó el asesinato de Nin y de la plana mayor del POUM, y llegó al extremo, que cuenta Azaña en sus Memorias, de intentar persuadir al presidente republicano de que lo de Nin era cosa de los nazis y no de los soviéticos. Hizo más: trató de que los jueces condenaran a Gorkín, Andrade y demás jefes vivos del POUM tras permitir que circulase un infame libelo que los trataba de trotskistas y nazis, prologado por Bergamín. No lo logró, pero fue tanto su empeño que el abogado de los poumistas tuvo que huir de España. ¡Y a esto que hizo Negrín le siguen llamando algunos la legalidad republicana! Cuando la idiocia y la ignorancia se juntan, resultan invencibles.

   Hay cosas en la vida que Negrín que, dentro de lo siniestro, resultan pintorescas. Cuenta Indalecio Prieto que un día llegaron a la conclusión sus espías de que alguien robaba medicamentos (aspirinas) de la mismísima sede del Gobierno. Investigaron y no encontraron ninguna pista, pero comprobaron de modo fehaciente que tubos y tubos de aspirinas desaparecían del despacho del doctor Negrín. Estaban a punto de detener a una secretaria cuando, un día, entró sin llamar al despacho, creyéndolo vacía, un escribiente y se encontró con don Juan Negrín embaulándose el segundo tubo entero de aspirinas, porque los tomaba de dos en dos. Añade entonces Prieto, en una formidable prosa mexicana, que las costumbres pantagruélicas de Negrín no se limitaban al ácido acetilsalicílico, sino a la comida, la bebida y las señoras. Que cenaba hasta tres veces, que bebía las botellas de dos en dos preferentemente champaña pero sin olvidar el vino- y que prefería acostarse con las mujeres también a pares. Hay rumores, sin embargo, de que la más famosa de sus amantes la compartió con uno de sus hijos. Es el rasgo de generosidad más evidente de su vida pública.

   Dice Prieto, y esto ya puede ser maledicencia, que, por comer y beber sin tasa, era capaz de vomitar al modo de los antiguos romanos, para seguir llenando el buche. Pero de esto no hay testigos. De lo del oro, lo del POUM y lo de las cajas saqueadas, sobran.

   Bien es cierto que muchos historiadores se niegan a ver las pruebas. De Tuñón de Lara (que en paz descanse) a Tusell y Viñas, es tanto lo que se ha ocultado de Negrín que casi resulta violento descubrir algo de lo tapado. No importa. Si aceptamos como nuestros a todos, los buenos y los malos, aceptaremos también lo malo de todos, también de Negrín, como cosa nuestra. Que, en cierto modo, lo es.

   Porque el que Negrín llegara al poder, de la mano soviética, es culpa nuestra, de los españoles, que, a las alturas de 1937, seguíamos sin entender la naturaleza de la URSS. Ni le entendía Azaña, ni la entendía Martínez Barrio, ni la entendía Largo Caballero, ni Prieto, ni Besteiro. En realidad, el único que la entendía era Negrín, y por eso llegó donde llegó.

   Casado con una rusa blanca y conocedor, por tanto del sistema soviético, tuvo el gesto asombroso, si no profesional, de pedir al PCE que le escogiera a un secretario, en cuanto lo nombraron ministro de Hacienda. La cosa es tan fuerte que sólo Santiago Alvarez, en una hagiografía desinformada, es capaz de contarla sin escándalo. Naturalmente, le pusieron al lado a un comisario. Beningo Díaz, que reportaba cuidadosamente a sus jefes lo que hacía el ministro, en todos los sentidos. Pero ésa es la prueba mayor de connivencia de Negrín con los soviéticos, porque era necesario saber lo que era y cómo funcionaba el estalinismo para pedirle al PCE que te nombrara un secretario.

   Negrín embaucó a muchos con el cuento de que había que prolongar la guerra hasta que llegara la Guerra Mundial y nos sacaran de penas. Lo que realmente sucedió fue el pacto germano-soviético, que dejó a la República liquidada. Pero, antes de ese pacto, que mostraba hasta extremos obscenos que nazis y comunistas habían usado a España como simple teatro de sus forcejeos amistosos, porque allá se iban Hitler y Stalin, es seguro que Negrín estaba al tanto de lo que se tramaba y se trataba.

   Es seguro que Negrín sabía qué iba a ser de la República y, en consecuencia, de media España. Dispuso de los fondos robados e los bancos para fundar el SERE, presuntamente para ayudar a los presos y exiliados del campo republicano. En realidad, fue su modo de crear el partido que nunca tuvo, por lo menos español.

   Hay secretos que se fueron con Juan Negrín a la tumba, pero, la verdad, no creo que sea una tumba digna de ser visitada. Por si quieren datos que justifiquen algunos adjetivos, les recomiendo el libro de Olaya Morales La gran estafa. Trata de Negrín.

Cierra España.

Juan Negrín López, el oro de España. 6ª parte:

Negrín, una arrogancia muy poco proletaria

La exposición se articula en seis partes:

I. Infancia y juventud en Canarias y Alemania. Negrín médico fisiólogo. Se refiere el folleto a su “formación universitaria en las Universidades alemanes de Kiel y Leipzig”. Redundancia aparte, queda claro que Negrín fue un burgués, que nació en una familia burguesa y que vivió una vida privada burguesa. La foto con su mujer y sus tres hijos nos lo muestra.

II. Negrín socialista. Se afilió al Partido Socialista Obrero Español. Fue diputado durante la II Republica. Dice el texto: “Se alineó con la fracción “centrista” del mismo [PSOE] que encabezaba Indalecio Prieto”. Habría que decir que Prieto era centrista porque Largo Caballero era más extremista; en realidad, el único centrista del PSOE era Besteiro, pronto arrinconado por los otros dos.

III. La guerra civil: la ayuda de la URSS y el oro de Moscú. Negín Ministro de Hacienda. Ojo al dato: “… hizo uso de las reservas de oro del Banco de España”. Ese “hacer uso” consistió en expropiar con violencia (el Cajero se suicidó) las “reservas del banco de España”, que pertenecían al banco, no al gobierno, y eran las cuartas mayores del mundo, más de 500 toneladas. “Negrín, primero como Ministro de hacienda y después como Jefe de Gobierno, propuso el envío de la mayor parte de aquellas a la URSS…”. No lo propuso, lo decidieron Negrín y Largo, sin comunicárselo al presidente del gobierno. A Azaña se lo comunicó Prieto, quien escribe “nunca lo vi tan fuera de sí”. Prieto, ministro de Marina entonces, asegura que se enteró por casualidad, al ver el embarco del oro en Cartagena. Este y Largo escurren el bulto en sus memorias, mostrando que la operación fue turbia, incluso para tiempos de guerra.

El envio del oro a la URSS hubo de hacerse en secreto para no perder definitivamente el crédito –no solo finaciero- de las democracias europeas.

IV. El jefe de gobierno que quiso Azaña. El “que quiso” apunta a la voluntad personal del Presidente dela República. Se pretende insistir en la “legalidad republicana”, tratando de encubrir que ya entonces (mayo de 1937) dependía la República de la URSS. La realidad fue otra: La URSS había decidido unificar la PCE y al PSOE, Largo se oponía, así que decidió quitarle la presidencia del gobierno. Azaña nombra a un socialista bien visto por los comunistas. La opción más lógica era Prieto, el que Azaña prefiriera a Negrin indica que sabía que quienes realmente mandaban eran los soviéticos.

Se indica que el propósito del nombramiento fue llegar a un final pactado de la guerra: “El 17 de mayo de 1937, Manuel Azaña otorgó el poder a Negrín. A su través, Azaña quiso influir en la diplomacia europea para conseguir un final pactado de la guerra”. El “a su través” no parece expresión demasiado fina para un folleto editado por el Ministerio de Cultura. Pero lo peor es que se nos diga que en 1937 se quiso llegar aun final pactado. Sin embargo, después se nos dice que “el Ejército Popular adquirió madurez y organización”. ¿Sería con vistas a negociar con “los fascistas” desde una posición de fuerza?. Los diarios de Azaña contradicen esta pretensión:

“Tiene gran confianza en sus designios, en su autoridad, afirma que la guerra durará mucho todavía (¡un año!) y que se prepara para ello”.

No parece que se tratara de buscar una salida negociada, sino de ganar la guerra.

V. ¡Resistir es vencer!: Negrín aislado. Aquí ya no se habal de negociar, se nos cuenta la versión llorona de la guerra civil. La “legalidad republicana” no tuvo otro remedio que recurrir a Stalin, ese defensor de la democracia: “A partir de 1938, la decisión de Negrín de resistir hasta hallar alguna vía razonable de acabar con el conflicto fraticida, tuvo una consecuencia imprevista: en el plano internacional, la creciente dependencia de la URRS”. No; la dependencia era total desde el momento en que Negrín, sin contar con nadie les envió el oro.

   Nos cuentan que “la total identificación del PCE con la política de resistencia a ultranza de Negrín (…) produjo en el resto de las fuerzas políticas según se sumaban derrotas militares, un rechazo que acabó siendo hostilidad abierta hacia los comunistas y hacia Negrín”. Parece que utilizan la técnica curiosa culpar a los comunistas de la política de Negrin y a Negrín de la de los comunistas para acabar disculpando a los dos. La culpa, sin embargo, es de ambos; actuaban en buena sintonía política: Negrín había buscado la dependencia de la URSS enviando todo el oro.

VI. La doble derrota de Negrín: final de la guerra y exilio. La primera derrota es la derrota ante Franco. Trata de la rebelión de Casado contra la república cuando esta daba sus últimas bocanadas y de la posterior rendición sin condiciones. Se acusa a los rebeldes de “vana esperanza”, pues no obtuvieron ninguna concesión. Pero ¿qué podía esperar lo que quedaba de la Republica cuando su principal valedor había ya pactado con Hitler? Ni una palabra de eso, claro está.

   La segunda derrota viene de los reproches que le hacen los exiliados. El panfleto concluye diciendo que socialistas y republicanos “no repararon en que el auténtico motivo de que la republica fuera muriendo lentamente ante un enemigo muy superior en armas, fue el abandono de la República por las democracias occidentales”. La superioridad en armas es un mito. Cierto es que con menos dinero, y muchas veces a crédito, supieron comprar mejor. Pero eso indica que las “democracias occidentales” sabían con quien se jugaban los cuartos y supieron evaluar debidamente la posibilidades de cada bando. Que no quedara otro remedio que ponerse en manos de la URSS (si es que no lo buscaron directamente) es muy significativo. Vemos también el “fundamentalismo democrático” (creer que únicamente la sociedad democrática es la sociedad política legítima) con que trabajan los organizadores de esta exposición. Para ellos las democracias occidentales tenían una obligación moral de apoyar a la república. ¡Vaya forma de escribir historia!.

Cierra España.

Juan Negrín López, el oro de España. 5ª parte:


Documentos sobre la guerra civil. El destino del oro del Banco de España.
Indalecio Prieto




   Nota de presentación de Luis Alonso. Ahora que se habla y escribe bastante sobre la guerra civil y al fin se publican muchas cosas sobre la intervención rusa y estalinista en nuestro país nos parece interesante reproducir un documento importante de Indalecio Prieto, ministro de Marina y del Aire en el gobierno de Negrín, que fue publicado hace años en México por el PSOE. Como se verá, Prieto resume en pocas páginas cómo operaron los dirigentes del Partido Comunista francés y que pasó con el oro del Banco de España. El relato revela una verdad que los dirigentes estalinistas han tratado de ocultar durante muchos años. "Afirmo - he dicho refiriéndome a apoyos que recibimos en el curso de la guerra- que pueden anular o amortiguar nuestra gratitud los aspectos lucrativos del auxilio de la URSS y de los partidos comunistas que la secundaban". Véanse estos ocho puntos que dejé sentados en 1939 y que nadie ha desmentido:

1.—El Partido Comunista francés había administrado, para compras de material de guerra, dos mil quinientos. millones de francos entregados por Negrín, sin que la administración de tan enorme suma la hubiese controlado, poco ni mucho, ningún funcionario del Estado español.

2.—El Partido Comunista francés había retirado para sí, quizá como beneficios de intermediario, cantidades considerables del dinero entregado por Negrín.

3.—La propaganda, pública primero y clandestina después, del Partido Comunista francés se costeaba con dinero así extraído del Estado español, pues los auxilios de la III Internacional eran nulos y el producto de las cotizaciones distaba muchísimo del gasto enorme de esa propaganda.

4.—Avido de dinero, el Partido Comunista francés, rectificando constantemente sus liquidaciones por nadie examinadas, reclamaba con frecuencia mayores sumas a los señores Negrín y Méndez Aspe, (este último, ministro de Hacienda).

5.— El espléndido diario comunistoide "Ce Soir", remedo del triunfante "París Soir “, se sostenía con fondos de los suministrados por Negrín

6.—La flota, compuesta de doce buques, perteneciente a la France Navigation, era propiedad de España, pues con dinero español se compraron todos los barcos, no obstante lo cual los comunistas franceses, administradores de dicha Compañía, se negaron a devolverlos, considerándolos suyos.

7.—Uno de los barcos de la France Navigation, el "Winnipeg", se fletó por el S.E.R.E. (entidad de auxilio a los expatriados establecida por Negrín) para transportar exiliados a Chile, aumentando de esa manera sus ingresos los comunistas franceses, mediante el novísimo sistema de arrendar a alto precio a los españoles un buque que pertenecía a los españoles.

8.—Parte del tesoro español sacado de nuestro territorio al evacuarse Cataluña estaba custodiado por comunistas franceses.

   En cuanto al lucro de Rusia, el relato que ahora reitero aquí es ciertamente asombroso.El 25 de Octubre de 1936 se embarcaron en Cartagena con destino a Rusia siete mil ochocientas cajas llenas de oro, amonedado y en barras, oro que constituía la mayor parte de las reservas del Banco de España.

   Previamente, el señor Negrín, como ministro de Hacienda (todavía no era presidente del Consejo), obtuvo el acuerdo del Gobierno y la firma del Presidente de la República para un decreto autorizándole las medidas de seguridad que estimara indispensables en cuanto al oro del Banco de España. Como miembro de aquel Gobierno, acepto la responsabilidad que me corresponde por el acuerdo, aunque ni los demás ministros ni yo conocimos el propósito perseguido. Ignoro si llegó a conocerlo el entonces Presidente del Consejo, Francisco Largo Caballero.

   El embarque se verificó con gran misterio. Si yo me enteré fue por pura casualidad, a causa de haber llegado a Cartagena para asuntos del servicio --era yo ministro de Marina y Aire- cuando el embarque se efectuaba bajo la dirección personal de los señores Negrín y Méndez Aspe.

   Cuatro empleados del Banco embarcaron en el buque que conducía el precioso cargamento. No se les dijo a dónde iban. Creyeron que desembarcarían en Port Vendres, Sete o Marsella y aparecieron... en Odesa. El 6 de noviembre llegaron con nuestro oro a Moscú. Y allí, ocurrió algo que también merece ser narrado. Los funcionarios del Grosbank miraban y remiraban minutos enteros cada pieza y la pesaban y repesaban. Los empleados del Banco de España, acostumbrados a gran celeridad en operaciones semejantes, no se explicaban tamaña lentitud, por la cual se invirtieron varios meses en el recuento. Pero esta lentitud obedecía al deseo de justificar la permanencia en Rusia de quienes habían ido custodiando la mercancía. A toda costa se quería impedir su regreso a España para que no se divulgara el enorme envío de oro. Las familias de los viajeros se inquietaban por desconocer el paradero de éstos, y para calmar su intranquilidad se las embarcó también, sin decirles adónde iban, _y se las llevó a Rusia.

   La entrega del oro, tan meticulosamente pesado y medido, había de concluir algún día, y concluyó. Los bancarios creyeron entonces que, terminada ya su misión, tornarían a España. Mas sus reclamaciones en ese sentido ante nuestro Embajador, don Marcelino Pascua, eran inútiles. No se les consentía salir; estaban confinados con sus familias en Rusia. Al cabo de dos años, cuando la guerra se extinguía, el Encargado de Negocios, don Manuel Martínez Pedroso, logró romper aquel confinamiento. Pero a los cuatro bancarios no se les repatrió. En España podían hablar más de la cuenta. Y con objeto de evitarlo se les desparramó por el mundo: uno fue a dar con sus huesos a Buenos Aires, otro a Estocolmo, otro a Washington y otro a México. Al mismo tiempo desaparecían de la escena los altos funcionarios soviéticos que intervinieron en el asunto: el ministro de Hacienda, Grinko; el director del Grosbank, Marguliz; el subdirector, Cagan; el representante del ministerio de Hacienda en dicho establecimiento de crédito, Ivanoski; el nuevo director del Grosbank, Martinson... Todos cesaron en sus puestos, varios pasaron a prisión y Grinko fue fusilado.

   Entre tanto, una revista gráfica, "La URSS en Construcción", dedicaba un número especial al aumento de las existencias de oro en Rusia, atribuyéndolo al desarrollo de la explotación de los yacimientos auríferos de Rusia. Era el oro de España. Rusia no ha devuelto ni una sola onza.



México, D. F., Marzo de 1953.

Cierra España.

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Miguel de Unamuno - Diario de Sesiones, Junio de 1932

Estas autoridades de la República han de tener la obligación de conocer el catalán. Y eso, no... Si en un tiempo hubo aquello, que indudablemente era algo más que grosero, de «hable usted en cristiano», ahora puede ser a la inversa: «¿No sabe usted catalán? Apréndalo, y si no, no intente gobernarnos aquí.»... La disciplina de partido termina siempre donde empieza la conciencia de las propias convicciones.

Luis Araquistáin,socialista publica en abril de 1934

"En España no puede producirse un fascismo del tipo italiano o alemán. No existe un ejército desmovilizado como en Italia; no existen cientos de miles de jóvenes universitarios sin futuro, ni millones de desempleados como en Alemania. No existe un Mussolini, ni tan siquiera un Hitler; no existen ambiciones imperialistas, ni sentimientos de revancha, ni problemas de expansión, ni tan siquiera la cuestión judía. ¿A partir de qué ingredientes podría obtenerse el fascismo español? No puedo imaginar la receta".

Alejandro Lerroux, Mis memorias.

“La verdad es, lo he publicado antes de ahora, que el país no recibió mal a la dictadura, ni la dictadura hizo daño material al país. Es decir, no gobernó peor que sus antecesores. Les llevó la ventaja de que impuso orden, corto la anarquía reinante, suprimió los atentados personales, metió el resuello en el cuerpo de los organizadores de huelgas y así se estuvo seis años. Nunca la simpatía personal ha colaborado tan eficazmente en formar de un gobernante como el caso de Primo de Rivera, [...]”

Alejandro Lerroux, Mis memorias.

Frente Popular (Febrero 1936 - Marzo 1939)



Calvo Sotelo, sesion del 16 de junio de 1936.

"España vive sobrecogida con esa espantosa úlcera que el señor Gil Robles describía en palabras elocuentes, con estadísticas tan compendiosas como expresivas; España, en esa atmósfera letal, revolcándose todos en las angustias de la incertidumbre, se siente caminar a la deriva, bajo las manos, o en las manos —como queráis decirlo— de unos ministros que son reos de su propia culpa, esclavos, más exactamente dicho, de su propia culpa...
Vosotros, vuestros partidos o vuestras propagandas insensatas, han provocado el 60 por 100 del problema de desorden público, y de ahí que carezcáis de autoridad. Ese problema está ahí en pie, como el 19 de febrero, es decir, agravado a través de los cuatro meses transcurridos, por las múltiples claudicaciones, fracasos y perversión del sentido de autoridad desde entonces producidos en España entera.
España no es esto. Ni esto es España. Aquí hay diputados republicanos elegidos con votos marxistas; diputados marxistas partidarios de la dictadura del proletariado, y apóstoles del comunismo libertario; y ahí y allí hay diputados con votos de gentes pertenecientes a la pequeña burguesía y a las profesiones liberales que a estas horas están arrepentidas de haberse equivocado el 16 de febrero al dar sus votos al camino de perdición por donde os lleva a todos el Frente Popular".

La memoria analfabeta es muy peligrosa

Pérez-Reverte se embala. No es que le duela España, es que le indigna su incultura, su falta de espíritu crítico. Se revuelve porque, dice, un país inculto no tiene mecanismos de defensa, y “España es un país gozosamente inculto”. Tiene el escritor en la punta de los dedos las batallas, los hombres, las tragedias que han hecho la historia para apuntalar sus argumentos.

- Mi memoria histórica tiene tres mil años, ¿sabes?, y el problema es que la memoria histórica analfabeta es muy peligrosa. Porque contemplar el conflicto del año 36 al 39 y la represión posterior como un elemento aislado, como un periodo concreto y estanco respecto al resto de nuestra historia, es un error, porque el cainismo del español sólo se entiende en un contexto muy amplio. Del año 36 al 39 y la represión posterior sólo se explican con el Cid, con los Reyes Católicos, con la conquista de América, con Cádiz... Separar eso, atribuir los males de un periodo a cuatro fascistas y dos generales es desvincular la explicación y hacerla imposible. Que un político analfabeto, sea del partido que sea, que no ha leído un libro en su vida, me hable de memoria histórica porque le contó su abuelo algo, no me vale para nada. Yo quiero a alguien culto que me diga que el 36 se explica en Asturias, y se explica en la I República, y se explica en el liberalismo y en el conservadurismo del XIX... Porque el español es históricamente un hijo de puta, ¿comprendes?.

Arturo Pérez-Reverte