Carta Magna, su emblema.

Palabras de José Antonio Primo de Rivera, jefe de Falange Española de las J.O.N.S

"La noticia de que José Antonio Primo de Rivera, jefe de Falange Española de las J.O.N.S., se disponía a acudir a cierto congreso internacional fascista que está celebrándose en Montreaux es totalmente falsa. El jefe de Falange fue requerido para asistir; pero rehusó terminantemente la invitación, por entender que el genuino carácter nacional del Movimiento que acaudilla repugna incluso la apariencia de una dirección internacional. Por otra parte Falange Española de las J.O.N.S. no es un movimiento fascista; tiene con el fascismo algunas coincidencias en puntos esenciales de valor universal; pero va perfilándose cada día con caracteres peculiares y está segura de encontrar precisamente por ese camino sus posibilidades más fecundas".

lunes, 23 de noviembre de 2009

Hedilla, Franco y el decreto de unificacion.11ª parte.

En la primavera de 1937, la guerra civil española dio un giro de gran importancia. Fueron varias las cosas que pasaron y casi ninguna en los frentes. En realidad, la primavera de 1937 fue especialmente intensa en la retaguardia y, curiosamente, en ambos bandos, Franco por un lado y la República por el otro, en el fondo ocurrió lo mismo: en ambos casos, lo que se produjo fue una aclaración del horizonte político de las fuerzas que apoyaban a uno y otro bando. Si la República se deshizo en aquellos días de la insoportable presión que el anarquismo ejercía sobre la voluntad de hacer una guerra seria, Franco también se deshizo, por aquellos días, de su propio anarquismo disgregador e individualista. Hoy hablaremos de este último caso y de los tristísimos sucesos que provocó. Los sucesos de Salamanca.


Según estimaciones fiables, en julio de 1936, cuando estalló la guerra civil, Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FE de las JONS) era un partido minoritario y roto. Minoritario porque no tendría más allá de 6.000 miembros en toda España, de los cuales aproximadamente la mitad, «cayeron» en zona republicana, por lo que su efectividad era nula o inexistente; el primero de los de este grupo, el fundador y líder del partido, José Antonio Primo de Rivera, que estaba en la cárcel, primero en Madrid y después en Alicante; así como Nemesio Fernández Cuesta, Ruiz de Alda y otros notables, algunos de los cuales no sobrevivirían a la experiencia.

Este partido, no obstante haber tenido unos votos ridículos en todas las elecciones que se celebraron en la República y ser un partido de corte terrorista que había intentado matar incluso a diputados en Cortes (así, el socialista Jiménez de Asúa, en la calle Goya de Madrid), se convirtió en la gran reserva espiritual del alzamiento de las derechas, por dos razones fundamentales: la primera, porque su filosofía filofascista y de acción directa tenía muchos apoyos dentro del ejército, que fue quien realmente comandó desde el principio la rebelión; y, segundo, por el indudable aporte de combatientes que, en la siempre difícil primera hora de todo golpe de Estado, supo aportar (a petición de Mola, Falange sería capaz, en los primeros meses de la guerra, de dirigir una exitosa leva de 15.000 combatientes). No obstante, en esta situación hay algo que, supongo, no os cuadra del todo: un partido político con gran poder pero sin dirigentes de carisma. En efecto: más pronto que tarde, la pelea por liderar aquello tenía que empezar.

Comenzó pocas horas después del 20 de noviembre de 1936, es decir cuando se supo que José Antonio Primo de Rivera, el líder a quien todos esperaban en zona nacional, había sido fusilado en Alicante. Como ya hemos visto, los intentos por liberar a José Antonio fueron varios, pero chocaron con la obstinación republicana y con cierta pasividad alemana que, como veremos después, quizá tuviera su sentido. Lo importante aquí, no obstante, es tener claro que la muerte de José Antonio dejaba a la Falange sin un líder claro, situación ésta que debía resolverse lo antes posible.

A finales de 1936, sin embargo, ya no había una sola Falange. El partido se había hecho demasiado grande e importante como para permanecer con una sola facción. Dependiendo de los autores a los que leáis se os dirá que dentro de Falange había dos o tres tendencias. Una, la más clara, estaba formada por los falangistas del Norte de España, casi todos ellos personas de orígenes proletarios o casi proletarios, los cuales eran apoyados, además, por los intelectuales del partido, es decir gentes como Dionisio Ridruejo que, en aquellos primeros momentos de la guerra, sostenían posiciones abiertamente fascistas y estaban entregados a las filosofías del nuevo amanecer de la Humanidad que prometían experiencias como Italia o Alemania. Un segundo grupo eran los falangistas de corte más universitario, el mal denominado Grupo de Madrid (digo mal denominado porque había importantes elementos andaluces o extremeños) con ideas también muy radicales pero dispuestos, por así decirlo, a hacer de Falange un partido político de derechas, muy de derechas, alejado de las veleidades obreristas del fascismo (desde el falangismo se sostenían, en ocasiones, duros discursos anticapitalistas que, de hecho, hicieron relativamente fácil el diálogo tras la guerra entre cierto falangismo y cierto anarcosindicalismo). El tercer grupo estaría formado por falangistas de última hora con más experiencia política, dedicados a construir un partido político algo más moderado. Pero estos terceros, por mucho que a veces se los cite, mandan en esta historia menos que un gitano en una comisaría. Que se sepa.

El falangismo de tripas, protorrevolucionario, era un falangismo basado en iconos personales y, muerto José Antonio, escogió otro: Manuel Hedilla. Hasta la guerra, Hedilla no se había destacado especialmente dentro de Falange, aunque había demostrado su capacidad organizativa, que hizo mucho a favor del triunfo del golpe en Galicia, pues el 18 de julio le pilló en Vigo. La ausencia de líderes destacados dentro del partido, añadido al hecho de que Hedilla estaba en zona nacional y muy pronto bajó a Salamanca, donde se cortaba todo el bacalao de la guerra por parte franquista; así como su excelente relación con el general Emilio Mola, cogolpista junto con el propio Franco y con Sanjurjo, le valieron el nombramiento de jefe provisional de la Falange; provisional porque, si bien no eran pocos los miembros de la cúpula del lado nacional que sabían bien que José Antonio estaba muerto, esta realidad no se daba por cierta para mantener la moral.

Manuel Hedilla tenía dos grandes colaboradores: por un lado, el también cántabro Víctor de la Serna y, por otro, el catalán José Antonio Serrallach, personaje éste último muy interesante porque, entre otras cosas, algún testigo de aquellos días ha aseverado que le fue presentado a Hedilla por el embajador alemán en España, Wilhelm von Faupel, y que, de hecho, sería una especie de espía al servicio de los nazis. Este hecho, de ser verdad, abonaría la tesis, que de alguna manera se huele en los sucesos de Salamanca (unido a la antes mentada pasividad alemana para liberar a José Antonio) de que, tal vez, Hitler hubiese decidido jugar, a través de Falange, a controlar España. Lo cierto es que el primer candidato a mandar en Falange tras José Antonio, es decir Hedilla, tenía una copia del Mein Kampf dedicada por el Führer en persona; y que el segundo, Manuel Serrano Súñer, era uña y carne con, entre otros, el ministro nazi de exteriores, Joachim von Ribentropp.

Frente a Hedilla, De la Serna, Serrallach et altera, se encuentra el falangismo del grupo de Madrid, comandado por un sevillano, Sancho Dávila. Poco tiempo después de morir José Antonio, Sancho Dávila inició, nunca sabremos bien si motu proprio o impulsado para ello por Franco, la negociación para la fusión entre los dos grandes partidos del nacionalismo franquista: falangistas y carlistas. Lo que sí sabemos es que ya a finales de 1936 Franco estaba pensando en el tema. Por un lado, no le gustaba la propuesta de su hermano Nicolás, quien propugnaba la creación de un partido político nuevo sin base social, a la usanza de la Unión Patriótica del general Primo de Rivera; pero, por otro lado, sentía aversión hacia los partidos políticos, a los que consideraba responsables de la degradación de las democracias liberales. Quería, pues, un partido que no fuese un partido, y que pudiese dominar. Aunque no era el único que deseaba la desmovilización política de falangistas y requetés. Éste era también el deseo de las fuerzas políticas monárquicas que habían batallado desde sus exigüas minorías parlamentarias durante la República y que ahora demandaban al nuevo Estado que, de alguna manera, controlase las veleidades de aquellos grupos tan radicales. Inquietud que era compartida por el gran capital y es por eso que se ha escrito que dos de los grandes muñidores de la exaltación que, en aquellos días salmantinos, acabaría provocando muertos, fueron dos elementos, Ladislao López Bassa y Vicente Orbaneja, que habían sido enviados a malmeter por algún importante financiero, deseoso de desactivar aquella bomba fascista.

Las cosas, sin embargo, no son tan fáciles de conseguir, porque tanto falangistas como carlistas querían hacer las cosas por su cuenta. Hasta diciembre de 1936 no logró Franco decretar la unificación de sus fuerzas combatientes, lo cual quiere decir que, hasta entonces, un carlista, por ejemplo, era un carlista, no un soldado. De hecho, la tentativa de los carlistas de crear su propia academia militar provocó que Franco tuviese que exiliar a Portugal al líder tradicionalista, Manuel Fal Conde.

En enero de 1937, la España franquista es un hervidero de proyectos de futuro. Si dejamos volar la imaginación y damos por bueno todo lo que se ha dicho o insinuado a este respecto, en ese momento tenemos: a Hedilla trabajando para consolidar un liderazgo en Falange que haga de ésta el partido político custodio de la pureza fascista del nuevo régimen español; a Sancho Dávila coqueteando, por ideas propias o inducidas, con crear un solo partido con los carlistas; a los monárquicos de toda la vida jugando la baza del regreso, algún día, de los borbones; a las terminales de Mussolini en Salamanca trabajándose una hipotética reconstitución de la monarquía saboyana en España; al general Mola siendo, como poco, tentado para presidir un gobierno cívico-militar de las derechas; y a los nazis jugando a controlar a la Falange y, a través de ella, a Franco.

Y luego Franco, claro, mirando por su interés.Las negociaciones entre la Falange-Dávila (acompañado por Escario y Pedro Gamero del Castillo) y el carlismo (Fal Conde, Santiago Arauz de Robles y José María Oriol) se producen a mediados de febrero de 1937 en Lisboa, pero fracasan. Los dos documentos que ambas partes se intercambian como proyectos de fusión son antípodas; uno dice dónde vas, el otro manzanas llevo. Falange quería (se creía con poder para exigir) comerse al carlismo a cambio de nebulosos compromisos de consultar a Don Javier de Borbón-Parma el día que se plantease la que llamaba «Nueva Monarquía de España, como garantía de la continuidad del Estado nacionalsindicalista y base de su Imperio» (monarquía cuya puesta en marcha tampoco quedaba muy clara en el documento, en todo caso); los carlistas querían una fusión operativa pero no jurídica, es decir una relación de primus inter pares; la integración de ambos idearios, o lo que es lo mismo la matización carlista de los puntos de Falange; y una mayor atención hacia los principios del tradicionalismo. Una vez fracasado este intento, la rivalidad entre falanges se desplaza a la propia Falange.

El Grupo de Madrid utilizará como ariete contra Hedilla a un personaje también curioso: Rafael Garcerán. Garcerán era pasante de José Antonio pero, a pocas semanas del golpe de Estado, tenía más bien poco de falangista; de hecho, ni siquiera era miembro del partido e incluso había llegado a militar en el socialismo madrileño. Fue Garcerán, de hecho, quien lanzó la idea de que, en ausencia de José Antonio, Falange debía ser comandada por un triunvirato, lo cual equivalía a atacar el personalismo de Hedilla y ponerle en dificultades, ya que iba escaso de equipo. El primer enfrentamiento serio se producirá en febrero de 1937. En dicha fecha, se produjo el primer aniversario del discurso de José Antonio en el cine Europa de Madrid; un discurso inflamado, de corte revolucionario, que el líder de Falange había pronunciado en las vísperas de las elecciones ganadas por el Frente Popular. Hedilla dio la orden de distribuir en zona nacional 25.000 copias del discurso, pero una de las terminales de Garcerán, el delegado de Prensa y Propaganda Vicente Gay, ordenó retirarlas. El jefe provincial de Burgos, José Andino, uno de los miembros de la «Falange del Norte» hedillista, lo leyó en Radio Castilla, motivo por el cual fue arrestado. Costó mucho amansar aquellas aguas pues, entre otras cosas, un grupo de hedillistas gallegos estuvo a punto de sacar a hostias a Andino de la cárcel.

Hedilla, por su parte, sigue con su tiki-taka y abre dos academias de oficiales, una en Sevilla y la otra en Salamanca; ésta, la famosa academia de Pedro Llen que tendrá un papel tan importante en los sucesos de Salamanca. Al frente de la academia salmantina se coloca un nazi finlandés, Karl Magnus von Hatmann, lo cual abona la tesis de que el movimiento por parte de Hedilla fue hecho en connivencia con Von Faupel y los nazis. Esta vez, nadie fue expulsado de España, como le ocurrió a Fal Conde.

Agustín Aznar y Sancho Dávila, falangistas del grupo de Madrid que ha fracasado en el intento de pillar cacho en el poder del partido consiguiendo fusionarlo con el carlismo, todo ello probablemente tras la amorosa mirada de Franco, se dan cuenta de que la única forma de cargarse a Hedilla es ir a por él. Así las cosas, comienzan a coleccionar acólitos. Encuentran pronto a Garcerán, que tiene ganas, y se les une José Moreno. Este cuarteto salmantino (Aznar, Garcerán, Dávila y Moreno, los padres de la movida antihedillista) consigue atraerse a algunos falangistas de cierto corte radical, tales como Jesús González Vicén y José Antonio Girón de Velasco.

El 12 de abril, sin poder esperar ni un minuto más porque este piélago de poderes y podercillos está minando la capacidad bélica del bando nacional, Franco da el francazo y convoca a los carlistas más proclives a la unificación (sobre todo, el conde de Rodezno) y les cuenta lo del decreto con el que va a crear un solo partido. Cuando Hedilla, que no está en Salamanca, se entera, su reacción es convocar un Consejo Nacional de Falange, a todas luces para oponerse, el 25 de abril siguiente. El 13 de abril, en San Sebastián, Hedilla se entrevista con Ángel Alcázar de Velasco, un joven falangista de acción que había sido condecorado por el propio José Antonio por su labor repartiendo leches en Asturias tras el golpe del 34. Alcázar de Velasco escribió sus memorias mucho más tarde, en el 76, muerto Franco y muerto Hedilla, y en ellas cuenta que, en dicha reunión, Hedilla le aseveró que Falange estaba a punto de romperse en pedazos y le conminó a espiar a un grupo de falangistas y cercanos, todos ellos más o menos identificados con el Grupo de Madrid o con la camarilla directa de Franco. Eran: Ramón Serrano Súñer, Alfonso García Valdecasas, Eduardo Aunós, Ernesto Giménez Caballero, Gumersindo García y Pedro Gamero del Castillo. Prueba también de que Hedilla esperaba que a mediados de abril hubiese follón es que, un par de días antes de los trágicos sucesos del 16-17 de abril, dio orden al delegado de Sanidad de Falange, Tomás Rodríguez, para que reforzase las estructuras asistenciales en previsión de que hubiese heridos.

El 14 de abril, en el hedillismo se produjo un movimiento tendente a enviar a alguien a Pamplona, donde los carlistas se reunían para discutir la unificación que les había propuesto Franco. Sin embargo, Hedilla no impulsó la medida. Según Alcázar de Velasco, en ese punto todavía confiaba en Franco y pensaba que era Serrano quien malmetía sobre él ante el caudillo; o sea, le pasaba como a esas personas que, tras las elecciones de 1982, se hacían empanadas mentales con las discusiones entre Felipe González y Alfonso Guerra, siendo lo cierto que actuaban coordinados. Con este espíritu se entrevistó Hedilla con uno de los padres de la unificación, el diplomático franquista José Antonio Sangróniz y Castro, el cual le vendió a Hedilla la milonga de que la unificación suponía dejarle todo el espacio político a Falange porque Franco se quería dedicar en exclusiva a ganar la guerra. Otrosí: Hedilla se tragó que Franco quería un Estado con dos jefes. O sea: no conocía a Franco.

En esos días (15 y 16 de abril de 1937), Salamanca se empieza a llenar, sospechosamente, de falangistas armados. Son los hedillistas, que salen a la calle a marcar paquete; y los conjurados de Sevilla, Madrid y Valladolid, que se apresuran a dejarse caer por la ciudad castellana. El día 16, a las once de la mañana, los conjurados se reúnen y designan un triunvirato que sustituirá a Hedilla, formado por Aznar, Garcerán y Moreno. Fuertemente armados y escoltados, se van a la calle del Toro, sede de la Junta de Mando de Falange, que está a rebosar de personal que se huele la tostada y con fuerte presencia de los guardias civiles de Lisardo Doval, un represor franquista que se ha fogueado acabando con el golpe revolucionario de Asturias. Hedilla está ya en su despacho en compañía de sus incondicionales: Víctor de la Serna, Serrallach, Maximiliano García Venero, Francisco Yela y José Sáinz. Entre De la Serna, el catalán y García Venero, los verdaderos confidentes del jefe provisional, le convencen de que no obstaculice la entrada de los tres conjurados en el edificio, probablemente para evitar la sangre. El jefe salmantino, Laporta, trató de hacer de hombre bueno y negociar con los confabulados; pero fracasó, y éstos se presentaron para cesar a Hedilla.


A las once pasadas de la mañana, allí mismo le entregan un pliego de cargos en el que, entre otras cosas, le llaman analfabeto, y le cesan. Lejos de enfrentarse, Hedilla sale de la sala y solicita, inmediatamente, una entrevista con Franco. Aquí puede estar la clave de por qué acepta con tanta naturalidad su cese; si hemos de creer a Hedilla, él había discutido ya la eventualidad de su cese por los triunviros con el teniente coronel Antonio Barroso Sánchez-Guerra, de profesión muñidor en el Cuartel General de Franco (formalmente, Jefe de la Sección de Operaciones del Cuartel General). Según Hedilla, éste le dio instrucciones de dejar hacer a los confabulados, dándole a entender que quien tenía el apoyo de Franco era él. Pero, quizá, a las pocas horas caería en la cuenta el falangista santanderino de que eso no era una verdad completa. Como ya he dicho, Hedilla pide una entrevista con Franco. Pero éste no le recibirá; sólo podrá ver al teniente coronel Barroso. Por su parte, el nuevo poder de Falange solicita a mediodía una entrevista con el caudillo, que les recibe a las cuatro de la tarde. No parece difícil de adivinar con qué equipo iba el generalísimo.

Cierra España.

Hedilla, Franco y el decreto de unificacion.10ª parte.Continuacion.

La lucha de facciones en el seno de la Falange fue, por tanto, un factor que ayudó a Franco, pero que no provocó su decisión. En el fondo lo que había tras esa lucha era la simple ausencia de una jefatura firme y comúnmente aceptada en el seno de Falange. El 16 de abril de 1937 el enfrentamiento se tradujo en dos muertos, producto más que de un atentado de la tendencia de los dirigentes falangistas a ir con escoltas armadas. Ni siquiera después de estos sucesos, que presupusieron la detención de los tres adversarios fundamentales de Hedilla, tuvo éste tras de sí a toda la dirección de Falange: de aquellos tres, dos le debían su puesto y un tercero había colaborado con él; del resto de los dirigentes sólo 10 de 22 le apoyaron para que conversara con Franco sobre la ya inminente unificación. La victoria de Hedilla fue pírrica y volátil. La mejor prueba de ello es que las conversaciones de los dirigentes falangistas de estos días demuestran una excepcional carencia de información y de criterio ante la situación: creían que se iba a formar un Gobierno presidido por Mola y sólo les preocupaban las cuestiones formales e internas. Ni por un momento pensaron en resistir: no dedicaron la mayor parte de su tiempo a la cuestión verdaderamente crucial como era la unificación, en la conciencia, como uno de ellos dijo, de que "un acuerdo, si el Generalísimo lo hace por la fuerza, no cabe". En realidad, Franco ni siquiera hubo de utilizar la fuerza sino que se limitó a evitar que circularan emisarios falangistas a través de los territorios que él controlaba y a que se desplazaran las milicias falangistas.


Bastó eso para producir la unificación que se convirtió en decreto una semana después de los incidentes. Partiendo de que "una acción eficiente de Gobierno" era "incompatible con la lucha de partidos" y prometiendo incorporar al nuevo grupo político "aportaciones colectivas e individuales" se dio luz a un partido de kilométrica denominación, Falange Española Tradicionalista de las juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista. En su dirección estaba previsto que figurara Hedilla, pero al negarse fue acusado de los incidentes del 16 de abril y de haber mantenido una posición de resistencia ante el mando de Franco y se le condenó a muerte, aunque luego fuera indultado. Tampoco Fal Conde quiso ocupar un puesto dirigente en la nueva agrupación política.

Se ha interpretado por algunos historiadores que en esta ocasión Falange se "suicidó", pero dicha afirmación no parece cierta si tenemos en cuenta que su tono revolucionario, era, a diferencia de lo sucedido en otros grupos fascistas, superficial. Además no sólo los dos albaceas testamentarios de Primo de Rivera, Serrano Suñer y Fernández Cuesta, colaboraron con el régimen en puestos destacados, sino que también lo hizo la hermana e incluso algún sancionado en los incidentes de abril de 1937, como Arrese. Por eso no tuvo ningún éxito el intento de Prieto de fomentar la creación de una supuesta Falange "auténtica" desde el bando republicano.

Irónicamente el embajador alemán escribió a las autoridades de su país que describiría a la "Nueva España" cuando llegara a descubrirla. Lo que verdaderamente llama la atención en la unificación no es eso, sino lo pronto que Franco adoptó una postura. Bien es verdad que para su triunfo contó con el hecho de que la opción más importante dentro de la derecha estuviera marginada, mientras que las dos emergentes ahora eran demasiado noveles, inexpertas en la dirección y heterogéneas en su fuerza como para que pudieran presentar resistencia. Otro elemento crucial para llegar a entender el éxito de Franco consiste en que en esta ocasión, como en tantas otras, dio la sensación de adoptar una medida provisional y de urgencia, y por tanto susceptible de cambio, cuando en realidad no hacía otra cosa que ratificar su absoluta preeminencia.

Desde finales de 1937 fue haciéndose evidente en el bando sublevado la urgencia de constituir un organismo de gobierno y administración más eficaz que el existente hasta entonces. A la creación de un gobierno propiamente dicho que sustituyera a la Junta Técnica de Estado coadyuvaron Jordana, su presidente, y Serrano Suñer, la estrella ascendente en la política de los sublevados. Finalmente el Gobierno quedó constituido en los primeros días de febrero de 1938, tras la batalla de Teruel. Las dos figuras más importantes del mismo eran las mencionadas.

Jordana fue vicepresidente-secretario, asumiendo también la competencia acerca de las relaciones exteriores y presidiendo las reuniones del Consejo en caso de ausencia de Franco, pero todavía fue mayor la influencia de Serrano, que tenía un único Ministerio con tres Subsecretarías: el de Gobernación, con competencias muy amplias, que incluían la prensa y le daban una especialísima relevancia en los periódicos de la zona franquista. Tanto el programa como las principales disposiciones de política interior salieron de sus manos y, por si fuera poco, parece haber inspirado la propia composición del Gabinete: incluso evitó que figurara en él Nicolás Franco, aludiendo al peligro de que hubiera en él "demasiada familia".

Como sería habitual en la España de Franco, caracterizó a este primer Gobierno una composición plural y muy medida: junto a dos falangistas había tres generales, dos monárquicos alfonsinos, un tradicionalista, dos ingenieros y un antiguo cedista. Serrano también lo había sido, pero no era esta la razón de su ascenso político. Cuñado de Franco, al que por tanto le unían vínculos familiares, tenía unas capacidades administrativas y de traducir en textos legales la voluntad política del jefe del Estado de las que éste carecía. Bien dotado intelectualmente, era el único de los miembros del Gabinete capaz de esbozar y defender un programa político como alternativa al "Estado campamental" hasta entonces existente. El contenido de dicho programa, siempre en favor de la preeminencia de su cuñado y de él mismo, trataba de aunar el "calor popular, social y revolucionario" de las doctrinas falangistas con las algo más "inactuales" del carlismo, pero en realidad favoreció mucho más a la primera que al segundo y sentó el primer paso para el intento de "fascistización" de la posguerra. Tenso, absorbente y personalista, Serrano Suñer se vio gravemente perjudicado siempre por una ambición evidente y por una no menos evidente carencia de don de gentes.

De todos modos no debe pensarse que la sustitución del "Estado campamental" por uno nuevo fuera tan inmediata ni que la obra legislativa en el bando de Franco fuera amplia y muy significativa. La mejor muestra de que el "Estado campamental" perduró reside en que siguió repartido en una pluralidad de sedes en toda la meseta superior y en el Norte.

Quizá la tarea más perdurable fuera la Ley de Prensa de 1938 que no sería modificada hasta 1966 y que introducía unas concepciones beligerantes contra la libertad de prensa, incluyendo la censura y el nombramiento gubernativo de los directores de los medios de comunicación, por lo que en algunos aspectos resultaba incluso más dura que la propia legislación fascista italiana. Sin embargo, sólo en ese aspecto y en determinadas disposiciones sobre el sindicalismo, que no llegaron a configurarse de modo definitivo, cabe percibir la citada influencia. En cambio caracterizó a la legislación acerca de los aspectos vinculados con los Ministerios de Justicia y Educación, cuyos titulares eran respectivamente Rodezno y Sainz Rodríguez, una voluntad decidida de restauracionismo religioso que llevó a la purga del personal docente y a la abolición de la legislación laica de la República, dando un extremado carácter clerical a la nueva. Ambas tendencias antagónicas entraron en conflicto respecto de lo que luego fue denominado como Fuero del Trabajo, única disposición de rango constitucional aprobada en el transcurso de la guerra, lo que ya resulta muy expresivo de la indefinición del bando sublevado. Originariamente denominada Carta del Trabajo, su texto, elaborado por dirigentes falangistas como Ridruejo y el ministro González Bueno, tenía concomitancias con el fascismo, pero luego, por influencia monárquica y tradicionalista, no pasó de ser un conjunto de declaraciones generales no traducidas en legislación concreta.

A lo largo de 1938 las victorias militares de Franco en la guerra no fueron acompañadas de una paralela clarificación del panorama político interno de su régimen, a pesar de que esta realidad permaneciera oculta por la situación militar y por la ausencia de libertades de expresión. Cierta propensión fascista y una radical indefinición que sólo contribuía a multiplicar el poder de Franco eran los rasgos más característicos del "Nuevo Estado" vertebrado a lo largo del conflicto.

En primer lugar, el nuevo partido a estas alturas se había caracterizado como una entidad artificial sin capacidad de actuación autónoma y enfrentada en la práctica en su seno por la fundamental discrepancia entre las dos organizaciones originarias. El Consejo Nacional de FET de las JONS estuvo formado por numerosas personas, pero la mayor parte poco significativas (desde el exilio Cambó meditaba sobre la "terrible inferioridad" de la clase dirigente del nuevo régimen). Hubo quienes no dieron la menor importancia a su pertenencia al nuevo organismo (Pemán), o quienes comprobaron su inanidad queriendo intervenir en su plenario sin éxito (Queipo de Llano), o intentaron promover una candidatura para la Junta Política, especie de Comisión Permanente, acabando por descubrir que ésta quedaba en manos de Franco (Vegas Latapié). Desde muy pronto se percibió que el Consejo no serviría para otra cosa que para aparatosas ceremonias medievalizantes realizadas para la exaltación de Franco.

La Junta Política se reunió más asiduamente pero estaba todavía más dominada desde las alturas. Franco no admitió de ninguna manera unos Estatutos internos del partido que le sometieran a ningún tipo de recorte en su poder, pues él se consideraba "responsable ante Dios y ante la Historia" y no sujeto, por tanto, a procedimiento alguno de destitución o de juramento. Raimundo Fernández Cuesta, un personaje gris y desconfiado, que recibió la Secretaria General del partido, manifiesta en sus Memorias que le fue concedida por sus adversarios en Falange "que lo que querían era que fracasara", muy pronto decepcionó las esperanzas que en él habían puesto los falangistas puristas quienes, por boca de Ridruejo, reconocieron haberse "equivocado de medio a medio".

Esto explica que la actitud de una especie de "sanedrín" del falangismo reunido en torno a Pilar Primo de Rivera y animado por Ridruejo fuera "distanciada, pero negociadora y finalmente integrada", en palabras de este último. Había, además, una razón accesoria y es que Falange fue la beneficiaria fundamental y aun casi única de la unificación, sobre todo en determinados cargos provinciales y locales. Los carlistas, por ejemplo, apenas tuvieron media docena de gobiernos civiles y aunque Falange tuvo como adversarios a los franquistas puros, todos sus elementos, incluso los más radicales, fueron integrados sin problemas en la Administración del nuevo régimen. No sucedió así con el carlismo, que siguió viviendo autónomamente, sobre todo en Navarra. Rodezno, su principal dirigente, escribe en su diario haber sentido como "hierro de ganadería" la unificación y estar dispuesto a que "le abrieran en canal" antes de uniformarse como estaba ordenado. Mientras Fal Conde redactaba manifiestos doctrinales contrarios a las tesis del partido único, Don Javier, el pretendiente, permanecía en el exilio y había carlistas que se preguntaban si al final de la guerra civil resultaría necesario "salir otra vez".

Pero no sólo la unificación había sido un fracaso sino que en la etapa final de la guerra, mientras Franco parecía cada vez más seguro y consciente de su condición de Caudillo, algunos de sus principales colaboradores parecían decepcionados respecto de su capacidad e incluso del papel que ellos mismos habían jugado en su promoción. Hay muchos testimonios a este respecto: Martínez Anido afirmaba que era "un desastre", Sainz Rodríguez decía que tenía "una enorme cultura de saberes inútiles", y Amado juzgaba que sus opiniones sobre materias económicas eran de "tertulia de café"; incluso Jordana, muy fiel al jefe del Estado, pensaba que las instrucciones que le daba eran demasiado inconcretas como para ser aplicables. Gran parte del malestar existente entre los ministros y, en general, la clase dirigente del régimen, era producto del ascenso de Serrano Suñer, único ministro que aparecía en la prensa y que, al mismo tiempo, parecía beneficiarse constantemente de su relación familiar con Franco. A comienzos de 1939 Franco, indignado, destituyó a Sainz Rodríguez, autor de una inocua broma acerca de su persona; la actitud de sus ministros le pareció insuficientemente sumisa cuando lo anunció y, en consecuencia, la guerra civil concluyó con una situación en la que era ya inmediatamente previsible un cambio de Gobierno. El Conde de Rodezno anotó en su diario que "este hombre no tiene remedio y nos ha dado un buen chasco y esto parece que toma rumbos de poder personal indefinido".

Puede decirse, en conclusión, que durante la guerra civil, de una manera poco frecuente, teniendo en cuenta lo que sucede habitualmente en este género de conflictos, consiguió un grado de unidad considerable. Todo ello sin duda contribuyó de manera importante a la victoria, aunque es dudoso lo que podría haber llegado a suceder si en algún momento los sublevados hubieran experimentado una derrota militar. A cambio de la victoria los sublevados engendraron un sistema político en cuyos rasgos generales no estaban de acuerdo la mayor parte de sus dirigentes políticos principales. Franco utilizó su habilidad, pero además se vio beneficiado de la peculiar situación que nacía de las fuerzas políticas que dirigía. En lo que tenía de régimen dictatorial personal y militar, muy poco institucionalizado y con un partido único de influencia limitada, el franquismo nació durante la guerra civil. Sin embargo, sólo en la segunda guerra mundial Franco se convirtió en árbitro de las tendencias que acaudillaba en un momento dificilísimo para su régimen, que hubiera podido suponer la entrada en el conflicto mundial y la fascistización completa.

Cierra España.

Hedilla, Franco y el decreto de unificacion.10ª parte.

Javier Tussell


Como en el caso del Frente Popular, el primero y más evidente resultado del alzamiento militar fue también la fragmentación de la autoridad política entre los sublevados, pero en este caso fue sólo la consecuencia del fracaso del pronunciamiento y, por consiguiente, de la discontinua geografía controlada por aquéllos. Además, con el transcurso del tiempo, aunque perdurara la pluralidad de componentes en este bando se logró un grado elevado de unidad en las condiciones que serán descritas inmediatamente. Tal situación, lograda sin derramamiento de sangre, se explica por la peculiar mentalidad que guiaba a los sublevados. Para ellos se trataba de evitar, ante todo, el triunfo de una revolución que sintieron como inminente a pesar de que, como sabemos, ni estaba preparada ni existía un grupo político capaz de protagonizarla.

El resultado de la contrarrevolución preventiva fue una revolución que sí tuvo contenidos, pero en cambio los de la primera eran más que imprecisos. Probablemente si la sublevación hubiera triunfado se habría constituido un directorio militar con algunos técnicos dentro de un régimen formalmente republicano; es previsible que ese régimen hubiera sido temporal. No fue así, pero hay indicios de esta actitud en las declaraciones de no pocos de los protagonistas de la sublevación. Con el paso del tiempo hubo un propósito de construir una fórmula política mucho más estable, pero la precisión siguió brillando por su ausencia. Es significativo que el mismo Franco no tuviera empacho en declarar que quería construir un Estado que fuera la "antítesís de los rojos". Tal propósito se reducía a una fórmula que reconstruyera la unidad nacional frente al pluralismo de los partidos, pero mantuvo una esencial indefinición durante todo el conflicto. Es obvio que el resultado podía ser insostenible a medio plazo desde el punto de vista doctrinal, pero tuvo el efecto de no distraer a los sublevados en disputas internas y de mantenerlos concentrados en ese propósito negativo de concluir con la supuesta revolución adversaria.

La fragmentación inicial de los sublevados puede ser ejemplificada en Navarra y en Sevilla. En el primer caso, la existencia de una fuerza política arraigada desde hacía tiempo y con una neta hegemonía, como era el carlismo, permitió la creación de una Junta Nacional carlista de guerra, que venía a ser una especie de germen de Estado con su organización paraministerial tanto en lo civil como en lo militar. En Navarra, que vivió con una independencia práctica, en las primeras semanas de la guerra se tomaron disposiciones que en condiciones normales son sólo imaginables con carácter general y no sólo en una provincia como, por ejemplo, la reintegración del crucifijo en las escuelas. Si lo sucedido en Navarra tiene como principal razón de ser el arraigo de un partido, lo sucedido en Sevilla fue producto de la fuerte personalidad de Queipo de Llano cuya autoridad se veía multiplicada por lo inesperado de su victoria. Aunque en Sevilla empezó a utilizarse el término Caudillo para referirse a Franco, la verdad es que Queipo nombraba a los gobernadores, legislaba en materia económica y social y prestaba muy poca atención a la Falange.

De todos modos, los sublevados desde muy pronto sintieron la necesidad de una dirección unificada. La constitución de una Junta de Defensa en Burgos a fines del mes de julio, como consecuencia de una reunión de los jefes militares de la zona Norte, es una buena prueba del deseo de remitir al futuro cualquier tipo de organización política. La Junta, cuyo nombre recordaba la Historia española de principios de siglo, no era más que un instrumento de administración y de intendencia de la retaguardia, presidido por el general más antiguo, Cabanellas. Prueba de la voluntad unificadora dirigida a la obtención de la victoria, es el hecho de que declarara el estado de guerra, pero al mismo tiempo, testimonio de la peculiar incertidumbre de los militares es que originariamente ni siquiera se prohibieran todos los partidos sino sólo los del Frente Popular, mientras que las Cortes no se declaraban ilegítimas sino sólo "ganadas por el afán bolchevizante". En suma, como luego diría Serrano Suñer, lo que allí había era un "Estado campamental", impreciso en sus funciones y en sus objetivos. Sin embargo, detrás de esa voluntad unificadora había un grupo político, los monárquicos, conscientes de que tan sólo a través de la influencia en los medios militares lograrían dar contenido en su propio beneficio a la España de los sublevados.

Fueron también generales monárquicos, como Orgaz y Kindelán, los principales autores del nombramiento de Franco para la suprema dirección de los sublevados, aunque en ello existió coincidencia con militares africanistas, como Yagüe, y en general con la posición de todos. Mola declaró que había dos formas de enfrentarse con una guerra civil y sólo la unidad era garantía de ganarla. Da la sensación de que Franco empleó para lograr su nombramiento un arma que pronto se convirtió en habitual, es decir, la dilación, pues según Kindelán "dilataba día tras día su decisión". Finalmente la cuestión se resolvió tras una reunión, a fines del mes de septiembre, en la finca del ganadero Pérez Tabernero, en la provincia de Salamanca.

Las noticias que tenemos acerca de lo acontecido en esta ocasión resultan muy esclarecedoras por cuanto revelan que los militares estaban totalmente de acuerdo con la idea de la unidad de mando militar y político, mientras que de ninguna manera pensaban que como consecuencia de ello naciera una dictadura personal ilimitada en su duración. En efecto, si hubo reticencias a la concentración de todo el poder en una persona, el decreto aprobado originariamente, que fue redactado por Kindelán, preveía tan sólo la asunción del poder político durante el transcurso de la guerra. La disposición que fue publicada, no obstante, atribuía a Franco la ambigua condición de "jefe del Gobierno del Estado" y, sobre todo, no limitaba la duración de su mandato en el tiempo.

La designación de Franco no ofreció dudas: de los tres generales responsables hasta el momento de las principales operaciones militares, Mola lo era de Brigada, Queipo de Llano tenía un pasado político que podía inducir a la discrepancia y Franco, en cambio, aunque no era el más antiguo, había conseguido el general respeto de sus compañeros de armas antes del estallido de la guerra, y una vez iniciada ésta había logrado las victorias más espectaculares merced a la superioridad de sus tropas. Al parecer, sólo Cabanellas, desplazado de su puesto, aunque hubiera sido honorífico, mantuvo su reticencia aunque en el resto de los generales el grado de satisfacción fuera variable. La guerra, sin embargo, estaba destinada a convertir el mando único en caudillaje.

Al mismo tiempo que se creaba el mando único, se modificó la Junta, que de ser un organismo de dirección militar compartida de la Administración, pasó a ser un órgano de intendencia de la retaguardia. La presidió en primer lugar el general Dávila, que al mismo tiempo era jefe de Estado Mayor de Franco, hasta que en junio de 1937, al asumir la dirección del Ejército del Norte por haber muerto Mola en accidente, le sustituyó Jordana. Ambos eran militares con una sólida experiencia en Marruecos y capaces para la tareas organizativas, pero no habían tenido una experiencia propiamente dicha en el terreno político. De la presidencia de la Junta, ahora denominada Técnica de Estado, dependían siete comisiones en las que figuraron técnicos y algunos políticos de significación monárquica como Bau, Vegas Latapié, Pemán, Amado, etc.

En general, y con la posible excepción de las materias relativas a la cuestión religiosa en las que se inició la labor restauracionista que caracterizó luego al franquismo, la obra de la Junta Técnica recuerda más a la derecha tradicional que al fascismo. El propio Pemán afirmó que había un marcado contraste entre las cosas católicas que hacía y las cosas nuevas y fascistas propiciadas desde la Falange e incluso hubo medidas que recuerdan el arbitrismo de Primo de Rivera. Es lógico, porque la junta estuvo dominada por militares y ese dominio se veía multiplicado por el hecho de que de manera paralela y harto disfuncional Franco disponía de otros organismos de su directa responsabilidad: de él dependía una Secretaría General (ocupada por su hermano Nicolás), una Secretaría de Guerra, un gobernador general y una Secretaría de Relaciones Exteriores, único cargo no ocupado por un militar. A fines de 1937 era patente la disfuncionalidad de esta organización. Según Jordana, Nicolás Franco era un hombre genial y extraordinario, pero desbarajustado, y la administración se había convertido en un mare mágnum, sin que, por otro lado, hubiera desaparecido el policentrismo original, al menos en lo que a Queipo de Llano respecta.

Mientras tanto tenía lugar una evolución política interna importante que llevaría a la constitución de un partido único. A comienzos de 1937 corrieron rumores de que iba a crearse un partido franquista, pero todo hace pensar que éste no surgió de una iniciativa oficial. Más que pensar en ella habría que tener en cuenta la peculiaridad de la situación en que se encontraban los diferentes grupos políticos cuyas masas habían apoyado desde un principio la sublevación. El gran partido de la derecha durante la etapa republicana había sido la CEDA, pero su colaboracionismo le había supuesto la marginación. Tuvo unas milicias, pero muy poco nutridas que, desde Lisboa, Gil Robles estaba dispuesto a disolver en caso de que naciera un movimiento político unitario y nacional.

Los monárquicos procedentes de Renovación española, por su parte, siempre carecieron de masas y confiaron en adquirir influencia por el procedimiento de asesorar a los militares. Prueba de su escasa reticencia a la unificación reside en el hecho de que cuando Don Juan de Borbón quiso acudir a combatir al lado de Franco lo hizo vistiendo de una manera que presagiaba el uniforme del futuro partido. Franco no le autorizó a hacerlo porque le hubiera supuesto un conflicto con los dos grupos políticos emergentes en la España que él acaudillaba. Desde el comienzo del período bélico tradicionalistas y falangistas jugaron este papel, merced a su capacidad para adaptarse a la beligerancia, a pesar de que hasta el momento su relevancia había sido escasa. Pero unos y otros estaban en una situación muy peculiar y difícilmente podían enfrentarse o poner reparos a Franco. Éste, por otro lado, había causado una buena impresión inicial a los dirigentes de ambos grupos: "es cauto, muy sereno, amable y reservado y superior a sus compañeros generales", escribió Rodezno, el dirigente carlista.

El problema de los falangistas en estos momentos era, según uno de sus miembros, que habían pasado de ser un cuerpo minúsculo con una gran cabeza a ser un cuerpo monstruoso sin cabeza. En efecto, sus bases se habían multiplicado de manera desbordada (en Galicia pasaron en pocas semanas a varias decenas de miles a partir de tan sólo unos centenares), sin que las esperanzas de que José Antonio se mantuviera con vida sirvieran verdaderamente para que aparecieran nuevos dirigentes. Manuel Hedilla, hombre honesto, austero y trabajador, fue elegido al frente de una junta de mandos en agosto de 1936; sus indudables cualidades y una pertenencia a los medios populares excepcional entre los dirigentes falangistas se unían en su persona una evidente carencia de instrucción y de imaginación. Su problema principal fue la carencia de capacidad de liderazgo pues, a pesar de su elección, nunca fue aceptado por la mayoría de los dirigentes falangistas. De ahí el nacimiento de un cantonalismo falangista cuyo contenido ideológico resulta difícilmente precisable.

Aznar, Garcerán y Sancho Dávila no pueden ser acusados de neofalangistas pues su disidencia en un primer momento pudo ser alimentada por la propia Pilar Primo de Rivera, sino que su oposición a Hedilla parece haber nacido sobre todo de la no aceptación de su liderazgo, en especial a partir del momento en que inició una campaña de promoción de su figura. La verdad es que los dirigentes falangistas eran todo lo contrario de dóciles: jóvenes estudiantes inexpertos y embriagados de violencia de los que difícilmente podía esperarse una auténtica disciplina. Por su parte, el tradicionalismo estaba dividido desde la época de la II República en una dirección nacional, la de Fal Conde, y la de aquella región donde el tradicionalismo había tenido desde fecha muy temprana una mayor implantación, es decir, Navarra, en donde predominaba el Conde de Rodezno. Las circunstancias agravaron esta división que era de talante (posibilista el de Rodezno) más que de principios.

Respecto de ambas fuerzas políticas la actitud de Franco fue siempre decidida y taxativa no sólo en materias estrictamente militares sino también políticas. Cuando en diciembre de 1936 los carlistas crearon una Academia Militar que concedería títulos de oficial, Franco habló de "traición", suprimió la Academia y obligó a Fal Conde a exiliarse con lo que multiplicó la desunión en el seno del tradicionalismo. Según Rodezno, lo que había irritado especialmente a Franco había sido "el tono de soberanía" adoptado por el tradicionalismo. Cuando en enero de 1937 ambos mantuvieron una conversación, el primero sacó la impresión de que Franco muy tempranamente había esbozado una línea de actuación propia, consistente en no admitir ni remotamente la posibilidad de su propia interinidad, no tolerar la disidencia y atribuir a cada una de las dos grandes opciones políticas en su bando una función específica y subordinada: el tradicionalismo le proporcionaría el fundamento doctrinal de sus tesis, y el falangismo, el tono radical capaz de atraer a las masas obreras, pero el poder esencialmente permanecería en sus manos. Por aquellas fechas ya había practicado la disciplina respecto de los falangistas con idéntico rigor a como lo había hecho con los tradicionalistas. Cuando éstos quisieron distribuir un discurso de José Antonio en el que éste había mostrado una voluntad revolucionaria, Franco recurrió para evitarlo a la legislación aprobada en el mes de septiembre pasado que prohibía las actividades políticas y no tuvo el menor empacho en destituir a tres jefes falangistas castellanos.

En estas condiciones la única posibilidad de resistencia ante la voluntad de Franco de crear un partido único, que se fue haciendo patente a partir de las primeras semanas de 1937, consistía en que carlistas y falangistas decidieran por sí una unificación que les convirtiera en un contrapeso ante el creciente poder de la dirección militar. Los tradicionalistas, que habían crecido mucho menos que la Falange, intentaron incorporar a sus filas a miembros de la Lliga y de la CEDA, a los sindicatos católicos y al nacionalista Albiñana, pero este mismo hecho era el testimonio de una superioridad numérica de la Falange que no hizo sino dificultar los propósitos unitarios.

A lo largo del mes de febrero de 1937 hubo conversaciones en Lisboa y Salamanca sin que resultaran verdaderamente relevantes las diferencias entre las facciones existentes en ambos grupos políticos. Hubo, en cambio, factores de divergencia ideológica que nacían de la insistencia de los tradicionalistas en la regencia de su pretendiente, Don Javier, y la necesidad de suprimir los partidos políticos, mientras que Falange quería un partido único, pero, de hecho, el verdadero factor de divergencia fue la tendencia de Falange a considerar que la única unidad posible consistía en que ella absorbiera el tradicionalismo. En estas condiciones perduraba una prevención fundamental en un momento en que Franco ya había tomado su decisión: la unificación estaba decidida, antes de que estallara la lucha en el seno de Falange. Franco, además, no estaba dispuesto a consultar sobre ella sino tan sólo a notificarla, teniendo, como dijo a uno de los dirigentes carlistas, la "consideración de advertirnos".

Cierra España.

Hedilla, Franco y el decreto de unificacion.9ª parte.

> La Falange en la guerra de España<

Este libro lo escribe un español que desde el 19 de abril de 1937 no milita en ningún partido. Aspiro a que sea, netamente, un hecho historiográfico. He prescindido de cualquier sentimiento subjetivo, a costa de gran esfuerzo espiritual. Pues la glacialidad en la exposición y en el estilo debían salvarme de los riesgos panfletarios que habrían desvirtuado el valor científico y didáctico de la obra.


Fui testigo directo, interesado, o actor, en todas las etapas fundamentales cubiertas por Falange Española de las JONS desde 1934 hasta la guerra, y me incorporé al territorio dominado por el Alzamiento a mediados de septiembre de 1936. Llegaba yo desde Barcelona, adonde fui enviado por José Antonio Primo de Rivera. A partir de esa última fecha, participé en la serie de acontecimientos que desembocaron en la unificación decretada por el generalísimo Franco. Durante los días de mi prisión, a raíz de aquel decreto unificador, intuí que si la decisión final de la guerra era victoriosa para las armas franquistas, sería improbable que llegara a ser editada la crónica más verídica que hoy publico. Fui corroborando mi intuición por espacio de cinco lustros, y a la vez me preparé para narrar lo que no debía subsistir oculto ni ser desfigurado. La primera línea del TESTIMONIO, la escribí después de haber publicado más de veinte obras sobre cuestiones históricas españolas, vinculadas a lo político, lo económico y lo social.

Ese fue mi primer ejercicio, en busca de la objetividad historiográfica. No pretendo encarecer las dificultades halladas. Por una razón de cronología, he sido el primer escritor dentro de España que después de la guerra ha vuelto a plantear problemas españoles arduos, supliendo a veces a una bibliografía sumaria, incompleta o desaparecida, y en otras ocasiones componiendo con rigor la biografía de hombres sobre los que recaían tácitos veredictos de silencio, rencor o menosprecio. Mi empeño por alcanzar la objetividad hasta el límite humano, y dada la coyuntura, no ha sido estéril. En la hora presente, mis libros han logrado un "label", dentro y fuera de España, que reconoce su objetividad y una idónea inspiración informativa.

En 1963 comencé a escribir el presente TESTIMONIO, recorriendo España para colectar pruebas testificales y documentales. Mi designio fue conocido en la esfera gubernamental apenas comencé a realizarlo. Nunca oculté que trataba de cumplir un objetivo en el que venía pensando desde el mes de abril de 1937. Tampoco omití decir que no proyectaba hacer un mero panfleto, con inicial - y quizá justo - éxito escandaloso. En punto a metodología, mi propósito era el de publicar una colección de testimonios refundidos, a la manera de un libro diplomático. Advertí, ya inmerso en el quehacer, ciertos defectos de información, ilación y coherencia. Han transcurrido cerca de seis lustros, y si las generaciones contemporáneas de la guerra tienen la memoria debilitada, o lavada, por una presión incesante y por notorias deficiencias informativas, las nuevas promociones tendrán mayores dificultades para la inteligibilidad del texto. Enormes dificultades, muchas de las cuales han sido expuestas por Herbert Rutledge Southworth, en su obra El mito de la cruzada de Franco. Los antecedentes son, en buena medida, esenciales, como la descripción minuciosa y objetiva de las coyunturas a que se refieren los plurales testimonios. Me dediqué, pues, a un trabajo historiográfico que diera ilación y coherencia al libro, y por un prurito de modestia, sugerí en esas páginas que habían sido redactadas por un equipo : he tenido asistencias amistosas para recoger testimonios documentales y testificales, siguiendo mis indicaciones, pero en verdad, la obra ha sido enteramente redactada por mí. Empero, he conservado la forma primitiva del TESTIMONIO, hasta el punto de que mis declaraciones aparecen en tercera persona.

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Han desaparecido del mundo de los vivos algunos testigos y actores. Su testimonio lo he suplido con antecedentes que sirven para caracterizarlos y con referencias de otros testigos y actores que asistieron a su actuación. Aquel caso es, verbigracia, el de los generales Yagüe, Queipo de Llano y Mola. Faltan dos testimonios, sin duda importantes, pero inaccesibles : los del generalísimo Franco y su hermano Nicolás. Podrían precisar numerosas cuestiones, pero estoy seguro de que no desvirtuarían lo esencial de este libro. He acudido a todas las fuentes accesibles, tanto documentales como testificales, de tal manera que a las gentes informadas, estas páginas darán la sensación de que vienen a ser un " panier à crabes ". En ellas comparecen quienes fueron enconados enemigos antes y después de la unificación; los "frères ennemis" de la Falange; bastantes fautores de la extinción del falangismo autónomo; traidores y leales al mando del movimiento nacionalsindicalista; ejecutores mercenarios; domésticos de los grupos político-económicos en los que ha recaído la máxima rentabilidad de la trágica guerra civil; miembros de la Comunión Tradicionalista adversarios de la Unificación...

Esa conjunción de españoles tan abismalmente separados, ha exigido cierta destreza táctica. Un primer testimonio ha servido para obtener otro u otros. X, acusador de Y, ha promovido la reacción de éste. Por otra parte, un amplio conocimiento directo de los hechos me fue utilísimo para brindar, a todos los requeridos, una opción simple : la de su testimonio, que sería reproducido con absoluta fidelidad, o la libre descripción de su conducta, actitud, obra. Debo señalar que todos prefirieron la primera. Otros testimonios han sido allegados con gran facilidad. Se trata de los procurados por españoles que en 1965 deploran el hecho de la unificación, y opinan que la Falange cometió lamentables errores políticos antes del 18 de julio, y en las semanas sucesivas a esa fecha. Siguen irritados por los desvirtuamientos, deformaciones y apropiaciones estériles de que fue objeto su organización. Hay otro motivo que explica la contribución testifical de la mayoría. Me refiero al sentimiento de protesta contra la injusticia.

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¿ A cual de las injusticias cometidas por el poder constituido concierne aquel sentimiento ? Aquí debe ser explicado, minuciosamente, el título que he dado al TESTIMONIO, es decir, la presencia en él de Manuel Hedilla. Es un hecho incontestable que transcurridos ya veintiocho años desde sus condenas a muerte, y a pesar de un aplastante silencio oficial y público en torno a su persona, Hedilla promueve en España un movimiento de atención - a veces de evidente curiosidad - insólito. Por lo que de él sé, puedo afirmar que no desarrolla ninguna actividad política, ni está comprometido con ninguno de los grupos que actúan o pretenden actuar en la vida de la nación. Han vuelto a la densa oscuridad de la que salieron innumerables hombres militares y civiles, postulados por espacio de años a través del aparato de propaganda del Estado, y que asumieron funciones de poder. Sus nombres se han borrado de la memoria de la inmensa mayoría española. Hedilla, empero, tiene permanente actualidad.

En este libro, su presencia está justificada por los hechos. Asumió el 3 de septiembre de 1936, la jefatura de la Junta de Mando provisional de la Falange. Fue el segundo y último jefe nacional de la organización : el sucesor de José Antonio. Es el único falangista que tuvo función de mando específicamente política y doctrinal, hasta que fue decretado el Partido Único; por ello se convirtió, antes de ser elegido jefe nacional, en el máximo representante e intérprete de la Falange. Su puntual biografía es, aún, desconocida. En torno a Hedilla polemizan el mito, la leyenda - de vario signo - la estricta realidad y aun el interés político, éste asimismo con signos contradictorios. Hay quienes aspiran a hundirle aún más en el silencio y en la impotencia, y otros que desearían colocarle a la cabeza de grupos políticos. De éstos, los que suponen - ignoro con qué fundamentos - que la Falange anterior a la unificación podría resurgir...

Era necesario incluir en mi libro la biografía de Manuel Hedilla, personaje histórico por su intervención en la guerra y en la política, por haber sido determinante de la unificación y también por su circunstancia de resistente a las órdenes drásticas del generalísimo. Es el español que se negó a desempeñar un cargo que en el orden político, le habría situado a continuación de Franco. La personalidad de Hedilla clarifica los acontecimientos, los cuales, en notable parte, dependieron de su carácter y de su formación. En ciertos momentos, y para fines militares, el generalísimo tuvo que apelar, al jefe de la Junta de Mando, para que éste remediara considerable penuria de combatientes. Hedilla, por sí mismo, alcanzó un poder político, de cuyo empleo tendrá que rendir cuenta a la historia. Esta es una cuestión tangencial al presente libro, pero también determina la inclusión de la biografía del segundo y último jefe nacional de Falange Española de las JONS.

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Es lógico que, en 1965, los españoles - y el mundo entero- aspiren a conocer los orígenes y el sucesivo desarrollo de la organización nacionalsindicalista. La bibliografía en sí misma es parca, y un libro fundamental de Ramiro Ledesma Ramos ¡Fascismo en España! - publicado en Madrid, 1935, bajo el pseudónimo " Roberto Lanzas"- no ha vuelto a ser editado. Las biografías de José Antonio Primo de Rivera son convencionales, y tributan un desmesurado culto a la personalidad. Los periódicos y las revistas de las JONS, de la Falange Española, y de Falange Española de las JONS suelen ser desvirtuados, trucados - o truncados - por medio de una discriminación previa, a la que se pretende carácter antológico. Mas, si todo ese material fuera publicado íntegramente, tampoco daría noción exacta de lo que fueron las organizaciones jonsista y falangista, y luego la Falange Española de las JONS. Uno de los problemas - insoluble, ciertamente - que se plantea el historiador, es el de conocer las edades y las profesiones de quienes, a partir de 1934, se denominaron falangistas. Aparte de las destrucciones de censos y ficheros - espontáneamente unas veces, otras a consecuencia de intervenciones policíacas - la mixtificación y la falsedad predominaron en la reconstrucción censual. Toda suerte de gigantismos falaces, de minimizaciones protervas, de tergiversación incoherente y mercantil, han mediado y median en los conatos, limitadísimos, de historiografía falangista publicados hasta hoy. Extinguida la Falange Española de las JONS, los rentistas del Partido Único no han sido siquiera capaces de encontrar un Zinoviev - o un equipo de redactores semejante al ruso y a los que le rectificaron al triunfar Stalin y ahora son rectificados por la nueva ola de Nikita Krustchev - a fin de lanzar una historia, aunque fuese convencional y deformada, de la organización. He aquí los motivos que han aconsejado la elección de una provincia española que en en este libro sirve de índice a los orígenes y desarrollo falangistas. Se trata, por lo demás, de la provincia de Santander, donde nació Manuel Hedilla y ejerció su primer mando. La Montaña está ligada a la epopeya del futuro jefe nacional. Encuentro, en esa provincia, bastantes similitudes con idéntico proceso en las restantes. Debo hacer una salvedad interesante: en Santander no existía Universidad. El ámbito universitario, en Madrid, y en alguna otra ciudad, constituyó un foco de propaganda y recluta de la Falange.

Cuanto hubo de puro y de impuro en el nacimiento de la organización; de limpio y de defectuoso en el material humano que fue nutriéndola; de aspiración a realizar un movimiento revolucionario inédito y de torvo propósito derechista, enrolado en la más degradante e inhumana mesnada; de generosidad y de cainismo; de sentimientos de solidaridad humana y nacional y de rabiosa persecución al enemigo ideológico, se manifiesta y actúa en el microcosmos santanderino. En mi libro, me limito a describir los hechos y los personajes. Cada uno obtendrá de ellos lo que le dicte su espíritu...

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Este libro, escrito para todos los españoles, y también dedicado a cuantos en el mundo consideran que el ciclo histórico-político de la guerra española aún no está cancelado, se atiene, escrupulosamente, a la terminología vigente de 1936 a 1937 en la llamada zona nacional. Yo dejé de creer - en 1937 - en los conceptos Alzamiento nacional y Movimiento nacional. Nunca creí que la guerra tuviese carácter de Cruzada, palabra que siempre me produjo considerable irritación. Carecí de fe en la revolución nacionalsindicalista, desde que Franco fue situado en la jefatura del Estado. Anuncié, reiteradamente, los ataques y presiones de las fuerzas reaccionarias, inciviles y bárbaras, de España. La derecha española fue, es y será, la más cerrada, aviesa y sanguinaria de Europa. Aun más que la de Europa central y la Rusia zarista. Es una derecha troglodítica, y en este punto debo rehabilitar el acierto de los republicanos de 1931 : la veían recién salida de la caverna. Ese vocabulario coetáneo de la guerra es una necesidad historiográfica y a veces logra definitivo valor expresivo. Viene a ser la exhumación de una mitología, cuyo conocimiento resulta indispensable para comprender profundamente el hecho español. Como sucede en el teatro realista o de costumbres, cada personaje, grupo u organización habla su lenguaje propio, genuino. Ignoro, claro es, y es probable que todos sigamos desconociéndolo hasta que el pueblo de España pueda expresar su opinión con libertad, en qué profundidades subyace esa mitología, o si está convertida en polvo inerte. El porvenir nos responderá. Mas en cualquier caso, la adecuación terminológica de mi libro al tiempo que abarca, creo que puede ser aleccionadora. Pues no oculto que si al escribir prescindí de fines políticos estrictos e inmediatos, he intentado, por el contrario, cumplir una misión docente en pro de los españoles. ¿Docencia? El concepto es grave. Pero no rehuso su empleo. He pretendido demostrar, desde un plano objetivo - y confiado en la fuerza de los hechos - que el único camino por el que puede marchar nuestra España, afrontando el futuro dignamente, es el de la Libertad y la Justicia. En 1965 todos - hasta la reacción - sabemos cuál debe ser el contenido de la Libertad y de la Justicia.

Maximiano García Venero

Cierra España.

Hedilla, Franco y el decreto de unificacion.8ª parte.

R ECUERDO a todos, pero sobre todo me recuerdo a mí mismo, que estas apuntaciones no pueden ser -ni lo pretenden siquiera- una historia de la Falange, que a mi juicio está aún por hacer pese a que existan media docena de libros sobre el tema. Yo trato tan solo de llamar la atención de mis lectores sobre algunos puntos que me parecen relevantes a la hora de juzgar el pasado inmediato de España, entender su presente y tratar de intuir su futuro.


Dicho esto, retorno al final de mi última apuntación sobre el tema. Estamos en abril de 1937: acaba de morir FE-JONS y de nacer la Falange Tradicionalista. Franco, guiado más por su visión militar que por sus convicciones políticas, ha comprendido que para ganar la guerra necesita -entre otras- dos cosas: a) tener directamente bajo su mando las dos fuerzas militares más populares del momento: los Tercios de Requetés y las Banderas de Falange; y b) tener también a sus órdenes, de modo directo y operativo, una fuerza cívica capaz de integrar en sentido "nacional" las inquietudes sociales latentes o manifiestas en gran parte de la población española: el Alzamiento militar y cívico no había sido ni burgués ni monárquico; por eso convenía encauzar y resaltar tales caracteres a la hora de afrontar la tarea de ganarse el respeto y la adhesión del pueblo.

La fuerza cívica que Franco necesitaba en aquel abril de 1937 excedía en mucho de la que tenían y podían darle los partidos políticos que desde el 18 de julio anterior se habían sumado al Alzamiento. Sólo dos de ellos, significativamente minoritarios en la última primavera, la Comunión Tradicionalista y FE-JONS, sobre todo ésta, habían incrementado su militancia de forma extraordinaria. Los tradicionalistas eran poco "sociales" -al menos, en la forma vigente en Europa- y sí muy monárquicos -pero en nada partidarios de la corona derrocada en 1931. Los falangistas eran en su gran mayoría claramente republicanos y se movían por profundas inquietudes sociales. La historia de España y de FET-JONS no pueden comprenderse si no se tienen en cuenta los citados argumentos. Franco desechó casi enseguida las incitaciones que su hermano Nicolás y personas afines le hicieron desde el 1 de octubre de 1936 para construir algo parecido a lo que el general Primo de Rivera hizo en su Dictadura. Aceptó mejor el consejo de su cuñado Ramón Serrano Suñer. Por eso FET-JONS no sería nunca una simple Unión Patriótica.

En la vida de la Falange franquista yo distingo las siguientes etapas:

1ª) Desde el 20 de abril de 1937 al 2 de diciembre de ese mismo año Franco trató de organizar y consolidar su nueva organización política. Muestra de ello es el Decreto 266, de 22 de abril, que nombra a los diez miembros del Secretariado o Junta Política de FET-JONS: Manuel Hedilla Larrey, Tomás Domínguez Arévalo, Darío Gazapo Valdés, Tomás Dolz de Espejo, Joaquín Miranda, Luis Arellano Dininz, Ernesto Giménez Caballero, José María Mazón, Pedro González Bueno y Ladislao López Bassas. Estos nombres revelan la FET que Franco quería en aquel momento: Hedilla era el Jefe Nacional de FE-JONS; Domínguez Arévalo -conde de Rodezno-, Dolz de Espejo -conde de La Florida-, Mazón y Arellano eran miembros destacados de la Comunión Tradicionalista, carentes en aquel momento de toda representatividad en ella, pues dependían en todo de sus legítimos mandos, el Príncipe Javier de Borbón Parma y su Delegado Manuel Fal Conde; Gazapo Valdés era un Teniente Coronel de Estado Mayor que se había afiliado en la primavera de 1936 a la Falange de Marruecos, de donde venía unido al Cuartel General de Franco; Giménez Caballero tenía -y siguió teniendo- una peculiar forma de entender la disciplina y las ideas falangistas, pues desde 1933 había militado en ellas, las había abandonado, volvió a aceptarlas, fue sancionado y por último tomó parte en la conjura anti Hedilla; Miranda había sido desde el 18 de Julio un incondicional de Queipo, al que dejó por Serrano Suñer en cuanto este llegó a la zona nacional; López Bassas y González Bueno, por último, compartían con Gazapo Valdés la condición de neofalangistas y la de miembros del Cuartel General del Generalísimo.

A los dirigentes de la vieja Falange les sentó muy mal que para dirigir la nueva no se contara con ellos y sí con advenedizos. Por eso durante los días 22, 23, 24 y 25 discutieron entre sí cual debería ser su respuesta política a la decisión de Franco. Un grupo, minoritario, creía que para todos ellos y para toda la Falange lo mejor era someterse a la voluntad del Generalísimo y negociar con él, dentro de FET-JONS, lo que esta debería ser y hacer en pro de España. Otro grupo, integrado por personas de mayor relieve en la Falange primera, pensaba que lo más conveniente era obedecer, pero dejando notoria constancia desde el primer momento del malestar que en los falangistas había causado la forzada unificación. Por ello creían necesario que Hedilla no aceptara ser miembro de la Junta Política de FET, y en tal sentido presionaron al cántabro para que cuanto antes hiciera llegar a Franco su renuncia a tal puesto. Entre otros, Agustín Aznar, José Antonio Girón, Fernando González Vélez, Luis González Vicent, Pilar Primo de Rivera y Dionisio Ridruejo eran partidarios de esta actitud de firme pureza.

Franco reunió el 25 de abril, bajo su presidencia, al Secretariado Político antes mencionado. Hedilla no acudió a la convocatoria e hizo llegar su negativa a formar parte de tal Junta. A las siete de aquella tarde, Hedilla y treinta falangistas más, algunos de mucho relieve político en aquel tiempo y/o en días venideros, fueron detenidos y procesados por haber participado en los sucesos del 16 de abril que dieron lugar a la muerte del falangista Goya. Era, con toda evidencia, una clara demostración de que Franco creía

en la fuerza política recién creada y de que pensaba utilizarla en toda su plenitud.

Antonio Castro Villacañas

Cierra España.

Hedilla, Franco y el decreto de unificacion.7ª parte.

El 21.4 Franco envió un telegrama a las divisiones militares, para impedir desacatos al Decreto de Unificación. Pero el 22 Hedilla, presionado por otros compañeros, envió otro telegrama a los jefes provinciales de Falange, contrarrestando las órdenes del Cuartel General de Franco. Venía a reconocerse Jefe Nacional de FE de las JONS, y no miembro de la Junta Política de FET y de las JONS, como acababa de nombrarle Franco. Este telegrama surtió escaso efecto, pero la Junta Política nombrada ese mismo día por Franco no gustó mucho a los “camisas viejas” falangistas, que pidieron a Hedilla que no aceptara el cargo: lo que hizo. aunque sin oponerse a la unificación. El 25 fueron detenidos Hedilla y otros 30 falangistas (Vicente Cadenas, Gaceo, Alcázar de Velasco, Víctor de la Serna, Martín Almagro, etc), en parte porque la prensa falangista mencionaba a Hedilla Jefe Nacional del Movimiento.


El 9.5 se abrió proceso judicial contra 28 falangistas, acusados de desplazar a Franco del mando civil y político de la España Nacional, desacato y rebeldía al Decreto de Unificación, telegramas para que no se acatasen las órdenes de Franco, creación de Falange Autónoma, ocultación de fondos y armamento, etc.

Lo único cierto es que se habían manifestado a favor de Hedilla, reivindicando las aspiraciones nacionalsindicalistas, y habían enviado los telegramas. Las principales de estas manifestaciones tuvieron lugar en San Sebastián e Irún, pero en las de San Sebastián se habían dado también vivas a Franco, porque se intentó demostrar apoyo tanto a Franco como a Hedilla. Pero el auto de procesamiento contra Hedilla y otros jefes falangistas del 29.5 dio por probado maquinaciones para privar de la Jefatura del Estado a Franco, ejercer Hedilla la jefatura nacional de FE de las JONS, manifestaciones no autorizadas, ocultación de fondos y de armamento; figurando Hedilla como el máximo responsable del delito de rebelión. Por lo que el 5.6 el consejo de guerra condenó a muerte a Hedilla, Ruiz Castillejos, De los Santos y al capitán Chamorro; reclusión perpétua para López Ontiveros y Alcázar de Velasco; veinte años de reclusión para Nieto; diez para Inaraja y Rodiles y dos para Arrese. Hedilla fue condenado también a muerte por los enfrentamientos ocurridos en Salamanca los días 16 y 17 de abril.

El embajador Alemán solicitó, a título personal, la conmutación de las condenas a muerte, y se conmutaron, siendo trasladado Hedilla al Puerto de Santa María, después a Las Palmas de Gran Canaria, donde permaneció cuatro años, pues se revisó el proceso y se le disminuyó la condena. En junio de 1941 fue indultado y confinado en Palma de Mallorca hasta 1946.Ningún falangista protestó en defensa de Hedilla, y Sunday Press (15.6) calificó los sucesos de Salamanca como atentado contra Franco. El PSOE admitió gestiones de Hedilla con Negrín y Prieto para poner fin a la guerra, y el 29.5.38 Franco vino a reconocer que los hechos de Salamanca habían sido dirigidos desde la zona republicana.

El Decreto de Unificación recuerda la fusión de fascistas, nacionalistas y monárquicos en la Italia de 1923,y las funciones que se atribuyeron al secretario general debían bastante al modelo italiano.

Los tres primeros secretarios generales del Movimiento fueron López Bassas, Joaquín Miranda y Raimundo Fernández Cuesta. Los estatutos de 1939 crearon el cargo de vicesecratario, y se atribuyó al secretario general categoría de ministro. Por lo que Fernández Cuesta fue sustituido por Agustín Muñoz Grandes, con Serrano Súñer como presidente de la Junta Política. El 1941 se nombró secretario general a Arrese, en 1951 de nuevo a Fernández Cuesta y en 1956 de nuevo a Arrese.

El predominio de Falange en el Movimiento fue evidente, y el pretendiente carlista, Francisco Javier de Borbón, condenó la participación de los carlistas en el Movimiento, aunque sin éxito.

El 31.1.38 Franco nombró su primer gobierno, con Serrano Súñer como ministro de Gobernación, cinco militares, la mayoría monárquicos, y dos falangistas: Fernández Cuesta y Pedro González Bueno.

En noviembre de 1938 dio carácter oficial a la muerte de José Antonio, añadiéndose al uniforme falangista la corbata negra en señal de duelo, y el régimen conmemoró todos los 20.11 la muerte de José Antonio, creándose cátedras en Madrid y Barcelona para difundir su pensamiento, un concurso nacional en su memoria e incripciones en los muros de catedrales e iglesias.

El 1.4.39 Franco firmó el último parte de guerra, aunque Sánchez Mazas dijo que España seguiría en guerra contra sus enemigos interiores y exteriores. Y las fiestas oficiales del régimen fueron: de la Victoria, el 1 de abril; de la Unificación, el 29 de abril (apenas festejada);de la exaltación al trabajo, el 18 de julio, y del Caudillo, el 1 de octubre.

España fue consagrada el apóstol Santiago (25.7),y tanto Mussolini como Hitler ofrendaron coronas a José Antonio cuando fue enterrado oficialmente en El Escorial: aunque también asistieron a dicho funeral los embajadores del Vaticano, Estados Unidos, Italia, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Portugal, Bélgica, Perú y Brasil.

Cierra España.

Hedilla, Franco y el decreto de unificacion.6ª parte.

El 16.4.37 Aznar, Dávila, Muro, Moreno y Garcerán intentaron destituir a Hedilla como presidente de la Junta de Mando Provisional, molestos por la campaña de prensa, nacional e internacional, que hacía de Hedilla un “mito obrero”,”uno de los personajes más importantes del mundo”,”Jefe de FE de las JONS”,”gran conductor de pueblos”,etc


La prensa falangista también se refería a Hedilla, muchas veces, como Jefe Nacional de FE de las JONS, y los militares estaban muy disconformes con sus declaraciones políticas, asegurando que la España de Franco sería falangista, llamando a la reconciliación entre los dos bandos, e identificando el régimen de Franco con los de Italia y Alemania.

Molestó especialmente unas declaraciones de Hedilla a L´Emancipation Nationale, (3.4.37),con fotografías de Hedilla a triple tamaño que las de Franco, en las que hablaba de reforma agraria de verdad, nacionalsindicalismo, etc. Y en una entrevista concedida al general italiano Canevari, publicada por Il Regime Fascista, tras declarar que al término de la guerra los ex combatientes falangistas se constituirían en Milicia Nacional, guardianes de la Revolución, afirmó que el programa falangista no cambiaría tras la victoria,y Falange sería el partido del Estado, como en Italia y Alemania. Y el 30.3 la Junta de Mando Provisional aprobó dirigirse por escrito a Franco, solicitando que Falange gobernara España, excepto en los ministerios de Guerra y Marina. Aunque Hedilla, en el escrito que cursó, exigió menos.

Los carlistas desaprobaban que Falange captara militantes tanto de derechas como de izquierdas, y colaboraban con los falangistas en el frente, pero competían con Falange en la retaguardia.

Como se intentaba crear un partido franquista mediante unificación, por Decreto, de FE de las JONS y la Comunión Tradicionalista, Falange se escindió entre los partidarios de su fusión con los carlistas (Yagüe), a los que se había adscrito ya el partido Nacionalista Español, tras el asesinato de Albiñana, existiendo muy buenas relaciones entre La Comunión y Renovación Española, y los que preferían una Falange Autónoma.

La mayoría de los carlistas defendía la colaboración con Franco, y la reconciliación con los monárquicos alfonsinos, por lo que se entrevistaron Sancho Dávila (falangista) y el conde de Rodezno (carlista),y el 17.2.37 falangistas y carlistas acordaron en Lisboa la instauración de la monarquía, a cambio de que los tradicionalistas aceptasen la doctrina falangista. Por su parte Gamero del Castillo ofreció a don Juan de Borbón la jefatura de falange, hasta que fuera nombrado rey.

Las negociaciones entre falangistas y carlistas no gustaban a Hedilla, porque despreciaba al carlismo, y admitía la restauración monárquica como lejana, aceptando la solución franquista, siempre que prevaleciera el ideario y programa falangista.

Algunos jefes falangistas querían a Franco como jefe nacional, por lo que Hedilla se entrevistó en abril con dos carlistas opuestos al sector navarro, acordando la fusión de carlistas y falangistas antes de que lo hiciera Franco por decreto; acordando además dimitir si Franco firmaba el decreto de Unificación anunciado, aunque siguieran colaborando en el frente.

Antonio Goicoechea disolvió Renovación Española el 8.3,y Franco recibió el 12.4 a los carlistas Martínez Berasáin y Rodezno, convocando también a Hedilla, para comunicarles la inminente unificación por decreto de todas las fuerzas políticas.

Hedilla reaccionó aspirando a la jefatura nacional de FE de las JONS, y convocó Consejo Nacional extraordinario, los días 18 y 19.4

Las dos facciones falangistas enfrentadas intentaron resolver sus diferencias a tiros, muriendo uno por cada bando, encarcelando cada falangista a los del bando opuesto y escoltando las milicias a Hedilla pare defenderlo de la facción contraria.

Hedilla convocó el 13.4 Consejo Nacional en Burgos para el día 25,a fin de disolver la Junta de Mando Provisional y elegir Jefe Nacional, hasta el regreso de José Antonio, o de Fernández Cuesta.

Aznar, Moreno, Dávila, Muro y Garcerán se reunieron en la Administración general de Falange en Salamanca el 16.4,para destituir a Hedilla por la fuerza y nombrar un triunvirato, que fuera el que convocase el Consejo Nacional. Destituyeron a Hedilla, y Aznar, Dávila y Moreno se constituyeron en triunvirato, con Garcerán de secretario. Recabaron la presencia de Sainz y Hedilla, y acusaron a Hedilla de falta de información y traición a la Junta de Mando, ineptitud manifiesta, propaganda desmedida e impropia, y resistencia, no habiendo presentado a Franco el escrito acordado en la última reunión. Por lo que le destituyeron, asumieron sus funciones de triunviros, y convocaron un Consejo Nacional en 50 días. Hedilla se retiró sin darse por destituido, Moreno retornó a Zaragoza, y el resto solicitó entrevista a Franco, que los recibió a las 16.30,mientras Hedilla era recibido por el coronel Antonio Barroso.

El Cuartel General de Franco ordenó no divulgar estos acontecimientos, pero Sainz trajo de Toledo varias decenas de milicianos, y con ayuda de sus partidarios Hedilla recuperó el control, siendo en la madrugada del 17.4 cuando murieron un falangista por cada facción, cuando Hedilla intentó detener al triunvirato.

El 18 convocó Consejo Nacional para el 19, en Salamanca, ordenando detener a más falangistas, mientras recibía el apoyo de la Falange navarra, lo que despertó el recelo de las autoridades militares.

Franco suspendió el 17.4 todos los actos convocados, ordenó que no dejaran salir a los milicianos del frente, y que se detuviera a los enlaces forasteros de Falange, con vigilancia especial para la Falange de Valladolid.

El 18.4 se celebró el último Consejo Nacional de FE de las JONS, que acordó negociar con Franco, defendiendo Hedilla su gestión y criticando al triunvirato. Se estudiaron las repercusiones del Decreto de Unificación que se esperaba, con división de opiniones, eligiéndose a Hedilla jefe nacional con 10 votos, 8 abstenciones, y un voto para Sainz, Merino, Ruiz Arenado y Muro.

A las 22.30 Franco pronunció por Radio Nacional el discurso que anunciaba el Decreto de Unificación, redactado por él con la colaboración de Giménez Caballero. Al día siguiente se difundió el Decreto de Unificación, y la prensa no falangista apenas mencionó al Consejo Nacional.

La posibilidad de un partido franquista que aglutinara a todas las fuerzas políticas de la zona nacional fue idea primero de Nicolás Franco, en el otoño de 1936.El plan fue aprobado por los representantes de Italia y Alemania, pero Franco apoyó esta idea más 1)para impedir el pronto restablecimiento de la legalidad monárquica, acordada ya por carlistas y falangistas,2)para que las disensiones de carlistas y falangistas no influyeran en la moral de combate de las milicias, y 3)por consejos de Serrano Súñer, que era ahora su consejero político, encargado de institucionalizar el nuevo Estado.

El partido franquista se llamo Falange Española Tradicionalista y de las JONS, aceptando los primeros 26 Puntos de falange, y el saludo falangista. Los falangistas aportaron la camisa azul, y los carlistas la boina roja, conforme había querido Yagüe en 1936.

La misión reglamentaria que recibió Franco fue la de comunicar al Estado el aliento del pueblo, y llevar al pueblo el pensamiento del Estado. Y sus órganos rectores fueron 1)el Jefe del Estado,2)un secretariado y Junta Política, y 3)un Consejo Nacional. Los diez miembros de la Junta Política seguían siendo nombrados cinco por el Consejo Nacional, y cinco por el Jefe del Estado. El Jefe del Estado era también Jefe de la Milicia Nacional.

El Decreto de Unificación recibió la aprobación casi unánime de la zona nacional, y hasta Gil Robles puso Acción Popular a disposición de Franco. En mayo Renovación Española se incorporó al nuevo partido.

La mayoría de los falangistas aceptó el Decreto de Unificación, con artículos elogiosos de Laín Entralgo, Eugenio Montes y Giménez Caballero.

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Miguel de Unamuno - Diario de Sesiones, Junio de 1932

Estas autoridades de la República han de tener la obligación de conocer el catalán. Y eso, no... Si en un tiempo hubo aquello, que indudablemente era algo más que grosero, de «hable usted en cristiano», ahora puede ser a la inversa: «¿No sabe usted catalán? Apréndalo, y si no, no intente gobernarnos aquí.»... La disciplina de partido termina siempre donde empieza la conciencia de las propias convicciones.

Luis Araquistáin,socialista publica en abril de 1934

"En España no puede producirse un fascismo del tipo italiano o alemán. No existe un ejército desmovilizado como en Italia; no existen cientos de miles de jóvenes universitarios sin futuro, ni millones de desempleados como en Alemania. No existe un Mussolini, ni tan siquiera un Hitler; no existen ambiciones imperialistas, ni sentimientos de revancha, ni problemas de expansión, ni tan siquiera la cuestión judía. ¿A partir de qué ingredientes podría obtenerse el fascismo español? No puedo imaginar la receta".

Alejandro Lerroux, Mis memorias.

“La verdad es, lo he publicado antes de ahora, que el país no recibió mal a la dictadura, ni la dictadura hizo daño material al país. Es decir, no gobernó peor que sus antecesores. Les llevó la ventaja de que impuso orden, corto la anarquía reinante, suprimió los atentados personales, metió el resuello en el cuerpo de los organizadores de huelgas y así se estuvo seis años. Nunca la simpatía personal ha colaborado tan eficazmente en formar de un gobernante como el caso de Primo de Rivera, [...]”

Alejandro Lerroux, Mis memorias.

Frente Popular (Febrero 1936 - Marzo 1939)



Calvo Sotelo, sesion del 16 de junio de 1936.

"España vive sobrecogida con esa espantosa úlcera que el señor Gil Robles describía en palabras elocuentes, con estadísticas tan compendiosas como expresivas; España, en esa atmósfera letal, revolcándose todos en las angustias de la incertidumbre, se siente caminar a la deriva, bajo las manos, o en las manos —como queráis decirlo— de unos ministros que son reos de su propia culpa, esclavos, más exactamente dicho, de su propia culpa...
Vosotros, vuestros partidos o vuestras propagandas insensatas, han provocado el 60 por 100 del problema de desorden público, y de ahí que carezcáis de autoridad. Ese problema está ahí en pie, como el 19 de febrero, es decir, agravado a través de los cuatro meses transcurridos, por las múltiples claudicaciones, fracasos y perversión del sentido de autoridad desde entonces producidos en España entera.
España no es esto. Ni esto es España. Aquí hay diputados republicanos elegidos con votos marxistas; diputados marxistas partidarios de la dictadura del proletariado, y apóstoles del comunismo libertario; y ahí y allí hay diputados con votos de gentes pertenecientes a la pequeña burguesía y a las profesiones liberales que a estas horas están arrepentidas de haberse equivocado el 16 de febrero al dar sus votos al camino de perdición por donde os lleva a todos el Frente Popular".

La memoria analfabeta es muy peligrosa

Pérez-Reverte se embala. No es que le duela España, es que le indigna su incultura, su falta de espíritu crítico. Se revuelve porque, dice, un país inculto no tiene mecanismos de defensa, y “España es un país gozosamente inculto”. Tiene el escritor en la punta de los dedos las batallas, los hombres, las tragedias que han hecho la historia para apuntalar sus argumentos.

- Mi memoria histórica tiene tres mil años, ¿sabes?, y el problema es que la memoria histórica analfabeta es muy peligrosa. Porque contemplar el conflicto del año 36 al 39 y la represión posterior como un elemento aislado, como un periodo concreto y estanco respecto al resto de nuestra historia, es un error, porque el cainismo del español sólo se entiende en un contexto muy amplio. Del año 36 al 39 y la represión posterior sólo se explican con el Cid, con los Reyes Católicos, con la conquista de América, con Cádiz... Separar eso, atribuir los males de un periodo a cuatro fascistas y dos generales es desvincular la explicación y hacerla imposible. Que un político analfabeto, sea del partido que sea, que no ha leído un libro en su vida, me hable de memoria histórica porque le contó su abuelo algo, no me vale para nada. Yo quiero a alguien culto que me diga que el 36 se explica en Asturias, y se explica en la I República, y se explica en el liberalismo y en el conservadurismo del XIX... Porque el español es históricamente un hijo de puta, ¿comprendes?.

Arturo Pérez-Reverte